«Se nos pusieron del revés»

IMAGEN HECHA DESDE MI MÓVIL
Levanté la
vista. Él ruido llamó mi atención.
Justo en el momento en el que por la cinta estaban saliendo mis maletas,
la terminal del aeropuerto estalló en aplausos.
En la sala de espera todos los presentes comentaban lo ocurrido.
El pasillo estaba ocupado por los que apuradamente queríamos abandonar el
lugar. Unos íbamos hablando con nuestros acompañantes, otros lo hacían por el
móvil, algunos estaban chateando, sin apenas levantar la vista de su teclado, y
sólo unos pocos iban acompañados de su asustada sombra.
Los aplausos rompieron la tensión existente en el ambiente. La chica de
detrás, que hacía rato no paraba de llorar y gemir, rompió su rabia con una
ávida y oportuna palabrota que se vio apoyada por la reacción del resto de
presentes.
El avión tomó tierra tras bambolearse de un lado a otro durante rato.
¡Por fin estábamos a salvo!, toda vez que fuertes golpes de lluvia y viento,
acompañados de una más que negada visibilidad, hicieron que los anteriores
intentos de aterrizaje fueran abortados, metiéndonos el susto en el cuerpo.

           Por eso aplaudimos a la tripulación de nuestro vuelo IB3938, al verlos aparecer en la sala del aeropuerto.

«Disparate en el gallinero»

Extraído, sin permiso, de San Google

Cuando el gallinero se disparata, hasta a los gallos más poderosos se les ponen las plumas de punta. Mi familia es así, o se asemeja —y mucho—, a un gallinero y éstos días se ha revolucionado del todo.
En menos que ha cantado un gallo y, movidos cada uno por sus propios intereses, sin afectar a los de los demás, o incluso afectando —pero con cariño—, como decía, en un periquete, se ha remodelado un par de casas y se ha renovado el parque móvil familiar.
La pequeña, iniciadora de los tormentosos incidentes que se han producido en estas últimas dos semanas, le ha dado por, no sólo cambiar de coche, sino también vender el mío. Supongo que en un ataque de preocupación por el estado general de lo que se ha llegado a calificar como «la tartana». Menos mal que cerró el trato antes de que lo tuvieran en sus manos. Al verlo y conducirlo querían darle la mitad de lo inicialmente ofertado. No sé porqué, la verdad, a mí me iba de perlas.
La otra de mis hermanas, le ha dado por vender su coche y parte de su casa: sofás, sillones, estanterías…, hasta lámparas ha descolgado y puesto en venta por veinte euros en los «interneses». Así hasta comprarse un coche —por cierto, ¡bonita!, a ver si te invitas a una merienda que no hemos visto la remodelación ni la nueva bandera—. Esta, tanto ha hecho, que hasta ha conseguido vender «la furia amarilla», que todo sea dicho de paso, está genial, super bien conservado y en perfecto estado —¡oyé! que lo digo en serio, nada de sarcasmos, sobre todo porque su compradora puede que me esté leyendo.
El otro un desgraciadito. Mi niño, con lo bueno que es. No le ha tocado nada, más bien dar, prestado. Ni la mesa de billar que me traje para casa el otro día cedida para el garaje. Pero no te preocupes, cuando quieras, —y ya va siendo hora de que lo hagas— nos invitas a una comidita de esas tan selectas que organizas en tu casa y así, al menos, te llevas nuestra compañía.
Mis padres, los pobres, se han visto en el fuego cruzado de un lado y el otro. Tanto ha sido a así que hasta se han escuchado voces de ponerle un cártel a mi madre y venderla, que de seguro sacamos una pasta. De mi padre también ganaríamos algo, que se conserva en alcohol y en jamón serrano —¡del bueno oiga, no se vaya usted a pensar!
Así que nada, lo dicho. Las plumas las tengo erizadas, pero con coche nuevo y un agujero negro en cuenta, del que ya hablaremos.
 

«La terapia»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Llevaba tiempo quejándose del ruido que hacían aquellos pequeños seres. Los oía martillar, correr  y chillar dentro su cabeza, tanto era así que, en varias ocasiones, había perdido el control. Tras sufrir episodios de ansiedad y arrebatos de furia descontrolada, decidió ir a consulta:
…
—¿Vuelven a ser invisibles tras la toma de la medicación? —preguntó el psiquiatra mientras levantaba la cabeza para observar la coronilla del señor Gutiérrez.
—La mayoría de las veces sí. Sobre todo por la mañana y normalmente hasta las cinco de la tarde. A partir de esa hora…
El discurso del hombre se vio interrumpido, como la mayoría de las veces, por las inquisitivas preguntas que el doctor hacía cortando el hilo conductor del relato del bueno de Gutiérrez.
—¿Qué es lo que pasa a esa hora? 
—Es que a esa hora…
—¿Siempre es a las cinco de la tarde?

—Sí. Es cuando vuelven del colegio.

«¿Y si los siete enanitos votaran?»

Extraída, sin permiso, de San Google
Supongamos por un momento que los famosos siete enanitos del cuento de los Hermanos Grimm viven en la actualidad. Como buenos conciudadanos que son van a votar en las futuras elecciones pero, al vivir en el bosque, tan alejados de la ciudad rodeados de tantos peligros, deciden que ejercerán su derecho por correo. 
Al llegar las papeletas y atendiendo a las características diferenciados de cada no de ellos, la cosa podría quedar más o menos así:
  • Sabio: Decide leer con calma cada uno de los programas electorales, aunque ya sabe por quién va a votar.
  • Gruñón: También accede a leer las distintas propuestas, pero lo hace desde el desencanto, protesta por todas ellas. no ve nada claro.
  • Mudito: Siguiendo el ejemplo de sus hermanos, ojea, por encima, las propagandas que llegan a casa. No lo comenta.
  • Dormilón: Eso de leer, la política, las propuestas…¡pufff!, menudo rollo.
  • Feliz: Sus pensamientos están en otro cosa. básicamente se resumen en: todos son iguales; yo paso; a mi plin…
  • Tímido: Lleva días observando. No sabe qué hacer. Mira lo que hacen los demás, escucha sus comentarios. Le domina el pensamiento ¿y si me equivoco?
  • Mocoso: Se fía de sabio. Lo que vote él eso mismo hará. 

Además ellos en el bosque hay un montón de personajes que se presentan por los diferentes partidos: el lobo, el leñador, Blancanieves, la abuela… 
¿Podrías unir a cada personaje con un candidato/a? ¿Se asemejan los enanitos con las personas de tu entorno?

«Mujeres, hombres y viceversa»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Más que el programa de televisión en sí, que me ha costado verlo, lo que llamó mi atención para escribir este post son los comentarios que la gente que sí que lo ve con asiduidad, hacen del mismo. Mucho de su público lo critica, incluso hay una campaña en las redes para que lo quiten, por machista y no sé que cosas más, pero para hacerlo imagino que lo ven.
Sin duda alguna «Mujeres, hombres y viceversa» es, cuando menos, un sorprendente entretenimiento para el que participar, como público, hay que tener cierto estómago y, para hacerlo como participante, hay que carecer de neuronas o, al menos, demostrarlo.
Aún no tengo muy claro de qué va el asunto, pero por lo que pude deducir hay uno o una de los concursantes que se sienta en una especie de trono y va concertando citas, para ver con cuál de los demás presentes se queda. Se entiende que para entablar una relación lo más movida posible, que después discutirán en el plató, emitirán cortes, se engañarán, criticarán…, y así poder sacar las bajezas más increíbles con las que poder vender el programa.
A ojo de buen cubero, lo que sí que me ha quedado claro es que el casting lo hacen teniendo en cuenta las siguientes variables:
  • Para las chicas: Lo importante son las curvas, pechos, glúteos, labios y pómulos. Los tatuajes parecen puntuar extra.
  • Para los chicos: Lo importante son los bíceps, tríceps, pechos, glúteos, labios y pómulos. Los tatuajes parecen puntuar extra.
Además, en ambos casos, ser escandoloso/a, tener ganas de exhibirse y ser una persona sueltita de tuercas, parecen ser valores a tener en cuenta.

Son mucho los chistes que van pululando por las redes sociales sobre el programa y sus espectadores que, sin duda alguna, son mujeres, hombres y viceversa, aunque de ellos hay quien piensa que viceversa significa bisexual. En fin, cosas de la pluralidad cultural de nuestro país.

«Le pica el chocho»

Foto de mi móvil

Pues sí, para qué voy a engañarles ni andarme por las ramas. Le pica el chocho, y mucho. Lo llevo notando desde hace un rato. Pero claro, dicho así, a lo bestia, parece un poco exagerado. Será mejor que me explique un poco.
Como todos los jueves a media tarde, me siento en la terraza de mi bar favorito. Con toda la tranquilidad del mundo me pido y disfruto de un cortado. A la vez ataco un par de capítulos de la  lectura que tengo entre manos.
Enfrente una rubia imponente y lo que parece ser su pareja, se sientan y piden un par de cervezas a Manolo, el camarero, que mirándome de soslayo me hace unas señas. Interpreto que son para recalcar lo buena que está la guiri.
Pasado un rato, me llama la atención los aspamientos y los movimientos inquietos de la rubia en su asiento. Constantemente  se toca la boca, dice algo a su acompañante y baja la mano por debajo de mi campo de visión, y de su mesa, para luego volverla a subir y nerviosamente darle un buche a la cerveza. Ya no puedo seguir leyendo, así que me dedico a observarla.
En una de esas llama a Manolo, el camarero, que al pasar por mi lado me habla por lo bajini: «Parece que le pica el chocho», dice el tío mientras acude raudo a la llamada de la susodicha, entre risitas y vacilones con el otro camarero.
No oigo la conversación, pero entiendo el calentón de la rubia. Manolo, el muy cabroncete, le ha vuelto a poner picante a los altramuces con los que acompaña las cervezas.

«El vendedor ambulante»

Imagen sacada, sin permiso de San Google
Manuel está sentado en la sala de espera del Ministerio. La funcionaria que lo tiene que atender está respondiendo las consultas de una señora que llegó antes que él. Aburrido las observa. Solo espera que cuando termine sea su turno y que no lo dejen colgado por ser la hora del desayuno. No lo cree. A la empleada pública se la ve concentrada en lo que hace, eso le da confianza.
Pasados unos minutos, un señor, con pinta de funcionario, se acerca por detrás de su compañera. Dirigiéndose a ambos —parece que también conoce a la señora que está siendo atendida— dice algo por lo bajini y acomoda junto a la mesa una bolsa de lo que parecen ser aguacates. Ella abre el monedero y abona una cantidad.
Por fin la señora se pone en pie y comienza a despedirse. Intercambian un par de palabras, entre las que destacan las que le sirven para darle las gracias por la compra realizada. También recoge de la mesa lo que parece una revista de productos de una famosa marca de maquillaje. 
La funcionaria mira a Manuel y antes de hacerle la señal para que pueda acercarse se interpone entre ellos otra funcionaria para dejar y cobrar la rifa de pro-viaje de fin de curso de su hijo.
Con Manuel aún esperando, el de los aguacates vuelve a aparecer, esta vez sin bolsas en las manos, haciendo alarde de haber vendido toda la fruta que había traído. Ahora bajará al garaje a por más. Promete traerles unas naranjas buenísimas la semana que viene.

Manuel se queda aturdido, no sabía de que aquello fuera un mercado.

«Esos asombrosos autobares ambulantes»

Hace tiempo que no voy a una verbena. Sí, a una de esas verbenas de pueblo donde se baila en el centro de la plaza, lo más arrimados posible, intentando pillar cacho. 
Recuerdo con cierta nostalgia esas noches de verano, con las plazas decoradas, con una gran colección de guirnaldas de todos los colores; el gran escenario que lucía un cartel con el nombre del santo o virgen a los que estaban dedicados los fastos; el grupo preparado para empezar la actuación… 
Pero lo que más recuerdo son los autobares, aparcados a los lados, como delimitando la zona de baile de la de relaciones, haciendo su agosto —nunca mejor dicho. Recuerdo los bocatas de pollo, de lomo, los perritos…
Es curioso, ahora que lo pienso, esto de los bares ha ido evolucionando. Ahora del simple bocadillo se han creado caravanas que venden comida fusión, comida invención, japonesa, tailandesa y todo tipo de alimentos acabados en «-esa» y otros. Hasta hay un programa de televisión en el que unos súper cocineros, que son la repera, van por esas carreteras recorriendo la España profunda y la más cercana, para reproducir un plato típico o peculiar de la zona ,que después dan a probar y tal y tal.
Otra cosa curiosa que en estos días he visto, y que es el verdadero motivo de este post, es una nueva  furgoneta que tiene pinta de ir por los pueblos ofreciendo otro tipo de carnes.
La propuesta me parece, cuando menos interesante sobre todo teniendo en cuenta que con esto se demuestra que no está todo inventado y que cada uno se vende como quiere.
Ahora, eso sí, en la próxima verbena a la que vaya, paso de los autobares de bocadillos y me voy directo a está.  A ver si aprendo algo. ¿Te apetece echar un dancing?

Foto sacada de mi móvil. Puerto de la Cruz Octubre 2015.

«Tipos de turismo»

Extraída, sin permiso, de San Google
¿Ya estamos todos incorporados al trabajo? Es es así ya estamos conectados a las redes. Hay un estudio —no recuerdo dónde lo leí— que en resumen viene a decir que es durante la jornada laboral cuando más se visitan y leen las redes sociales. Ahora que hemos vuelto de vacaciones esto se nota. 
Los compañeros del curro cuentan sus vacaciones, cuelgan fotos, comentan… Las hay de todo tipo y con mucho tipo de finalidades:
1.- Turismo para relajarse: Hotel todo incluido, spa, piscina infinita… Lo que significa  ganar un par de kilos —mínimo— y salir con dolores de espalda por culpa de la hamaca o el colchón de la habitación.
2.- Turismo de montaña: Caminar y caminar viendo cataratas, hasta reventarse los dedos de los pies, otra catarata, por esos mundos perdidos, otra catarata, haciendo o deshaciendo el Camino, tragando polvo, sufriendo… Al final terminas hasta los mismísimos de tanta catarata.
3.- Turismo por capitales europeas: siete días a tope visitando museos, pinacotecas, como en España no se como en ningún lado, fíjate que raro conducen… y terminando más cansado que un mes en el trabajo, con lo cual a la vuelta pretendes no dar ni golpe.
4.- Turismo sexual: Fiestas exóticas, con chicos o chicas o ambos, exóticamente vestidos, de otras nacionalidades, de otras razas, de otros gustos… Hay para todo.
5.- Turismo médico: Ir a ponerte unas tetas, quitarte unos kilos, un marcapasos, una prótesis…
Pero la bomba, el no va más, es lo que nos acabamos de estrenar:
6.- TURISMO ACADÉMICO: como en mi Comunidad de origen, que por cierto habla otra lengua co-oficial del estado, la cual he suspendido, y por lo tanto no puedo conseguir el título de Bachiller, me piro pá Canarias unos días —debe ser porque nos ven con cara de gilipollas— e intento matricularme en segundo de Bachillerato. Como esa lengua materna no se imparte, en teoría, debería poder solicitar mi título —«¡mandagüebosquelistoelpollo!»—, pagar las tasas y esperar. «Pos no bonito. Gilipollas sí, pero `tontosdelculo´ no».
¿Qué te parece? ¿Qué turismo extraño has visto, te has enterado, o has hecho?
Gracias por leerme.

PD: Al «¡mandagüebosquelistoelpollo!» se le denegó el título al no cursar sus estudios de segundo de Bachillerato en Canarias.

«Cerrado por vacaciones»

Extraída, sin permiso, de San Google

Calculo que estaremos a unos 30.º centígrados. La falta de aire, la escasez de nubes en el cielo y el asfixiante calor hace que muchas personas, y otros seres humanos y/o de compañía, los que no se han ido de viaje, estén en la playa, en la sombra, en el sofá, en la piscina…, relajando sus sudorosos y cansados cuerpos. 
Por mi parte, aunque ya me he enfundado las bermudas y las chanclas, por aquí ando, a medio gas. Lo cierto es que llevo tiempo en «modo semi-vacaciones» lo que me hace ir aflojando, poco a poco, el ritmo en muchas de mis actividades. Así que, como estoy parado y acodado en esta esquina, viendo pasar a muy poca gente, o eso al menos me dice el chivato de las estadísticas de visitas de este blog, he decidido tomarme, y darte, un respiro. 
¡ME PIRO, VAMPIRO! 
Saco el cartel y lo cuelgo en la farola, por aquello de avisar a los y las despistadas.
Pasa unas felices vacaciones y espero que nos veamos a tu vuelta. 
¡¡¡FELIZ VERANO!!!