¿Con ocho basta?

Aquella famosa serie nos contaba las peripecias de una familia con ocho hijos. Ayer tarde nos volvimos locos y, emulando la susodicha, se nos ocurrió montar en casa una fiesta pijama con, no ocho, sino diez niños.
          Lo que en principio parece ser una locura para tirarse de los pelos, al final resulta todo un experimento divertido. Los niños, cada uno de su padre y de su madre, fueron llegando por goteo. El “hijo de la reina pipiada”, con su típico entusiasmo; el de “los chuquis”, tímido aunque forma parte de la familia; “el diseñador”, que se asombró de la cocina; “el educadito”, que hasta nos trataba de usted; “el muerto de hambre”, que según pasó el umbral no paró de preguntar por la comida; “el revoltoso”, pero colaborador al máximo; “el sosegado”, que parece que nada lo estresa; “el yonocomodeeso”, que trajo hasta su propia cena; “el soldadito español, soldadito valiente”, que no se quitó la gorra de camuflaje ni para dormir y, por último, “el protagonista”, que cumplía diez años y nos metió en este follón.
          Te puedes imaginar el espectáculo. Yo con mi rejo de maestro, pito incluido, organizando el follón. Jugaron a la Wii -¡bendita máquina!- cenaron, colocamos “el campamento” en el salón –cada cual trajo su saco- vimos una peli-de esas de chicos, con dragones, espadas, peleas…- y a las 00:00, hora zulú, toque de queda.
            El desayuno fue lo más divertido. Pásame la leche, el sándwich, la mantequilla otro bollito, más zumo… Pero a las once de la mañana, “cada oveja con su pareja”.
          Esperaba un buen lio, guerra de almohadas, pedos y calzoncillos volando, pero nada, todavía son pequeños y la testosterona no ha hecho su aparición. Ya llegará el momento. De momento nos atrevemos a repetir.

«La reina de corazones»

Un apuesto joven, al que besó en los labios con dulzura hace algún tiempo, hizo su aparición en el salón del trono. Vestía uniforme rojo, con ancha banda blanca cruzada sobre su pecho de la que colgaba un enorme sable. Se dirigió con paso firme, guiado por sus negras y altas botas negras, hasta su majestad para, al  llegar a la altura de los guardias, reverenciar su cuerpo en señal de saludo y respeto.
         ─La hora ha llegado majestad. El populacho os espera.
         La ahora reina se incorporó de su cómoda posadera, para iniciar la marcha hasta el balcón. Agarrada de su brazo oía los gritos. La muchedumbre hervía de pasión. Antes de traspasar la línea lo miró y le solicitó otro beso. Él, con reparo y estupor, se negó. Era el momento de regir los destinos del pueblo. Su corazón, había quedado en segundo plano.

«Cuentos a medias»

Hace algún tiempo, los dos duendes prometieron algo que llamaron «Cuentos a medias». Quizás por el agobio de las múltiples y diversas tareas o tal vez por la crisis, el proyecto se paró una temporada. Hoy vuelven al ataque.
            
     La cosa es bastante sencilla. El uno escribe y el otro ilustra, no necesariamente por este orden. Como no sabemos quién, ni cuando, disparará primero, habrá que esperar hasta que el otro recoja el guante lanzado y pegue su estocada para ver el efecto sorpresa. No hay acuerdo previo, ni tema, ni diseño… se trata de ver qué es capaz de hacer el otro, por lo que puede pasar cualquier cosa. Este es el primero.    
            
     Ahora llega tu turno. Podrás comentar el texto, la ilustración o ambas.

«Muito obrigado»

Sin duda nada mejor que una buena escapada a Lisboa, sin niños, ni suegra, ni madre… ni perro, digo tortugas, que canes no tengo, para recargar las pilas y afrontar el final de curso.
            
     Para definir la ciudad basta una simple palabra, bella. Tiene el aire de cualquier metrópoli del Mediterráneo, pero bañada por el Tajo. Con sus callejuelas estrechas, sus grandes monumentos, sus peculiares eléctricos amarillos, sus edificios estilo años sesenta, su ropa tendida a la altura de las manos…, el aire que respiras te invita a pasear y recorrerla de cabo a rabo.
            
      Aprovechamos muy bien el tiempo y además nos permitimos una excursión para ver los alrededores: Sintra, cabo de  Roca, Cascais y Estoril.
           
      Comimos bacalao y dulces de nata. Bebimos pringados, vino verde y Super Bock. Alimentamos nuestra alma de su triste y melancólico fado, en un “guachinche” tan peculiar que hasta el camarero y la cocinera se arrancaron a cantar. Aprendimos, y mucho, de su cultura, su historia, su tradición y patrimonio.
            
      Pese a estar apenas tres días, regresamos con la seguridad de haberlo visto casi todo (Alfama, el Barrio alto, la Baixa, Belem…) y con las ganas de repetir. Si tienes oportunidad no lo dudes.

«Presentación de ARÁNGATUR»

Fue una tarde muy especial. Gracias a todos los que asistieron y a los que lo hicieron en espíritu pero que distintos avatares se lo impidieron físicamente.
            La cosa comenzó con los nervios propios de todo acto importante. Muchos de ustedes me habían llamado para disculparse, lo entiendo y lo agradezco, otros ni eso, ¡mal rayo les parta! ─a no ser que espíen su culpa, ya que comenzamos la semana santa, con la compra de cien ejemplares, unas flagelaciones… jajaja─. Nada más llegar una batucada en la puerta de la Casa Elder me da la bienvenida. ¡Jo la editorial se ha pasado! ¡Ah no!, que una tienda de aparatejos con forma de fruta quiere hacerme la competencia. Bueno, ellos sabrán.
            Según fueron entrando la bella azafata contratada al efecto (Mercedes) entrega un sobre, en cuya portada podía leerse ARÁNGATUR, y una consigna, no abrir hasta el momento indicado.
            Comenzó Elena Morales representante, Honoris Causa, de Ediciones Idea con una pequeña introducción sobre mí  mismo, vida, obra y milagros. Ana Joyanes lució maestría, templanza y buen hacer ofreciendo un discurso formidable y muy bien desarrollado.
            Tras un buche de agua llegó mi turno. Un cuento ayudó a romper el hielo —sobre todo el de mi lengua— y a enlazar agradecimientos a «todo quisqui». Tras comenzar a desgranar el relato les hago caer en cuenta que el libro empieza con la recepción de un telegrama y ¡ups!, que casualidad, ustedes tienen un sobre en las manos. Es momento de abrirlo. Se descubre una pequeña dinámica de grupo en la que los asistentes tienen que agruparse por el color de la papeleta guardada en el interior, para hacer una pequeña tarea, rellenar una palabra.
            Intenté acabar aquí, pero un espontaneo, Jesús Bravo, saltó al ruedo para decir unas palabritas que según él, no tenía preparadas, ¡menos mal! Estuvo brillante.
Ahora sí, llega el momento de despedir, para ello cada grupo levantaba su mural y a la par que gritaba la palabra escrita. Quedando la frase final: «Gracias a todos por venir», lo que hace que los más emotivos rompan sus manos en aplausos.
            Para acabar nada mejor que unas picaditas y un par de copas de vino, que por cierto no probé, mientras firme unas pocas dedicatorias.  

«Locos de atar»

Los dos compañeros estaban sentados en el comedor. Llevaban un rato con la mirada perdida sobre las viandas del plato, cuando uno de ellos decidió romper el hielo.

─La carne rebozada fría no vale nada ─dijo tras comprobar la temperatura de su plato.
─Lo sé pequeño saltamontes, pero tienes que hacerte un hombre y hoy toca comer frío.
─No entiendo tu postura, ¿qué tiene que ver mi sexualidad con la comida?
─Mucho. Si no eres capaz de comer este plato, ¿cómo pretendes enfrentarte a las dificultades de la vida?
─Sigo sin entenderte ─intervino levantando la vista─. Espero que comprendas que mi situación económica, social y militar, me permite no tener que enfrentarme a ciertas cosas. Tengo a gente que lo hace por mí.
─Napoleón ─susurró el otro─, ahora empiezo a comprender a nuestro psiquiatra. Será mejor que tomemos la medicación y dejemos los desvaríos para otro momento.

«Duro lunes»

Por fin he llegado a casa. Los lunes son horrorosos y sólo pienso en que llegue la hora de regresar al hogar para tumbarme en mi sillón, con el mando de la tele entre las manos y tomar el merecido descanso tras un día infernal.
            El trabajo se hace duro. Siempre hay miles de cosas que hacer, gestiones que realizar, clientes a los que atender y, al parecer, todo el mundo estima que lo suyo es más importante que lo de los demás, por lo que continuamente ando liado de aquí para allá, con el teléfono, la fotocopiadora, los emails…
            Nada más entrar por la puerta de mi hogar su sonrisa, su suave voz, su tierna mirada y sus tersas manos borran mis problemas de la mente y las arrugas de expresión de mi cara. Es una auténtica delicia compartir mi vida con ella. Por suerte sus días, trabajando en una lonja de pescado, no son tan duros como los míos o, al menos, eso me dice. ¡Qué suerte tiene!