«¿Tomamos un café?»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Un grupo numeroso de
personas se sienta en un bar y empiezan a pedir, entre otras cosas,
cafés. La camarera, armada con una preciosa sonrisa, comienza a
atenderlos:
‬—Cortado.
—Solo.
—Solo
largo.
Su mirada va pasando, de manera relajada, pero atenta, de
uno en uno de los presentes.
—Solo
con hielo.
—Cortado
con leche desnatada.
—El
mío con leche de soja.
—Cortado
tibio.
La sonrisa empieza a cambiar de ángulo a la vez que la de
los clientes aumenta escuchando tanta variedad. Ellos siguen
pidiendo
—Café largo
con hielo.
—Cortado
con leche condensada. 
—Cortado
con leche fría.
—Cortado
con sacarina.
—Café
con leche.
Una vez terminada la ronda, la ahora circunspecta
camarera, pregunta:
—¿Falta
alguién? —Al estar
segura de que no, se marcha, sin esperar la respuesta.
Todos ríen
y comentan lo que acaba de ocurrir. Una de las presentes hace caer en
cuanta al grupo de que la chica no había tomado ni una sola nota.
Todos vuelven a reir. Como conclusión estiman de que es imposible de
que se acuerde de todo.
La camarera regresa con una bandeja.
—Les
dejo la cafetera en el centro, las tazas, los vasos, los distintos
tipos de leche y azúcares. ¡Ánimo! no es tan difícil!
¿Te
identificas con este grupo? ¿qué te parece la reacción de la
camarera? ¿Cómo hubieras actuado tú?

«En un tiempo muerto»

Clase de natación
Una vez mas escribo mientras espero a que las actividades extraescolares de mis hijos terminan. Sin duda es una buena manera de pasar el tiempo y aprovechar para que las ideas que, a veces, se agolpan en mi mente cojan forma y dejen de castañearme en la cabeza.
En esta ocasión la inspiración viene en forma de monitor de natación de niños pequeños. Me río al oír los gritos que les da a esos pequeños afortunados, con el agua hasta el cuello, para que le hagan caso y muevan los brazos, o pataleen fuerte sus pequeñas piernas, o para que estiren sus delicados cuellos y así poder sacar sus bocas abiertas fuera del agua, alejando el peligro de ahogamiento. 
Mas gracia me hacen las madres y padres que, sentados en las gradas, ansiosos, se comen las uñas al sentir como propio el sufrimiento de sus pequeños solicitándoles ayuda y salvación ante el imponente ser acuático que les ordena, recrimina y premia con voz tan potente. Algún osado progenitor, se atreve a emitir algún grito, con consejos protectores para sus descendientes. El monitor, ahora trasformado en ogro, les atraviesa los ojos y les manda a callar convidándolos a que le dejen hacer su trabajo o a que abandonen el espectáculo si no pueden soportar unos pocos llantos.
No me extraña que estos niños aprendan a nadar. Yo también lo haría ante tremendo Poseidón reinando estas aguas, entre gritos y alaridos, obligando a realizar todos esos movimientos, a la vez que limpia mocos, seca lágrimas, ahuyenta a familiares e intenta, no solo que no se le ahogue ninguno de sus pupilos, sino que además, aprendan a nadar y así disminuir las posibilidades de que jamás se ahoguen por no saber hacerlo. 
Si el nadar fuera letra y el agua sangre, se haría realidad el famoso dicho educativo»con sangra la letra entra». Animo chicos, ya queda menos para que esta clase de sufrimiento termine.
Como decía, mientras miro, yo aprovecho el tiempo escribiendo, no vaya a ser que ante tanto ruido me de por meterme en el agua, que por falta de ganas no será. 
Y tu, ¿cómo aprendiste a nadar? ¿Que haces en tus tiempos muertos?  ¿Has sido uno de esos padres/madres que soporta estoicamente los llantos de tus pequeños sentados en el borde de la piscina, o con el agua hasta el cuello? ¿Alguna anécdota que contar de las clases de natación?

«Señales de humo»

Extraído, sin permiso, de San Google
La
quema de hogueras de la noche de San Juan pretende ser el ritual con
el que acercar todo lo bueno a nuestra vida, y ahuyentar todo lo malo, en forma de
humo, al cielo, y de ahí al más allá.
Quizás
motivado por ese olor a quemado tan característico que perdura en el
ambiente, incluso un par de días después, o por lo quemada que está
mi calenturienta mente, de camino a casa me veo sorprendido por la
cantidad de humos que respiramos durante el día y que se
entremezclan con el olor a tea chamuscada.
Me
resulta asqueroso el olor a cigarro, emitido por los diferentes
corrillos que se forman a la entrada del trabajo, y que avanza
escaleras arriba impregnando ascensores, salas, despachos, ropas y
personas.
Es de
agradecer que la refinería está en parada técnica y no emita gases
pestilentes. El aire que se respira es más agradable, mas limpio,
menos pesado.
Muchos
de los coches que van por la autopista parecen no haber superado la
ITV, pero aún así circulan, expulsando el negro elemento en una
mezcla de estado casi «sólidolíquidogaseoso»
generando una especie de bruma oscura que se junta con… ¡horror!
¡Sale humo de la chimenea del tanatorio! Menos mal que suelo
circular con las ventanas cerradas, porque como esos vapores penetren
en el interior del coche, el chamuscado propietario se queda sin ir ni al cielo, ni al más allá.

¿Qué
humareda es la que más te molesta? ¿Tienes alguna historia que contar que tenga el humo como protagonista?

«A partir de un tuit»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Respóndeme con sinceridad: ¿Cuánto tiempo hace que no escribes una carta? Sí, me refiero a una carta de verdad, de esas que narran una bonita historia, una lista de buenos deseos o transmiten la búsqueda de un sueño que no sabes si llegará o no. Sí, insisto, me refiero a una de esas cartas. 
Si te digo la verdad yo hace mucho que no lo hacía, sobre todo desde la llegada de las redes sociales, a las que cada día me hago más asiduo.
Sin ir más lejos, ayer miércoles publiqué un pensamiento en mi cuenta de twiter (@gcabmoy): «Hoy es un buen día para tomar una decisión en torno a tu destino». Estaba asociado a un hashtag (#minuevahistoria), que provocó cierto revuelo momentáneo e inminente, cosa que no ocurría con las cartas que antaño enviaba. Por ponerte un ejemplo, alguien, de manera muy exagerada, llegó a calificar el citado tuit o «tweet» de, cuando menos intrigante. Una amiga me llamó asustada para enterarse de qué me ocurría. Y es que hay personas con la mente muy calenturienta.
Bueno, pues el hecho es que tenía que tomar una decisión en torno a qué hacer con mi nueva historia/libro/cuento/comoquierasllamarlo, que ya ha dormido lo suficiente. Ahora tiene que moverse.
Me debatía entre intentar publicar (en editorial o a nivel personal) o dar el salto y presentarlo a uno de esos dificilísimos concursos, a los que se presentan cientos de personas —o miles—, con los mismos delirios de grandeza que yo, o con la misma seguridad de que han escrito una buena historia, que bien se merece ese premio, esa cantidad de dinero y esa estatuilla. Sin duda es así.

Así que la decisión está tomada. mi nueva historia/libro/cuento/comoquierasllamarlo, de la que aún no te voy a contar nada —ni el título— está ya fotocopiada por triplicado y preparada para ser enviada, por carta, a su destino. Sí, en una carta de las de verdad. De las que en su interior, tal y como decía al principio, esconde lo que yo creo que es una bonita historia, una lista de buenos deseos…, la búsqueda de un sueño que no sé si llegará o no. El tiempo lo dirá y yo te lo contaré.

«Aquel viejo cuadro»

Extraída, sin permiso, de San Google
¿Has estado alguna vez delante de uno de esos retratos en los que el protagonista, te muevas a donde te muevas, parece seguirte con los ojos? Hoy, durante el ratito del desayuno, tuve esa sensación.
Estábamos sentados, casi en la mesa de siempre, hablando y bromeando, un poco como lo hacemos todos los días, de manera vivaracha, con una de las camareras del bar de todos los días,. Ella estaba cantando una canción, a colación de una frase que dijo uno de mis compañeros, cuando me fijo en la señora que estaba sentada, enfrentada a mí, en la mesa contigua. Tenía los ojos clavados en la espontánea cantante. Su boca enmarcada en una gran sonrisa y sus labios se movían, reproduciendo la canción, al ritmo de la música. Estaba tan entretenida que no se percató de que yo la miraba.
Mi compañero intervino con una de sus ocurrentes frases. Todos reímos. Ella también.  En aquel momento parecía una más el grupo. Había olvidado, del todo, el motivo por el que estaba sentada en aquella mesa. Su desayuno se enfriaba.
La camarera dio su réplica. La señora rió nuevamente con todos. Parecía que formaba parte de la conversación. 
Así estuvo los pocos minutos que duró el espectáculo, sin perder detalle de lo que decíamos o hacíamos, hasta que su acompañante la devolvió a su realidad y, la felicidad momentánea que parecía revivir con nuestra forma de ser, cambió para retomar su vida.
La seguí observando un rato. La sonrisa de sus labios se apagó. El brillo de sus ojos se fue. Las canas de su pelo se volvieron más tristes. Sus arrugas parecían desentonar con el ritmo de la anterior música. De inmediato volvió a convertirse en el olvidado y viejo cuadro  que te sigue con la mirada.

«De cacería»

Foto de Sofía Calero
Desde lo alto de la ladera se ve, con total claridad, el fondo del río. La quietud del agua hace que mi atención se centre en una mancha oscura cerca de la orilla.
Sin duda, por la silueta que se vislumbra tengo, la certeza de que se trata de un cocodrilo. 
Su posición me llama la atención. Sus ojos parecen estar clavados en un punto fijo situado justo enfrente. Lo tengo claro, está atento al movimiento que realizan los seres vivos que pasan, ajenos a su presencia, justo por delante de sus fauces. Está de cacería. 
Algo pasa por delante de él a gran velocidad. ¡Plaf! Cazado. 

Ya sé lo que pasa. El color oscuro, la falta de siesta y mi perturbada imaginación, me han hecho confundir el coche, malencarado y semioculto, que está al otro lado de la autopista, y que puedo vigilar desde mi casa, con un cocodrilo. De todas formas, ahora que lo pienso, estos radares de la Benemérita, se asemejan mucho a los mencionados reptiles.

«Utilizando el lenguaje corporal»

Extraída, sin permiso, de San Google
El doble clic
sobre el botón derecho del ratón de nuestro ordenador nos posibilita el
despliegue del menú contextual y por lo tanto, el acceso a una serie de
funciones muy utilizadas (copiar, pegar, cortar…). ¿Qué ocurre cuando ese doble clic ―triple para ser exactos― se
hace sobre la espalda? ¿Sabes a qué me refiero?
Tras subir las escaleras en una
animada conversación, me arrimo a un lado, en un acto que pretende ser un gesto
de buena educación, para permitir a mi acompañante cruzar primero el umbral de
la puerta. Él se detiene y, con igual pretensión de buena conducta, me otorga
tres palmaditas  ―cortas y rápidas, que también
abren un lenguaje contextual― para indicarme que debo pasar yo primero.
Continuamos nuestro avance y justo
en el momento de despedirse, vuelve a realizar el mismo gesto ofreciendo a mi
espalda las mismas tres palmaditas ―¡vaya!
Coincidimos en una reunión. Me deja
entrar, con los tres mismos golpitos. Mi espacio vital se arruga. Sin duda este
hombre tiene la cualidad ―que me pone nervioso―, de dar la misma cantidad de
manotazos, siempre en el mismo sitio, con la misma intensidad ―poca― y con el
mismo resultado.
Por esas cosas del destino, al rato,
coincidimos en el cuarto de baño. Otra vez me deja pasar. Otra vez las palmaditas.
Vamos a lavarnos las manos e intenta, dejarme a mi  primero, pero no ―esta vez no lo dejo―, me
aparto de su mano y me alejo.
―Tu primero anda ―y le aflojo tres
palmaditas en la espalda.
¿Qué opinas de esa costumbre tan extendida? ¿Eres receptor o emisor de
palmaditas? Cuando invaden tu espacio, ¿qué menú contextual despliegas? ¿Te
lavas las manos antes de salir del baño? ―no es que esto último me importe, o
tenga algo que ver, pero lo pregunto por romper el hielo y empujarte a
participar. 
Gracias por leerme.

«De vuelta al arte moderno»

De la página oficial de ARCO 2015
Hace ya algo algo más de tres años, en un post titulado «Lo llaman arte moderno», admitía mi desconocimiento de lo que es el arte moderno y de qué cosas deben tener el honor de considerarse como tales.
Este año, con el fin de intentar mejorar mis conocimientos sobre el tema, he decidido ir a «golisniar» —tal y como hacía en el citado post, aquí les dejo otro canarismo, para los que me leen del otro lado del charco. Este significa curiosear, husmear…—, por tal magno evento y dejarme embaucar por el impresionante derroche de creatividad que demuestran no solo los artistas que exponen sus obras, sino también los miembros del comité organizador, las personas de la prensa destacadas para cubrir el evento, o las coleccionistas.
Caminando entre los inmensos pasillos se pueden ver infinidad de figuras y objetos que llaman mi atención: carretillas con hierros y hojas de mármol; un montón de tubos de cobre, enlazados unos a otros con finos juncos; cuatro fotografías, de una señora muy fea, en papel baritado —esto no es un canarismo, así que lo buscas en el diccionario—; la concha de una ostra con una pequeña bola de acero en su interior, simulando una perla; una montaña de tiras de papel, probablemente sacadas de la trituradora de la oficina de algún partido político, por aquello de no dejar rastro; cinco tambores… y un montón de cosas más que no sé ni lo que son.

En fin, que yo lo he intentado, pero a mi todo este rollo no logro entenderlo y, para calmo, casi me «arrojo» todo —otro canarismo, por aquello de completar la clase de hoy, que significa expulsar por la boca el contenido del estómago— cuando intenté beberme medio vaso de agua, que alguien había dejado sobre una estantería, y me detuvo un comisario de la exposición para hacerme entender que aquello era arte y que se había vendido por 20.000 euros. ¡Y yo con la sed que tengo!, miedo me da pedir una cerveza.

«Tras la mirilla»

Extraída, sin permiso, de San Google
Caminaba por la calle. El paso con ritmo que ahora llevaba, había sustituido al que mantenía, más relajado, unos pocos metros atrás.
Hacía unos instantes, justo antes de reanudar la marcha, tras mirar el escaparte de una tienda de ropa, algo, una silueta, había llamado su atención. Él sentía que lo observaba.
Tras doblar la esquina, aprovechó la presencia de un reluciente espejo de una furgoneta, que estaba aparcada, para escrutar lo que se movía por su espalda. No paró, así que no vio nada claro, aunque la sensación, esa que tanto había visto en las películas, de sentirse observado y perseguido, se repitió.
Al llegar a su portal, entró y cerró la puerta tras de sí. Como siempre subió los escalones de dos en dos. Al llegar al rellano del primer piso escuchó, con toda claridad, como la puerta de la calle se había abierto, el ruido que hacían los engranajes era peculiar y de todos modos reconocible. Aceleró el ritmo hasta encontrarse en el interior de su casa. Dio las dos vueltas de llave que la cerradura le permitía, y colocó la cadena que colgaba tras la puerta, en un intento de aumentar su seguridad. 
Paró de respirar. No quería mirar por la mirilla, pero se quedó unos instantes con el oído pegado. Podía notar como alguien subía las escaleras. Su corazón comenzó a acelerarse, aún más, hasta que se dio cuenta de que era la vecina de la puerta de al lado. Resopló aliviado.
Tras negar con su cabeza y afirmar, en voz alta, su propia estupidez y paranoia, se dio la vuelta. La presencia le atacó sin aviso. Era su propia conciencia la que le perseguía.

«Un gaznápiro en el guasap»

Extraída, sin permiso, de San Google
Imagino que, como yo, usas «guasap» y formas parte de, al menos, algún grupo. Los hay de todos los gustos y temáticas: del trabajo, de los que juegan a pádel, de los del gimnasio, de los compañeros de la Universidad… Unos y otros tienen temas, mensajes en común y hasta las características de muchos de sus miembros, y miembras, son bastante parecidas.
En todos ellos suele sobrevivir —en algunos no— el gaznápiro, o gaznápira, cuya condición y labor fundamental en el grupo es molestar. Él, o ella, en su condición de persona tonta, no se ha dado cuenta de que está ahí sin que los demás quieran que esté. Pero se mantiene, embobado.
Su sentimiento de pertenencia al grupo está bastante trastocado. Se siente incómodo perteneciendo a ese selecto club, pero no tiene la madurez, ni la osadía suficiente como para abandonarlo por decisión propia, ya que su objetivo principal es hacerse notar, aunque para ello tenga que dinamitar todo aquello que se comenta, propone o planifica.
Este personaje se cree poseedor de la verdad e intenta mantener su estatus de antiguo líder o activo participante, aún a sabiendas, de que ya no lo es y de que, además, cuando no comenta nada o no asiste a las reuniones convocadas, el resto agradece su no presencia.
Con tal de conseguir su objetivo, molestar, es capaz de mantener intrincadas discusiones, sobre temáticas distintas, con varias personas a la vez y, con el fin de no saberse derrotado, todas las termina con alguna ocurrencia difícil de superar, para así callar al contrario y poder quedar por encima de los demás.
El gaznápiro, o gaznápira, es persistente y audaz, pero jamás reconocerá que este post está dedicado a su persona, ya que no se siente aludido ante tanta discreción. 

Y aquí lo dejo, que ya es tarde, y tengo que revisar mis chats, no vaya a ser que ese tonto sea yo mismo.