«Vuelta al cole»

Había llegado la hora. Tras mucho tiempo sin pisar lo que se podría considerar su segunda casa, por las horas que en ella pasaba, era el momento de reincorporarse.
         Un extraño hormiguero recorría su estómago. Por un instante quedó parado, con los ojos perdidos en la inmensidad, recordando a los compis del curso pasado. Luego, tras volver en sí, se impregnó con los nuevos desafíos e ilusiones que le aguardaban.
   Empleó un rato en preparar sus cosas: afiló el lápiz nuevo, quitó el plástico a la goma, sacó su bolígrafo favorito de la gaveta… Con todo ello preparó el estuche, un viejo incondicional que lo acompañaba desde hacía años.
            La maleta estaba donde la había dejado el pasado julio. Sacudió el polvo y revisó el interior. Tenía la libreta, metió el estuche y, con un suave suspiro, comprobó el resto: entusiasmo, ilusión, felicidad, alegría, compromiso… Estaba todo listo.
¡Feliz curso!

«El amigo Palenque» (Viaje a Miami y Cartagena de Indias. Y 4)

Estoy convencido de que en todos los lugares del mundo, por poco que busquemos, podemos encontrar algún personaje singular. La ciudad de Cartagena de Indias y, en concreto la Playa de Bocagrande, no va a ser menos.
            En una entrada anterior ya nombré, muy por encima, la primera persona que me «asaltó» al pisar la playa para ofrecerme sus toldos ─para protegernos de la insolación─ y tumbonas ─para descansar los cuerpos─. Era el amigo Palenque, de nombre Willy. Un hombre moreno, tirando a negro, por el azote del sol día tras día. De unos cuarenta años, complexión normal, barba de tres o cinco días, un ojo a la funerala y gran  presumidor de sus cinco hijas y dos mujeres.
            Servicial y siempre «a la orden», como se manifiesta por aquellas latitudes, tras ubicarnos en uno de sus chiringuitos intentó entablar conversación, cuando el resto de los vendedores nos lo permitían, sobre el fútbol de España, las ganas que tenía de visitarnos…y, sobre todo, de su voluntad para que nos encontráramos a gusto en sus dominios.
            ─Patrón, ¡a la orden! ¿Le apetece algo?
            No mentía, bastó un leve gesto de mi mano para que acudiera raudo a mi presencia.
            ─¿Qué le sirvo?, ¿algo fresquito?
            Tras escuchar la amplia oferta nos decidimos por una Piña Colada. Como levitando sobre la ardiente arena, allá que sale corriendo el Palenque. No pude quitarle el ojo de encima. Así estuvo todo el día, de aquí para allá, atendiendo nuestras necesidades y las de los vecinos de tingladillo.
            Tras abonar los servicios, incluidos los diez mil pesos ─dos coma cuatro euros─ que me prestó para pagar unos dulces, porque la vendedora no tenía cambio, nos despedimos con el compromiso de que volveríamos y que preguntaríamos por él.
            A los dos días volvimos y cumpliendo con mi palabra sólo permití su asistencia. Mientras intentaba escribir unas ideas, el amigo Palenque se sentó a mi lado para darme conversación. Sin duda es un elemento singular, parece honesto, honrado y trabajador que se busca la vida, como puede. Ya tengo su número de celular ─o sea, de móvil─ así que si algún día viajas a Cartagena puedo ofrecerte este buen contacto que gustoso atenderá tus necesidades.

«Pateo por las Siete Cañadas con luna llena»

Como no podía ser de otra manera este fin de semana también opté por actividad lúdico-deportiva, en esta ocasión gracias a la organización de mi grupo de montaña Tamaide.
            Salimos a las 18:15 horas de La Orotava rumbo al Parador Nacional de las Cañadas del Teide. Tras una parada de asistencia a un accidente ─un coche volcado con un señor, digamos robusto, atrapado en su interior─ llegamos a nuestro punto de partida.
            Tras las obligadas visitas a los servicios, por aquello de caminar con la vejiga en condiciones y subsanar los problemillas de próstata de algún compañero, comenzamos a caminar, aún con luz solar, a las 20:15. ¿Hay algún sitio más bonito que el Teide y sus Cañadas?, seguro que alguno habrá pero el placer que conlleva caminar por el sendero de las Siete Cañadas, señalizado con el número 4, nos hace comprender que estamos ante una verdadera maravilla de la naturaleza.
            La noche comienza a caer. El juego de luces y sombras es mágico. Cuando la oscuridad reina el cielo nos brinda un espectáculo apabullante de estrellas que cobran sentido con la compañía y conocimientos de una compañera, experta guía turística y especializada en rutas de las estrellas. Sus comentarios hacen enriquecer nuestro corto conocimiento y aportan pequeñas pinceladas sobre nombres de constelaciones, planetas, asteroides, viejas historias y mitologías…
            Tras un rato caminando en semipenumbra la luna hace un despliegue total de luminosidad haciendo del todo innecesario el uso de linternas o luz artificial.
            Cinco horas y media de caminata. Cinco horas y media para disfrutar de la naturaleza, del silencio, de las estrellas, de cantidad de gente que ha programado lo mismo que nosotros, de la luna…, de la compañía.
Sólo puedo decirte que si tienes oportunidad no te lo pierdas, y si quieres, yo te acompaño. 

CLASE DE AQUAGYM

Tras pasar un par de días desparramado sobre una tumbona la información del altavoz, que informa del comienzo de la clase en la piscina central, llama mi atención.
          Hasta donde he leído, el aquagym trata de hacer honor a su nombre, que proviene de mezclar los términos, en inglés, de gimnasia y agua, dando por consiguiente esta modalidad deportiva a la que se le atribuyen ciertos beneficios para la circulación, la musculatura…, en fin, justo lo que necesito para poder desentumecer la espalda, que ya tiene la forma de la hamaca.
          Para practicar este aparente deporte se necesita de, al menos, dos factores:
1. Música, que debe activarnos. La monitora, una guiri con brazos y espalda de levantadora de pesas, lo tiene claro, el “chunga chunga” de la música a toda pastilla no deja ni oírla.
2. Las propiedades del medio acuático, que debe proporcionarnos un menor esfuerzo. Después de estar un buen rato sube y baja las piernas, vete para un lado, vuelve para el otro, corre para arriba, corre para abajo… empiezo a tener ciertas dudas sobre este aspecto.
          Tras algo más de media hora de sufrimiento, en el que por cierto casi me ahogo, con tanto manos arriba, manos abajo, culo apretado, cabeza atrás… llega el momento de plantarme y ponerme en el lado de la piscina en el que hago pie, igual la cosa funciona mejor ahí. ¡No haberlo pensado antes!
          Sudar no sé si se suda, ahora, me duele todo el cuerpo, así que me vuelvo a la hamaca a descansar, que la tengo domada, y ya no me muevo hasta que se me olvide tanto deporte.

«Playa de Bocagrande» (Viaje a Miami y Cartagena de Indias. Y 3.)

Pisar las canelas arenas de la Playa de Bocagrande es dar por sentado, a todos los que allí habitan, que eres turista y que estás dispuesto a pagar por los múltiples servicios que se prestan.
  El primero en asaltarte es el repartidor─acomodador de toldos, sillas y tumbonas. La arena cálida y el sol ardiente hacen del todo necesario que un «españolito blancucho», como yo, regatee ─obligatorio─ y contrate sus servicios.
            Nada más sentarte a la sombrita comienza el agobiante trafiqueo:
            ─Hola mi amor ─dice la negra Jennifer del Carmen que se presenta muy educada─ te voy a regalar una muestra de los masajes relajantes que hago.
            ─No gracias ─¡demasiado tarde! Sus manos, engrasadas con algún ungüento, ya se han apoderado de mi gemelo derecho. Toca insistir─. ¡No gracias!
            ─Ok papi. A lo mejor más tarde. Acuérdate de mí que yo vuelvo.
            Tras su marcha, o quizás al mismo tiempo, comienza el desfile: la de las trenzas  ─que también regala una muestra a la niña, para que nos acordemos de ella─, el de las gafas, la de las pulseras, el que vende relojes, el de las camisetas, la del agua, uno con refrescos, otro con helados… y así uno tras otro durante más de una hora y yo, con los morros puestos, intentando ser cortes y dando las gracias a todos.
            Después de un refrescante baño, en el que me asaltó el que da paseos en moto acuática, le tocó el turno a los que venden: sombreros, periódicos, flotadores, collares, dulces, pescado, camarones, fruta…
Total, que no puedo dar una valoración objetiva de la playa ya que me pasé la mañana con una sonrisita falsa diciendo ¡no gracias!
Al final del día entendí a la negra Jennifer del Carmen ─que por supuesto se ofreció dos o tres veces más─ y tuve que darle la razón, el masaje me hizo falta pero para poder aguantarlos a todos ellos.