«La mula»

Seguro que alguna vez has visto una mula de carga. Yo, aunque parezca mentira por la época que vivimos, cada mañana tropiezo con una.
Lo primero que llama la atención es el color oscuro de su piel y la gran cantidad de pelo que tiene su cabeza. Su andar es ágil y decidido, pese a llevar atado sobre su grupa, o colgado a un lado, tres bultos, dos de ellos de grandes y pesadas dimensiones, que le hacen caminar ladeado. También llama la atención el paso escorado que luce, motivado por una seria lesión en su pie derecho, que le hace tirar de él, más que adelantar un paso tras otro.

Siempre camina solo, sin recua, siguiendo los pasos de su guía que, algo más rápido, camina unos pasos por delante, sin atarlo. Hay niños que dan libertad a sus padres a cambio que les carguen la mochila del cole. Gracias por leerme.

«El viejo del aparcamiento»

Una de las
leyendas urbanas más famosa y conocida, con temática de terror, es, sin duda,
“La niña de la curva”. A modo de resumen rápido, recordarte que se trata de la
presencia de una autoestopista que al ser recogida y tras un rato sin conseguir
conversación, misteriosamente desaparece del interior del coche, tras alertar
al conductor de un tramo o curva peligrosa, en la que supuestamente la
susodicha falleció.
            El otro día, en el interior del
garaje de un gran centro comercial, me visitó «el viejo del  aparcamiento» que, salvando las distancias,
me resultó algo similar. Te cuento lo ocurrido:
            Avanzo por mi carril y, al superar
un coche que estaba parado en doble fila a la derecha, sin luces ni
intermitentes, recorro más de una treintena de metros en busca de un lugar para
estacionar. Uno de los coches aparcados a la izquierda arranca, enciende sus
luces e inicia la marcha para abandonar el lugar. Yo coloco mi intermitente y
espero a que salga.
Nada más iniciar mi camino marcha atrás, de la nada, aparece un hombre
mayor que, junto a mi ventana cerrada me habla. No lo entiendo. “Cuidado jefe”
le digo. Él con aspavientos protesta. Cuando vuelvo a mirar por el espejo
retrovisor veo una columna a la izquierda, como moviéndose en dirección a mi
coche. El hombre sigue protestando. ¿Me avisaba del golpe y de ahí su parecido
con la niña de la curva?
Pues no. Al parecer era él el que estaba en el interior del coche parado
en doble fila. Esperaba un sitio y yo se lo quité. Según él yo tenía que
adivinarlo, que conocer cuáles eran sus intenciones. Al parecer tengo poderes y
yo que pensaba que el fantasma era él.

Gracias por leerme.

«El gigante duerme»

Sobre
su colchón de piedra y tapado con sus sábanas de verde vegetación,
el Roque aparece vigilante. Mantiene sus ojos cerrados, la
respiración sosegada y el tic-tac de su corazón a un ritmo
apaciguado. Duerme. Al menos así lo vemos desde este lado. Lo que se
vive por dentro es otra cosa. Si bajamos la voz, acercamos el oído y
nos concentramos un poco, podemos escuchar los pensamientos de esa
mole.
Mi
boca está sellada. Cierro los ojos y mantengo la respiración.
Quiero gritar, salir corriendo, quizás huir, pero siento que no
puedo mover ni brazos ni piernas. Esto me come por dentro. Para
soportarlo intento concentrar mis pensamientos, controlarme,
autorregular mi propia circulación interna. Hay pájaros que vienen
y van. Sobrevuelan mi persona y preguntan, con su característico
piar o graznido, según el caso, el porqué de mi pasividad. «No
puedo» les contesto, «las personas que se agitan a mi alrededor
dependen de que sus suelos no se desquebrajen para seguir viviendo,
cultivando, existiendo». Les pido otra cosa «No te vayas».
«Acompáñame». «No me dejes». «Abrázame». Pero como no puedo
hablar en alto no me oyen y se marchan.  
Y ahí
sigue la gran piedra. Impasible, aguantando, mientras narra una historia que nadie
escucha. Hasta el día que reviente. 
Gracias por leerme.

«Una cuestión de regusto»

¿Qué te deja buen sabor de boca?

La primera respuesta es fácil: un buen vino acompañado de un exquisito jamón serrano, un café de tierras lejanas, un queso de… Pero no, no quiero que me contestes eso. La pregunta de hoy va un poco más allá. Me gustaría que profundizaras en tu día a día y que buscaras una o dos acciones, sentimientos o situaciones que al hacerlas, o terminarlas, te dejan un sabor de boca especial. Si quieres empiezo yo. Tengo dos.
1.- La siesta de los fines de semana (aclaro que es sábados y domingos, porque entre semana no hay tiempo para ese reposo). Me encanta acostarme en la cama, apenas tapado con una colcha, poner la tele, e ir dejando que la baba caiga por la comisura de la boca mientras los ojos van cayendo en el vacío, casi sin darme cuenta, hasta despertarme, un rato después, con la misma película, con la sensación de estar viéndola pero sin saber qué o cómo ha ocurrido. El sabor en la boca toda la tarde, el regusto, que dirían los aficionados al vino, es lo que me llena y me da verdadero placer.
2.- Mismo sabor y misma sensación en la boca, es la disfruto cuando he logrado, tras una o dos horas de trabajo, escribir algo coherente y avanzar en la historia en la que invierto algunas de mis horas nocturnas. Es una revelación parar, releer lo escrito y llegar a la conclusión de que lo hecho es medianamente aceptable. Otra cosa es lo que a ti te resulte al leerlo.
Pero ahora te toca a ti. ¿Contestas a pregunta? ¿Qué te deja buen sabor de boca?
Gracias por leerme.