Carla y Ángel llevaban tiempo manteniendo una relación. Cada uno tenía su propia vida, su trabajo, su casa, sus aficiones. Tenían un idilio secreto, acordado entre ambos y que no perjudicaba a nadie. Como dos amigos, de vez en cuando, se veían, hablaban… y, en casi todas esas ocasiones la amistad iba más allá y se amaban. Eran felices así.
Un buen día Ángel, que llevaba días soñando e intentando mantener uno de esos encuentros con Carla, se tropezó, casi sin querer con ella y, como siempre, a escondidas, le propuso reunirse. Ella lo miró y sin previo aviso le dijo que no podía, que todo había cambiado, que necesitaba avanzar en su vida.
Sin duda ambos sabían que aquello era algo que, tarde o temprano, pasaría, pero lo dejó sorprendido, triste, abandonado. Era lo que habían pactado, así que, con un suave hasta luego, continuaron con sus respectivos matrimonios.
