«Verde que te quiero verde»

El verde, además de ser el color de la esperanza, también es el usado para hablar mal de alguien o poner a parir al prójimo. Nos ponemos verdes de envidia o de enfado. A muchos nos pone verde que los políticos sigan verdes en sus posiciones y mantengan  su inmovilismo, demostrando su propio fracaso en hacer política, a la vez que los ponemos verdes por hacerlo. Muy verdes nos quedamos tras la eliminación de la selección española de fútbol…
Pero de lo que realmente quería hablar es de los nuevos batidos verdes. Resulta que se ha puesto de moda, al menos en mi casa, tomar «green smoothies» ―palabrejas extranjeras que ponen verde a los expertos lingüistas—, que no es otra cosa que un zumo o batido, de los de toda la vida, pero mezclando tres tipos de ingredientes: Una verdura, una fruta y un superalimento (cúrcuma, jengibre, moringa…).
Esta claro que es una fantástica manera de tomar vitaminas, minerales y proteínas con las que ayudar a nuestro cuerpo a estar activo y saludable. Ya lo decía Popeye con sus famosas espinacas. Así que ahora, de media mañana o de merienda un zumo de estos y no veas, cuando voy al baño «a dar del cuerpo» —expresión muy canaria que se estudia hasta en medicina— ya no me quedo verde, pero sí que me acuerdo de unos cuantos que ya nombré antes.
Gracias por leerme.

«Un deseo por San Juan»

Siguiendo la tradición hoy, noche de San Juan, se debería lanzar a la hoguera todo lo malo para atraer todo lo bueno. Él, de nombre Juan, sabía que esto era así, conocía la tradición, y sabía que si quería superar el tiempo de desasosiego e incertidumbre personal en el que estaba viviendo, tarde o temprano tendría que alimentar esa hoguera.
Se reunió con su grupo de amigos en la playa, tal y como días atrás habían quedado. Todo estaba listo: el picoteo, las bebidas, el hueco en la arena, unas pequeñas maderas, las velas…, incluso alguna de las participantes había preparado unos pequeños papelitos, y cargado con lápices suficientes, para que  cada uno apuntara ese peso negativo del que quería desprenderse en la mágica noche.
Juan escribió su descarga. Lanzó el mensaje al fuego y siguió con su mirada como el rojo espíritu devoraba aquellos malos sentimientos, hasta hace un momento convertidos en letras, para izarlos al cielo transformados en humo y ceniza, que se levantaban por efecto de la leve brisa reinante.

Lamentó no notar el cambio en el peso que cargaba sobre sus hombros, pero la primera nota de la música que comenzó a sonar le hizo darse cuenta de que la echaba de menos y que, a este paso, nunca podría alcanzarla. El fuego hizo su efecto, el tiempo haría el resto.
Gracias por leerme.

«Contando días de vacaciones»

Cuando uno ejerce de maestro, las vacaciones son las que son y vienen cuando vienen. 
Hay una confusión en cuanto a este tema que está muy extendida entre los viandantes. Para aclarar las cosas decir que en verano no tenemos tres meses. Cierto es que el alumnado de Educación Infantil y Primaria empieza sus vacaciones en torno al 20 o 21 de junio y se reincorporan a los centros sobre el 8 de septiembre, pero no así sus maestras y maestros, que terminan más tarde y retoman la actividad el 1 de septiembre. Son dos meses en verano (aunque esto dependerá de sí eres o no miembro del equipo directivo, de si tienes terminada  toda la documentación, el aula recogida… En todo caso, hasta el momento, durante el mes de julio estamos a disposición de la Consejeria, por lo que, si no te llaman para nada, tienen dos meses.
Sé que te has fijado en que he dicho tienen. Yo ya no las tengo. Es lo que tiene ser maestro y no estar ejerciendo como tal, sino dedicado a labores de engranaje, mantenimiento, remendado… dentro de la compleja maquinaria que hace caminar nuestro sistema educativo.
En estos días me encuentro delante del calendario contando y colocando mis días de vacaciones, los de asuntos propios, los de compensación…; hago recuento y distribuyo de manera concienzuda —¡que gran palabra!—, con la esperanza de poder coger casi todo agosto -para poder disfrutar con la familia-, una semana para octubre o noviembre —por aquello de que es temporada baja y ahora sí que puedo elegir cuándo viajar— y todas las navidades —que me encantan. 
Como ves, esto de no tener las vacaciones de un maestro tiene sus inconvenientes —sobre todo en número de días— pero también sus ventajas —esa semana fuera de temporada— así que mi mente ya está tramando alguna escapada. Pero quién sabe, a lo mejor no falta mucho para volver a tener tantos días. 
¿Ya has programado tu viaje? ¿Adónde vas? ¿Te apetece contarlo?

Gracias por leerme 

«Una Gioconda en la pared»

La había visto en varias ocasiones pero, hasta hoy, no me había llamado la atención. Me encontraba a una distancia prudente, algo más de cien metros. Me fijé en ella al pasar con el coche y parecía que me mirara, que me quería decir algo. Ahora, que ya estaba aparcado, caí en cuenta que me dirigía directamente hacia su retrato. 
En mi interior algo invoca su nombre. Me hace caminar y dirigir mis pasos hacia el lugar donde esa imagen aparece estampada en la pared. 
Como decía, observante desde la distancia que nos separa, me quede sorprendido cuando una chica, de media edad, que venía corriendo calzada con sus zapatillas de «runner» actuó de manera muy rápida. Sin percatarse de mi presencia y asumiendo que nadie la miraba, literalmente se abalanzó contra la pintura impresa en la pared. Pensé que, a esa velocidad y determinación, el impacto iba a ser tan potente que su cuerpo se entromparía, como lo hace un huevo al ser lanzado en idéntica situación, desparramando sus sesos, interiores y líquidos por todo el lugar, cual yema y clara. Nada de lo esperado ocurrió. La chica desapareció al instante. 
Mi cara reflejó el sobrecogimiento de mi cuerpo. Aquello no era posible. Nadie más lo había visto, la calle estaba desierta. 
Me dirigí hacia La Gioconda. Toque su impregnada tez para comprobar que la pared era real. Dura como el cemento. 
«¿Y porqué no?» pensé. Quizás es la entrada al mundo mágico e ideal que todos deseamos visitar. Me alejé ganando distancia y, con el mismo empuje y decisión que lució la chica, me lancé contra aquella mujer.

Las gafas, los dientes y mi moral saltaron por los aires o se estamparon en aquel muro. La próxima vez me aseguraré de tener pagada mi licencia de superhéroe. 
Gracias por leerme.

«Los amigos y algo de beber»

¿Has tenido a alguien de tu entorno más inmediato sin poder moverse? ¿Verdad que es muy gratificante cuando llaman por teléfono o vienen los amigos, la familia, los vecinos…, de visita? Sin  duda es uno de los actos que distingue a las verdaderas amistades de las otras que solo se ofrecen para los buenos momentos. 
Hay ratos del día que son relajados. Viene una pareja, a eso de las cinco de la tarde y claro, hay que ofrecer algo «¿Café?». Al cabo de unos minutos aparece una de las chicas del gimnasio, que como el café, aunque sea cortado, le irrita el estómago prefiere un té «¿Verde?» —que pregunta más estúpida la mía. Claro que verde que es diurético, retrasa el envejecimiento, cuida la piel y bla, bla, bla. 
Nada más servir el preciado líquido, aparece «el Luis y la Pepi» —estos tienen otro ritmo de vida— «¿De beber? ¡Cerveza!» Pues nada. Toca bajar a la nevera del garaje, que aquí ya no me quedan y no me había dado cuenta de reponer. El café y el té fue servido con unas galletitas danesas pero las cervezas tendré que acompañarlas de ganchitos o algo salado.
El bullicio del salón ya se va notando, La primera pareja, cuando suena de nuevo el timbre, decide marcharse, aprovechando el momento. Son reemplazados por otra pareja de amigos que, al salir los niños del cole, tenían un momentito libre y aprovecharon. Los niños también vienen. Zumos de melocotón para los más pequeños, cortado para él —tengo que poner otra cafetera al fuego— y rooibo para ella —es que el café y la teína le quitan el sueño; y ya la hora que es. Hay que calentar más agua. Los niños, al salir del cole no llevaban merienda —dice la madre que se les olvidó— así que asaltan la caja de galletas, las almendras, los ganchillos y los pistachos. Menos mal que ayer mi madre hizo una tarta de las suyas. La saco. También otro par de cervezas que Luis y Pepi que venían sedientos. No esperaba tanta visita así que una papas fritas me quedan.
Vuelve a sonar el timbre. «¡Qué bien! ¡Las chicas!» Sí, las cuatro amigas han venido juntas «¿Será la primera vez que vienen y les dará vergüenza?» Tras los besos, los abrazos, derramar un vaso de agua, los saltitos, empapar las servilletas, tirar todas las migas por el suelo, la emoción y no sé que más, deciden lo que van a beber: vino blanco, cerveza, Rooibo —más agua a calentar— y un gin tonic «deesostanricosquetúsabeshacer» 
—¿Qué sabes hacer gin tonics? —Pregunta Pepi.
—Los mejores que he probado —afirma una de las chicas
—Pues me apunto —afirma Luis.
—Y yo. 
—Pues si insisten. —La otra.
—¡¡Gintonics pa toos!! ¡Que un día es un día!, y mañana no hay cole.—Sentencia una voz mientras mis ojos y mi menta se queda a cuadros con la que se está montando. Sin problema. Gintonics para todos. 
Si me descuido sirvo gintonic hasta a los niños, que se conformaron con un San Francisco y un par de pizzas. Que ya la hora que es habrá que comer algo.

Y ya ves. Así es mi vida. En un momentito he tenido que preparar cinco o seis litros de infusiones varias, tres cafeteras, cuatro cervezas y… ¡se me han bebido las dos botellas de ginebra que tenía! Nos pasamos al ron. Y es que no hay nada como que los amigos demuestren su verdadera amistad en los momentos difíciles. Gracias por leerme.