Había llegado la hora. Tras mucho tiempo sin pisar lo que se podría considerar su segunda casa, por las horas que en ella pasaba, era el momento de reincorporarse.
Un extraño hormiguero recorría su estómago. Por un instante quedó parado, con los ojos perdidos en la inmensidad, recordando a los compis del curso pasado. Luego, tras volver en sí, se impregnó con los nuevos desafíos e ilusiones que le aguardaban.
Empleó un rato en preparar sus cosas: afiló el lápiz nuevo, quitó el plástico a la goma, sacó su bolígrafo favorito de la gaveta… Con todo ello preparó el estuche, un viejo incondicional que lo acompañaba desde hacía años.
La maleta estaba donde la había dejado el pasado julio. Sacudió el polvo y revisó el interior. Tenía la libreta, metió el estuche y, con un suave suspiro, comprobó el resto: entusiasmo, ilusión, felicidad, alegría, compromiso… Estaba todo listo.
¡Feliz curso!




