«La habitación 404»

El mensaje que
le envió fue corto e intrigante.

—Imagina por un
momento que estoy en la habitación 404. ¿Vendrías ahora que ellas duermen la
siesta?
Nada más leerlo
su cuerpo se perturbó. Ella había ido con sus amigas a pasar un fin de semana
de sol, piscina y chicas. Su marido se había quedado en casa con sus hijos y su
amante, en teoría, estaba de Rodríguez. «¿De verdad que estaba en aquel hotel?».
No se lo pensó.
Las chicas
dormían en la cama balinesa que habían reservado. Con cuidado, para no hacer
ruido, se enredó en su pareo, intentando tapar el temblor de sus piernas y la
excitación que marcaban sus erizados pezones. Se dirigió directamente a la 404.
No le hizo falta
tocar. Nada más llegar la puerta se abrió, como si su ocupante estuviera
esperándola tras la mirilla.
—¡Estás loco!
¡Qué haces aquí?! — le recriminó nada más cerrar la puerta tras ella. Él no
contestó. Se acercó con decisión, la atrajo contra su cuerpo y la besó con
absoluta devoción. 
Ella se rindió a lo inevitable durante más de una hora, hasta
que sus amigas llamaron una y otra vez a su teléfono al no saber dónde estaba.

Gracias por
leerme.

«Hacia la otra vida»

La vieja mecedora que tengo en el porche de casa, es como una máquina del tiempo. Me balanceo en ella, mientras disfruto de la lectura, unas caladas a la pipa, una agradable bebida, y me traslada a otra existencia. Hoy la tarde está fresca y da gusto estar aquí.
Mi vida pasa ante mí de manera fugaz, como imágenes de resumen de una película que pondrán en breve en la televisión: trabajo fijo, un matrimonio, dos hijos, tres nietos…, toda una vida.
En mi balanceo noto como mis ojos se van cerrando. Mi cuerpo se afloja, se relaja. Me duermo.
En el duermevela inicial veo pasar al vecino, que se despide con la mano. Se va de viaje por Asia. Solo. Él y su mochila. 
Mis párpados caen, el balanceo se detiene. Mi máquina del tiempo me dice que ha llegado la hora. Ya sé cómo viviré mi próxima vida.

Gracias por leerme.

«Mensaje de amor»

Hace diez minutos que te has conectado y no me has escrito. Imagino que no has sabido qué decirme. Así que me he armado de valor y he decidido hablar de mis emociones.

Quería que supieras que llevo toda la tarde esperando un mensaje tuyo, una tontería, un emoticono, una broma, una luz. Saber que ya no te tengo, como te tenía hasta ayer, me tiene roto. 

Quiero recibir un mensaje para sentirte a mi lado, saber que puedo mandarte una bobería o un piropo o un deseo de besarte. Ahora no sé qué hacer.

Miro tu foto y todo me late. Siento tus ojos clavados en mi deseando corresponderme y la fuerza de tu preciosa personalidad aguantando tu honra y la mía. 

No me gusta que hayamos vuelto a fase 0. Quiero que me escribas, que me llames, que juegues conmigo, que me seduzcas. ¡QUIERO MÁS! Quiero volver a nuestro mirador y cumplir el sueño de tenerte.

Así no me gusta soñarte, pero lo haré, no queda otra. Una noche más, pero ahora sin esperanza de hacerlo real. Ojalá me acompañaras en esta locura. ¡Muero por un beso!

Gracias por leerme.

«Con el cambio de luz»

La noche se
presenta oscura y callada. Una llamada inesperada hace que Raúl deje a un lado
el plan que se había marcado, en el sofá de su salón, para acudir a una pequeña
reunión de viejos compañeros.
Tras los saludos, besos, abrazos y
alegrías por el reencuentro, con la primera cerveza llegan las risas, con la
segunda las bromas y las simpáticas anécdotas de tiempos pasados, con la
tercera una cena que, a modo de picoteo, facilita las chanzas entre unos y
otros.

Con la despedida, y la promesa de no
tardar en volver a reunirse, Raúl se queda a solas con Carmen. Mientras se acompañan
al coche continúan las risas y con ellas un primer beso robado y sorprendente,
que abre la puerta a un festival de fuegos artificiales, en forma de abrazos,
miradas y alguna que otra mordida de labios. Ahora la noche está llena de luz.
Gracias por leerme.