«La llegada esperada»

En esta ocasión, la esperada llamada nos cogió recién levantados, aunque después nos enteramos de que la alerta surgió a las cinco de la mañana, perfectamente atendida y escoltada por la Policía Nacional hasta el hospital. 

Al parecer la cosa surgió más o menos así: imagínate que el padre fuera un agente de la ley y que en pleno proceso de detención de un individuo, presuntamente inocente hasta que se demuestre lo contrario, y a altas horas de la mañana, le suena el móvil. No puede ser nadie más. Se acuerda de todos los santos, de sus madres, de las fiestas de guardar, de lo gracioso que es el ahora reo y se pone más nervioso que el Popeye, en pleno proceso de abstinencia, cuando le faltaban sus famosas espinacas.
Terminado el procedimiento, medio a trompicones que la cosa no está para florituras, se quita el uniforme y es llevado a casa por sus compañeros. 
Allí está la futura madre. Retorcida en dolores, cara desencajada y con la suegra aferrada a sus manos, hecha un flan, e intentando consolarla. Menos mal que en la calle está el furgón. ¡Pirulos encendidos y al hospital, que estamos de parto!
Con algo más de cuarenta semanas de embarazo, con cara de felicidad y dispuesta a sacar lo mejor de sí, y lo que más se puede querer en este mundo, una hija, mi hermanita, la que siempre he llamado «la enana» de la casa, nos ha colmado de alegría al traernos a Valentina.
Como no puede ser de otro modo es una preciosidad, que voy a decir. Con 3.495 gramos y 51 centímetros de largo, hará honor a su bello nombre y lucirá, en este loco mundo, bella y saludable, que para eso tiene a tantas personas queriéndola a su alrededor. 
¡Bienvenida Valentina!

«Nada que objetar a las leyes de Mendel»

Extraída de San Google.

En una ocasión anterior les presenté a una de mis alumnas. Martita es una fuente diaria de sorpresas, pero la de hoy corrió a cargo de su señora madre. 
Cuando la ves de lejos te parece normal. En cuanto abre la boca comprendes la importancia que tiene la herencia genética, y comprendes lo que llevo a Mendel a guisar sus teorías con arvejas. 
—Perdón maestro, soy la madre de Martita —interesante forma de iniciar una conversación habida cuenta de que llevo todo el curso viéndola, entregándole a su hija a la hora de la salida, dándole las notas una vez al trimestre e intercambio alguna que otra frase de vez en cuando. Ahora que lo pienso, igual era ella la que dudaba de mis capacidades—. Estoy muy preocupada por la niña, parece que no entiende cuando le pongo tarea en casa —¿ahora está muy preocupada? ¿A final de curso? Para situarnos debemos tener en cuenta de que Martita es repetidora y acude al aula de educación especial desde el curso pasado.
—¿Qué tarea le ha puesto? —pregunto extrañado, ya que por norma general, al ser Martita una alma de educación especial, cuando le mando algo de tarea para casa, me aseguro de que sean actividades que previamente hemos realizado en clase y que pueda resolver ella sola—. Aproveché unas fotocopias que le sobraban al primo que tiene su misma edad.
—¡Ya!, pero ¿de qué eran las fotocopias? —indago.
—De números —contesta ella tan ancha.
—Sí, vale, pero de qué clases de números—insisto. 
Por un momento se queda en babia, pestañea, coloca los ojos en blanco —ahora entiendo lo que hace la niña cuando en clase le preguntó algo— y tras unos segundos en estado de ausencia parece reiniciarse.
—Creo que eran divisiones de esas. De las de repartir cosas —¡acabáramos!—, y la niña no supo cómo hacerlas y su primo las hace sólo —ummm, por el tono creo que me está queriendo decir algo.
—¿En qué curso está su sobrino?
—No es su sobrino, es su primo el que sabe hacerlas —uf, me temo que la cosa va para largo.
—Ya, el primo de la niña es su sobrino, de usted —aclaro por sí acaso. De nuevo pestañeo nervioso, ojos en blanco, estado de ausencia… Reiniciando.
—Ah, sí, claro —dice cuando procesa la información—, tiene la misma edad que Martita, creo que en tercero.
—Bien, la división se trabaja en tercero, pero Martita está en segundo y, además, va a clase de educación especial, ¿se acuerda? —le respondo de manera suave intentando hacerme entender— y ella trabaja otras cosas.
La buena señora parece que ha entendido. Por un momento se queda callada, y tras  unos segundos de silencio, contesta
—Ya me parecía a mi que la niña era muy tranquila. Claro, si es especial —dicho lo cual se marchó. 
Esta claro que Mendel tenía razón y a los guisantes que ocupan esta cabeza, les faltaron un hervor.
  

PRESENTACIÓN TEXTOS SOLIDARIOS

Este miércoles se presenta en el TEA, a las 19:00 horas, esta trilogía, en la que participo con tres historias.
Los coautores de estos tres libros han puesto de manifiesto su respaldo a la edición en Canarias –en unos momentos realmente críticos y duros para el sector– al implicarse en un proyecto que intenta dinamizar la cultura de las islas y lograr el diálogo y la unión de una gran diversidad de escritores. Pero también, y sobre todo, han dejado patente su SOLIDARIDAD, pues han cedido íntegramente el importe correspondiente a los derechos de autor al apoyo de causas humanitarias y fines sociales justos; todo ello a través de las donaciones de estos importes a las ONG: Cruz Roja Española,Amnistía Internacional y Ayuda en acción.
MÁS INFO EN:

«¿Cuestión de suerte?»

Siempre supo que tenía una buena  estrella. En realidad nunca la vio ni creyó
mucha en ella,  pero, tanto su padre como
su madre, se lo decían constantemente: «Tú es que has nacido de pie» ­─le
decían cada vez que aprobaba un examen─; «pero que suerte tienes» ─escuchó
cuando, nada más terminar la carrera, encontró un trabajo─; «ya me gustaría a
mí tener la mitad de la potra que tienes» ─le dijeron los amigos el día que se sacó
aquel pequeño premio en el cupón de la ONCE─; «desde luego, la fortuna te
sonríe, qué buen marido has cazado» ─le dijeron las viejas, amigas de su madre,
el día de su boda… Ella se había cansado de todo aquello. Era cierto que la vida
le había sonreído, pero todos lo achacaban a su buena estrella, nunca nadie le
reconoció su esfuerzo y tesón.

«Esas maravillosas comprensiones lectoras»

Una
clase de primaria es como un cajón lleno de sorpresas. Metes

Extraída de San Google

la mano
y sacas a tres, niños y niñas, alumnos excelentes, diez buenos y
trabajadores, cuatro pasables, dos ruinillas, otros tres que están
en otra cosa, uno con Necesidades Educativas Especiales (NEE)
―autista― y a Martita.
Siempre hay una Martita.

Martita
es una niña ―o un niño, en
cuyo caso lo llamaría Miguelito― que si la miras al trasluz
parece normal, como los demás, o casi. Más de cerca la cosa cambia.
Nueve
de la mañana. Clase de lenguaje. Mientras el gran grupo desarrolla,
de manera individual y autónoma, un texto a partir de una imagen
entregada al azar; los dos runinillas están haciendo una ficha de la
letra s, el de NEE está picando unas imágenes que tiene que
ordenar… yo encuentro unos minutos para dedicarle a Martita y
trabajar algo de comprensión lectora.
―Marta
vamos a leer esta frase.
―«Antonio
bebe del porrón del Alfredo» ―Lee ella sin dificultad.
―¡Muy
bien, Marta!, ¡Muy bien! Ahora la primera pregunta.
―¿Quién
bebe del porrón de Antonio? ―¡Perfecto, buena dicción, fabulosa
entonación, velocidad adecuada…
La
miro. Espero su respuesta. Pasan cinco segundos. Diez.
―¿Marta?
Sus
párpados tiemblan. Sus ojos parecen entrar en estado de posesión
diabólica. Se quedan en blanco. Como su mente.
―Vuelve
a leer la pregunta.
Ella
lo hace.
―Marta, ¿Quién
bebe?
Ella
levanta los ojos. Me mira. Abre la boca y…
―¿Antonio?
―Ummm,
no ―le digo con tono cariñoso― Vuelve a leer la pregunta.
Ella
lo hace. Vuelve a entrar en estado de hipnosis. Abre lo ojos y dice:
―¿Alberto?
―No
Marta, ¿Quién es Alberto? En el texto aparece algún Alberto. La
pregunta es: ¿Quién bebe agua?
―Ummm
―Ella duda― Mi tío también bebe agua.
No
suelo comerme las uñas, pero ahora entiendo porqué la gente lo
hace. Ahora mismo mataría al que hizo este libro.
―Vale
Marta, pero eso ahora no importa. Vuelve a leer la pregunta.
Con
la misma perfección del principio la repite en voz alta. Le vuelvo a
insistir en la cuestión que nos ocupa. Ella me mira y muy convencida
me dice:
―Antonio.
Comienzo
a notar un temblique en mis piernas. Los ruinillas comienzan a
disparatarse. El NEE necesita que le eche una mano, los buenos están
haciendo cola para preguntarme unas dudas, los diez buenos empiezan a
subir el tono de voz, Marta me mira. Le insisto en que vuelva a leer
la pregunta. Vuelve a contestar.
―Un
porrón.
―No
Marta, no ―ya me tiembla todo el cuerpo― ¿Quién ―exagero el
interrogativo― bebe agua?
La
clase comienza a destartalarse. Como mi paciencia. Necesito atender a
los demás. Mis nervios están a punto de estallar. La niña vuelva a
abrir la boca.
―¿Puedo
beber agua? ―¡¡¡¡¡Noooo!!!!! Grito para mis adentros. Pero no
se me ha notado. Esta es mi escapatoria, y la de ella para que la
deje en paz, para reconducir al resto mientras respiro, me relajo y
cojo fuerzas para volver a intentarlo con ella― Yo también tengo
sed ―continúa diciendo―, como Alfredo.
Quedan
cinco preguntas por hacer. El día promete ser largo.

«Con sangre, sudor y lágrimas»

Imagen de San Google
Una vez
pasados los santos días toca hacer recuento. No de mis actos y
constricciones sino de ciertas similitudes encontradas en costumbres
tan dispares.
En primer
lugar me llama la atención la diferencia de sentimientos que estas
fiestas generan en el público. Por un lado tenemos a los que —con
sangre, sudor y lágrimas—disfrutan entregados a los rezos, las
procesiones, los ramos y el recogimiento. Por otro lado tenemos a los
que —con sangre, sudor y lágrimas— disfrutan de la playa,
cremas, un viaje y reuniones de amigos.
Ante tal expectativa cada día
tengo más claro de que esta España nuestra es bipolar.
La esperanza,
tal y como suele ocurrir en todos los ámbitos, para unos y otros, es
que pasadas estas fechas, tanta dedicación se une en una misma lucha común —también
a sangre, sudor y lágrimas— que no es otra que la de intentar
bajar esos fofos michelines de más que se nos han acumulado entre
tanto rezo o chiringuito, entre tanta procesión o hamaca, entre
tanta misa o reunión de amigos…
Hay también
que tener en cuenta las formas en las que, tanto los unos como los otros, se desprenden de
esa pesada carga, o al menos lo intentan, ya que lo hacen de la misma manera: con
sangre, porque no hay nada más sangrante que las facturas de los
remedios milagrosos que te venden en las farmacias, parafarmacias y
demás «macias —o mafias, según se mire—»; con sudor,
sufriendo terribles tablas aeróbicas en esos gimnasios o grandes
caminatas, por las ahora concurridas «rutas del colesterol», de cada
barrio o pueblo; y con lágrimas, llorando al ver las cajas de
galletas que no podemos comprar, o la pizza que no nos podemos
comer…
En fin, que
entre nuestras Españas resulta haber más cosas que nos unen de las
que nos separan y, sin duda, una de ellas son las ganas de
sufrir, tras la sufrida Semana Santa.

«Cónclave preparado»

Mañana es uno de esos días que, el círculo de amistades de Bene,
consideran sagrados. A lo que hacen lo llaman cónclave, y es que se
reúnen para un único asunto, solo unos pocos elegidos.

Todo está preparado: las cervecitas, los cuencos para los
ganchitos, las pipas, abundantes bolsas de hielo en los congeladores,
por si alguno prefiere un cubata, y las despensas rebosantes de
viandas para soportar, con dignidad, el asalto de tremenda tribu.

Bene y sus colegas, son forofos del fútbol en general y fieles
creyentes del Barcelona en particular, por lo que mañana se juegan
el todo por el todo.

Por esas similitudes de la vida, otro cónclave también tendrá
lugar mañana, con parecidos, aunque no idénticos preparatorios,
sobre todo en lo concerniente a los cubatas, cervezas…, creo.

Entre uno y otro cónclave todo se asemejará, incluido el detalle
final del humo. Ya se encargará Manolo, uno de los colegas del
Berni, nada más terminar el encuentro, de sacar fumata blanca
encendiendo su pipa de agua, cargada de la más exquisita hierba
comprada a la vuelta de la esquina. Cosas de los cónclaves, en
cuanto vean el humo unos gritarán Habemus Papam y otros
Habemus Porrus, pero les aseguro
que la alegría y el entusiasmo será el mismo.

«Toca hacer recuento»

Una
vez superada la primera ola de festejos, en este tsunami arrollador
de compras, eventos, buenos deseos… que supone la Navidad, a
llegado el momento de mirar la vista atrás, para ver el camino
seguido.
De la
lotería mejor ni hablamos, que este año no sacamos ni para pipas. 
La paga extra no es que se fuera como mismo vino, cosa que sí que ha
pasado otros años. Este año la tan merecida como esperada, ni se
asomó por la puerta y además, para más inri, Hacienda también nos
han descontado la cotización de la misma, con lo que este mes hemos
cobrado menos. Para entendernos, además de cornudos apaleados.
En
cuanto a lo del fin del mundo, ¡menudo chasco! Por lo menos podían
haber caído unos meteoritos, o algo así, para animar el asunto y
ahorrar en fuegos artificiales o ¿es que los peperos también han
recortado en apocaplisis? En este sentido, tengo un par de amigos que
también sobrevivieron al cataclismo, pero han decidido hacerse los
muertos y no han ido a trabajar, ¡Ah!, ¡no!, ¡perdón! que los
acaban de dejar en paro. ¡Ups! ¿Cuántos hay ya?
Me
imagino que, como a muchos, el móvil no ha parado de sonar. Los
mismos vídeos (el del pitufo cantando, el gato con voz de pito, el
Papá Noel que se baja los pantalones…) una y otra vez; seguro que
ahora vuelve a tocar el que whatsapp va a dejar de ser gratis y si
no envías el mensaje..
.
Bueno,
todavía nos queda fin de año, la lotería del niño, los
calendarios solidarios, el de los bomberos y, por supuesto, la mágica
noche de Reyes, que seguro alguna sonrisa nos dejarán, así que, más
vale disfrutarlos, porque con lo vivido hasta ahora no hay
suficiente.
Mucha
felicidad para todos/as. Si nos dejan.

«El pobre doctor de consulta ocho»

La puerta de la consulta, identificada como la número ocho, se abrió
de par en par. Una señora, de unos sesenta años, salió
descontrolada a la sala de espera chillando.
―¡Un médico!, ¡un médico!
Todos los que estábamos
esperando nuestra cita con el anestesista nos miramos asombrados y la
mirábamos a ella desencajados. La señora de los ojos saltones fue
la primera en reaccionar. Se levantó y acudió en auxilio de la
primera, a la misma puerta de la consulta.
―¿Qué ocurre? ―dijo
mientras miraba hacia el interior.
La otra señora no contestó, ya
estaba sobre el mostrador de la auxiliar exigiéndole que llamara a
otro médico. La pobre chica, enfundada en su traje de pantalón y
chaqueta, no podía respirar, quizás por el pañuelo del cuello, que
llevaba demasiado ajustado, o por falta de agilidad mental. ¿Algo
había ocurrido pero ella no sabía como actuar.
―¡Llame a un médico! ―Le
ordenó la señora―. El doctor… ―y volvió corriendo al
interior de la consulta.
Todos nos levantamos para
dirigirnos a ver qué ocurría tras el umbral de la número ocho. Yo
observé como la joven levantaba el auricular y habló con alguien.
Al instante, el médico de la consulta siete, acudió despavorido.
Nos ordenó retirarnos y entró en auxilio de su compañero.
Instantes después cuatro médicos más. Los galenos se habían
amotinado. Uno de ellos acudió al mostrador y habló por teléfono.
El interior del despacho era un hervidero de batas blancas que no nos
dejaban ver.
Minutos después un celador
acudía, cual Fernando Alonso, por el pasillo acelerando la silla de
ruedas de la que tiraba con entusiasmo. Entre todos acomodaron a mi
doctor en ella y lo sacaron orgullosos por el rescate.
―Cólico nefrítico ―sentenció
la avispadilla de las gafas fuccias, que después me enteré que era
dermatóloga.
― Pueden sentarse ―ordenó
el barbas― Todo está solucionado. El doctor está indispuesto.
Mientras volvíamos a nuestros
sitios, un amable señor de corbata, tras reunirse con la
administrativa en pettit
comité
, nos explicó
que el doctor no podría atendernos y que por lo tanto nos iban a
recolocar en el horario de tarde.
―…Disculpen las molestías…
―bla, bla, bla―, como han visto los médicos también se ponen
enfermos ―bla, bla, bla― pero aquí estamos para servirles…
Y es que hay veces que los
cuentos me persiguen.

«Unos minutos de publicidad»

Sin
duda alguna, unas de tantas cosas que debo de mejorar es mi forma de
venderme. Mi autopublicidad es pobre. Soy malísimo en esto. Tan malo
soy, que ayer por la noche estuve como invitado en el programa La
esfera cultural

(pinchando aquí
visitarás su blog) ―emiten
todos
los martes, a las veinte horas, emite Radio Unión Tenerife―,
que no lo escuchaste.
Estuvimos
hablando, de manera muy divertida y amena, sobre mis libros, mi forma
de escribir, la influencia de la dopamina, las competencias básicas,
las estrategias para la enseñanza de la escritura, las lagartijas…
en fin, una serie de variados temas que fuimos encadenando y
desgranando con entusiasmo.
Digo
que me vendo mal, no porque no tuviera vendajes para usar y
momificarme, que seguro que me lo merezco, sino porque muy poca gente
se enteró de mi asistencia a las ondas.
Cosa
que no quiero que pase desapercibida es la noticia de que una amiga
bloguera, nada más y nada menos, que la Doctora Jomeini, a publicado
su primer libro. Es una formidable recopilación de textos con los
que podrás reír, emocionarte, ilusionarte…, momificarte… pero
nunca dormirte, ya que, aunque la susodicha sea anestesista, te
aseguro que nos mantiene bien despiertos cuando de su forma de
escribir se trata. Para más información puedes visitar su blog
Ves,
publicitarse no es tan difícil. A ver si tomo ejemplo.