«¿Para qué sirven las aceras?»

Extraída, sin permiso, de San Google
Siempre he
entendido que las aceras son esos espacios colocados en los laterales de las calles que, al estar más elevados
que la calzada por la que circulan los coches, sirven de protección para el
paso de peatones.
       Si
vas en una dirección, o a la búsqueda de ella, caminas con mayor o menor
celeridad, sabedor de que estás seguro siguiendo el camino marcado.
Normalmente, cuando en la
acera opuesta ves a una persona conocida, cruzas, con cuidado y por el lugar
adecuado, para saludarla e intercambiar alguna que otra palabra o historia.
El cambio de acera también
se utiliza para indicar las tendencias sexuales de una persona que decide
cambiar su orientación hacia personas de su propio sexo.
Todo esto es muy conocido y
hablado, pero ¿qué me dices de las personas que yendo por su acera, la misma
que tú o la contraria, aprovechan la situación, aunque haya una corta distancia,
para apenas levantar la mano, aún pretendiéndose amigas tuyas, o cambiar de
lado, o intentar disimular como si no te hubieran visto, o entrar en un local
para no tener que hablarte, o hacer que están de charla por el móvil, o
aumentar el ritmo de los pasos, o ralentizarlos para no llegar a tú altura…?

      Como
vemos, por lo visto, las aceras también sirven para proteger a las personas, de
personas maleducadas, pero yo, como no lo soy, aún notando su indiferencia y su
no querer hablar conmigo, saludo con entusiasmo, para darles por los morros,
pero sigo por mi acera, con paso firme y orgullo bien alto, aprovechando la
seguridad que otorga.

«Un cortado inacabado»

Imagen extraída, sin permiso, de San google

Cada tarde salía de su casa a la misma hora, para ir al mismo sitio, para seguir la misma rutina. Cada tarde, antes de cumplir con su ritual, revisaba sus correos electrónicos, sus «sms» y sus «guasaps». Deseaba encontrar uno en el que la citara para tomar ese cortado que hacía tiempo se adeudaban, y así poder terminar, o quizás empezar, la conversación que tenían pendiente desde hacía ya mucho tiempo. 
Muchas eran las preguntas, los comentarios y las consultas que se habían hecho, muchos los intentos fallidos de reunirse, en los que siempre surgía un problema, una dificultad, que así lo impedía.
Para ser fiel a su falsa cita, Estrella, cumplió con su ceremonial. Sin ninguna esperanza de encontrarlo acudió al bar, donde se habían reunido la última vez, y dejó pasar el rato.
Para su sorpresa el móvil timbró. El mensaje era corto: «¿Porqué no me saludas?». Miró a su alrededor y, justo en la mesa que estaba detrás, descubrió aquellos ojos, agarrados a una gran sonrisa y clavados en su ensortijado pelo. Había pasado por su lado sin verlo, sin saludarlo. Los colores enrojecieron su rostro. Los nervios se apoderaron de su pierna.
Ambos se levantaron, para darse un par de besos cordiales que bien pudieron ser el inicio de una bonita tarde, pero a ella le sonó el teléfono para avisarla de que tenía que marcharse. Prometieron quedar, avisarse otro día, concretar una cita…
A día de hoy, lo único que Estrella tiene claro es que hay historias que, girando en torno a un cortado, tardan tiempo en resolverse.

«Las funciones de unos y otros»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Hace un mes
salió publicado en el Boletín Oficial de Canarias (si estás interesado/a puedes
verlo aquí)
el anuncio por el que se convoca la apertura del procedimiento para el
suministro de uniformes para el personal que realiza las funciones de: Conductor,
Subalterno, Ordenanza, Vigilante, Telefonista, Portero y Conserje.
A priori, desde mi ignorante punto
de vista, casi todas esas funciones parecen ser similares, así que me he puesto
a investigar un poco.
La categoría de conductor parece
clara y distinta, pero ¿hay tantas diferencias entre las otras? Según el
Diccionario de la Real
Academia de la lengua Española:
Subalterno, En los centros oficiales, empleado de categoría
inferior afecto a servicios que no requieren aptitudes técnicas.
Ordenanza, Empleado que en ciertas oficinas desempeña
funciones subalternas.
Vigilante, Persona encargada de velar por algo.
Telefonista, Persona que se ocupa en el servicio de los
aparatos telefónicos.
Portero Funcionario subalterno encargado de la
vigilancia, limpieza, servicios auxiliares, etc., en oficinas públicas.
Conserje. Persona que tiene a su cuidado la custodia,
limpieza y llaves de un edificio o establecimiento público.
Ahora
entiendo porqué, a la entrada de las Consejerías, Ministerios, Direcciones
Generales, Cabildos, Ayuntamientos…, hay tanta gente. Cada uno tiene su
función. Por cierto, la limpieza y la seguridad la hace una empresa externa.

«En una noche de estrellas»

Extraída, sin permiso, de San Google
Existen muchas personas que, como yo, aprovechan las noches despejadas para admirar las estrellas. Lo hago desde siempre, desde mis primeras acampadas, en las que imaginaba pequeños cuentos y grandes fantasías. 
A veces las admiro acostado sobre el frío suelo, o cómodamente sentado. Otras disfruto acodado sobre la barandilla del balcón, pero todas con mi imaginación volando a lo qué hay más allá.
Las estrellas pueden ser muchas cosas, a parte de lo puramente material o gaseoso. Para muchos son recuerdos de amigos, o de  familiares que ya no están entre nosotros, pero que, desde allá arriba, nos apoyan e iluminan. Hay otras estrellas que son recuerdos de noches mágicas y sin fin, de aventuras vividas tras un concierto o de un baño nocturno en una playa… Las hay que, al mirarlas, evocan amores pasados, terminados trágicamente o con el más sincero de los besos, que nunca debieron o no se han concluido del todo.
A parte de todo ello, para mí, las estrellas también son sueños. Unos ya cumplidos y otras grandes pensamientos oníricos que nunca llegaran a presentarse.
Cuando leas estas líneas estaré lejos, tocando una de esas estrellas porque, al menos en esta ocasión, parece que uno de mis sueños puede hacerse realidad.
Deséame suerte, que en mí queda la voluntad y ganas de disfrutarlo.
A mi vuelta te lo cuento.

«Entre giros anda la cosa»

La vida da
vueltas y giros, a veces de manera inesperada. 

En el anterior post, le daba molinete
a la organización familiar, en relación con las actividades extraescolares de
los niños. En ese tira y afloja, de horas y actividades, una de las que hubo
que sacrificar, en post de las de los churumbeles, fue mi hora de gimnasio.
Vale que no se me nota mucho, pero te aseguro que iba, y además muy
disciplinado.

            
Como no me podía quedar así, parado,
ya conoces de mi hiperactividad, he decidido buscar una alternativa que pueda
cuadrar con los milimetrados horarios. ¿Te acuerdas cuando fui a probar el «spinning»? Pues ahí que vuelvo, además
de cornudo apaleado, con mis pantaloncitos prietos con pañal incorporado ―por aquello del roce entre las partes nobles y las
durezas del sillín―, molesto con la música estridente que coloca el monitor ―al
que, por cierto, tampoco se le nota mucho que va al gimnasio― y con la falta de
costumbre de ir a un sitio tan cerrado y con tanta gente, pero animado. 
Así que,
ahora toca seguir girando, como las ruedas de mi bici.

«La encantadora de serpientes»

Extraída, sin permiso, de San Google
Quizás es por el
tópico, pero me la imaginaba algo distinta. No llevaba turbante, ni camisola
estrafalaria, ni pantalones bombachos. En sus pies tampoco lucía zapatillas
puntiagudas, ni cargaba en sus manos una aparente pesada cesta de mimbre. Por
el contrario y, como digo, lejos de la parafernalia típica de los de su
realengo, vestía con ropa de marca y de manera conjuntada. Accesorios
incluidos.
Cuando caminaba, todos los que estaban
a su alrededor, aunque estuvieran alejados varios metros a la redonda, se
quedaban atrapados entre el movimiento de su pelo y el contoneo de sus caderas.
El aroma, suave y delicado, que dejaba a su paso, era fruto de una
estudiada dosificación de su perfume, que su cuerpo permitía bombear al
ambiente, formando un halo a su alrededor.
Por último, cuando dirigía su mirada a algún transeúnte, daba igual el
sexo o condición, este se quedaba pasmado, absorto entre la fuerza de su mirada
y la dulzura de su tono de voz. Y es que hay personas que solo se fijan en el
exterior, sin profundizar, dejándose engatusar por los ojos, la música, el
físico… Pobres ofidios humanos.

«Un moderno aparcacoches»

Extraída, sin permiso, de San Google
En estas vacaciones, entre otras cosas, hemos podido disfrutar del avance de la tecnología para aparcar coches. ¿Cuántas veces hemos intentado aparcar nuestro vehículo entre esas dos columnas que, las muy jodidas, cuando crees que ya las tienes cuadradas y das marcha atrás, se mueven, como si tuvieran vida propia, y te aboyan el lateral. ¿Cuántas veces intentas salir del interior de tu coche y ¡zas!, zurriagazo con la puerta al que está a tu lado? ¿Cuántas veces llegas cargado con la compra y descubres una nueva marca, rayón o bollo, que cuando lo dejaste no tenías? No se tu, pero mi coche esta redondo.
La buena noticia es que, por lo menos en el parking del Puerto de Vigo, este sufrimiento se acabo. O eso dicen. 
Los muy modernos han instalado un aparcamiento inteligente, por lo que no tienes que preocuparte de encontrar sitio, ni de las ralladuras, ni de los golpes… sólo de seguir las instrucciones, que por cierto parecen estar ideadas por los mismos que editan las de la empresa sueca de muebles.
El principio es como cualquier parking: entras, coges tu ticket y…, —llega la primera sorpresa, al menos para mi, que no sabía a lo que me enfrentaba— ¡no hay ni un solo coche! Por mucha vuelta que di, nada, sólo unas puertas de cristal, como de ascensor pero con grandes números. Mosqueado sin saber qué hacer, me detuve para intentar comprender, por ósmosis, cómo debía proceder. Por suerte, un agente de seguridad, al ver mi cara —seguro no era el primero en ponerla— se personó para ayudarme:
—Buenos días, ¿es la primera vez? —no esperó mi respuesta, estaba claro—. Sitúese frente a una de las puertas y siga las instrucciones.
Elegí la siete, por ser la más próxima. Coloqué el coche entre las marcas y aquello empezó a hablar:
—introduzca el ticket.
Al hacerlo la puerta de cristal que tenía enfrente se abrió.
—Avance unos metros y sitúe el vehículo según las indicaciones.
En la pared interior del habitáculo, en que me proponían meter el coche, había una pantalla con una flecha verde que indicaba que avanzara.
Al comenzar la flecha se volvió un poco a la derecha, y para allí que fui. Después a la izquierda, y entonces giré el volante. Ahora hacia atrás, me había pasado de la raya así que a corregir. Para detrás, para delante, para la izquierda para la… ¡Ya! —quieto parado— Apareció un OK.
—Ponga el freno de mano, recoja sus pertenencias, cierre el vehículo y abandone el cajón —¡uf!, estas son muchas órdenes seguidas. Creo que no las escuché todas.
Al salir la puerta se cerró. Como un pasmarote me quede mirando. Pero algo pasa ya que la máquina me llamo la atención.
—Vehículo mal colocado —lo dijo con retintín. solo le faltó añadir: ¡totufo!— por favor asegurarse de tener los espejos retrovisores cerrados.
¡Mecachis! Eso no me lo había dicho, ¿o si?
Tras diez minutos de operación para aparcar, y una vez corregido el pequeño error, la puerta se cierra y en un abracadabra, el coche desaparece.
—¡Jo, genial! Giro para marcharme y tras dos pasos reflexiono. ¿Cuándo vuelva como recojo el coche?
De nuevo, el amable agente de seguridad, sonrisa en ristre, sabedor de que los novatos en aquellas lides necesitamos un poco más de ayuda, me extiende su mano con el ticket —que ya el cacharro aquel había regurgitado sin yo haberme enterado—, y con ese acentillo tan característico de los gallegos, comienza sus explicaciones:
—Guárdelo en lugar seguro. A la vuelta va a aquella oficina. Paga y le dirán en que puerta debe recogerlo.
Y así fue. Horas más tarde regrese con mi tarjeta en la mano. Tras abonar el importe me dirigí a las puertas 13-15, por una de ellas saldría mi coche, pese a que yo lo dejé en la siete —pero qué lista la máquina oiga—. En las pantallas exteriores se podía leer la matrícula y la palabra «preparando». Pasados unos minutos allí estaba mi coche. Tranquilo, sonriendo, como lo hace un niño pequeño cuando lo recoges en la guardería, deseoso de estar entre tus brazos, tras el abandono temporal al que ha sido objeto.
La idea es fantástica. Seguro que se gana en espacio, porque en tiempo, como les toqué muchos como yo, lo dudo. Sólo espero que la próxima vez la ciencia avance un poco más, para que ya me lo entreguen limpio, aspirado y los roces reparados.

«¡¡¡Fuego, fuego!!!»

Extraída, sin permiso,  de San Google
Menos
mal que aquello era solo un simulacro, sino, algo hubiera pasado,
¡seguro! Dias atrás nos habían avisado.
En
un principio aquella reunión, organizada por planta y para todo el
personal que la ocupa, consistía, o al menos eso imaginé yo, en una
actividad preparatoria, al estilo de las azafatas de los aviones, en
la que se nos indicarían las distintas salidas de emergencia, cuál
es la que nos toca, según la ubicación de nuestro puesto de
trabajo… No fue así.
Treinta
minutos sentados para repetir, hasta la saciedad, lo importante que
es mantener la calma, que no ocurre nada, que hay tiempo suficiente
para abandonar el edificio y que no cojamos los ascensores. No nos
ensañaron ningún plano o plan de evacuación, solo que bajáramos
pegados a la pared y abandonáramos el edificio para concentrarnos en
la plaza. Además, como nota aclaratoria y conclusión del evento fue
que tal día, a tal hora, sonaría la alarma.
Así
que, una vez llegado el día D, bromeábamos con lo que ocurriría a
la hora H.
Llegado
el momento, la alarma sonó como con falta de pilas, tímida y
temerosa, apenas audible. Los encargados de la evacuación de cada
planta tuvieron que subir sus propios chalecos reflectantes de su
vehículo particular. La gente comenzó a bajar, a tropel, las
escaleras, sin respetar ni el lado de la pared ni al prójimo que iba
delante. Alguna se quedó encerrada en el ascensor. Las que nunca
usan las escaleras, aún trabajando en la primera planta, protestaban
sobre la incomodidad que aquello les ocasionaba… Los más listos se
reunieron en el bar, que ya puestos a pasar el trance, por lo menos
hacerlo con el estómago lleno. Y es que los funcionarios, son
funcionarios hasta para salvar la vida.

Así
que, el día que la evacuación sea de verdad, o sin avisar, no
quiero ni imaginar lo que ocurrirá. Pero no te preocupes, te lo
contaré, que seguro que tendrá miga, pero desde el bar, que es más divertido.

«La sorprendente historia de mi Tortuga Ninja»

Imagen tomada prestada, sin permiso, de San Google

Hay personajes de ciencia ficción, cómic o dibujos animados que son conocidos por todos. Las Tortugas Ninjas son un buen ejemplo de ello.

Como estoy seguro que recordarás, se trata de cuatro adolescentes tortugas que han sufrido una importante mutación gracias a la cual poseen inteligencia, posibilidad de habla así como poderosos poderes, conseguidos con esfuerzo y entrenamiento, que utilizan para luchar contra en mal.
Sus nombres fueron escogidos en honor a cuatro de los grandes pintores del renacimiento italiano:  Leonardo, Raphael, Donatello y Michelangelo.
Para no andarme por las ramas, te comentaré que en casa tenemos una de esas.  No se cuál.
Hace ya unos años que criamos, como lo hacen muchas familias con niños o niñas pequeños, dos pequeñas tortugas. Aún comiendo lo mismo, viviendo en el mismo espacio y cogiendo la misma cantidad de sol, una de ellas ha evolucionado de manera notable.
No sólo es más grande, sino que además resulta más inteligente. Tiene la costumbre de subirse a la espalda de su compañera. En un primer momento pensábamos que era para mejorar sus relaciones íntimas. Pero no, ella estira que se estira su cuerpo hasta que ¡pluf!, logra salirse del tortugario. Si esto lo hace una vez, e intenta poner pies en polvorosa, nada más poner una pata en el suelo, piensas que es una simpática casualidad. Sí ves como «la tía» busca la manera de subirse sobre la otra para lograr su objetivo de fuga, ya hablamos de algo sorprendente. Cuando la recoges una tercera vez y esta vez está escondida tras una mata, ya te mosqueas y empiezas a sospechar. Pero cuando en menos de dos semanas se repite la operación por cuarta vez, y logra su objetivo de huida, ya no cabe la menor duda: ¡hemos criado a una de esas poderosas criaturas!
Así que esta claro, en este reparto de personajes, me toca ser la vieja rata maestro de ninjitsu. A partir de ahora llámame Splinter.
Por cierto, ¿cómo se dice en lenguaje tortuguil: Porfa, vuelve a casa?

«Carta abierta a una luchadora»

(Extraída, sin permiso, de San Google)
Siempre
veía la luz al final del túnel. Ella, en si misma, con su ilusión,
su simpatía, su carisma y sus ganas de querer, era el potente faro
que alumbraba el camino de sus amigos. 
Pero la vida, la de cada uno,
y las circunstancias que nos rodean, la han llevado a saborear la
amargura, la tristeza y el desamor.
Desde
la distancia solo podemos ofrecerte nuestro cariño, nuestro más
sincero recuerdo, nuestro apoyo, nuestra más duradera y permanente
amistad para que, en estos momentos tan difíciles, te sientas un
poco más acompañada.
Ojalá
yo también pudiera estar a tu lado, abrazarte, pero como ves, la
caballería llega y, aunque solo sea por unos pocos días, sentirás
las manos amigas de tu “hermanita” acariciar tu pelo, consolar tu
alma y soportar las lágrimas que durante tanto tiempo has derramado
en la soledad de tu casa.
Estamos
lejos, pero somos muchos los que nos acordamos de ti, los que te
apoyamos, los que deseamos que tu lucha termine pronto. Te estamos
esperando, así que no desfallezcas. Durante estos días llénate de
energía, levanta la cabeza y mira. ¿Lo ves? ¿Nos ves? Somos
muchos, somos los que estamos contigo, los que ahora te gritamos
¡arriba!, los que encendemos luces donde apoyarte y guiarte, porque
tú siempre has representado la esa misma luz.

¡Ya
queda menos! Te esperamos.