Pisar las canelas arenas de la Playa de Bocagrande es dar por sentado, a todos los que allí habitan, que eres turista y que estás dispuesto a pagar por los múltiples servicios que se prestan.
El primero en asaltarte es el repartidor─acomodador de toldos, sillas y tumbonas. La arena cálida y el sol ardiente hacen del todo necesario que un «españolito blancucho», como yo, regatee ─obligatorio─ y contrate sus servicios.
Nada más sentarte a la sombrita comienza el agobiante trafiqueo:
─Hola mi amor ─dice la negra Jennifer del Carmen que se presenta muy educada─ te voy a regalar una muestra de los masajes relajantes que hago.
─No gracias ─¡demasiado tarde! Sus manos, engrasadas con algún ungüento, ya se han apoderado de mi gemelo derecho. Toca insistir─. ¡No gracias!
─Ok papi. A lo mejor más tarde. Acuérdate de mí que yo vuelvo.
Tras su marcha, o quizás al mismo tiempo, comienza el desfile: la de las trenzas ─que también regala una muestra a la niña, para que nos acordemos de ella─, el de las gafas, la de las pulseras, el que vende relojes, el de las camisetas, la del agua, uno con refrescos, otro con helados… y así uno tras otro durante más de una hora y yo, con los morros puestos, intentando ser cortes y dando las gracias a todos.
Después de un refrescante baño, en el que me asaltó el que da paseos en moto acuática, le tocó el turno a los que venden: sombreros, periódicos, flotadores, collares, dulces, pescado, camarones, fruta…
Total, que no puedo dar una valoración objetiva de la playa ya que me pasé la mañana con una sonrisita falsa diciendo ¡no gracias!
Al final del día entendí a la negra Jennifer del Carmen ─que por supuesto se ofreció dos o tres veces más─ y tuve que darle la razón, el masaje me hizo falta pero para poder aguantarlos a todos ellos.
