«Preguntas sobre palomas»

Tus
hijos son lo más valioso que tienes. Tu salud quizás sea lo
segundo. ¿Qué harías si tus hijos y tu salud estuvieran en grave
peligro?
Mi
lugar de trabajo, el mismo lugar donde más de doscientos niños y
niñas pasan la mayor parte del día, es un palomar. Lo lleva siendo
desde hace años, pero ya no podemos más.
Patio interno con cadáver.
El
problema es doble: Por un lado tenemos un patio interno, el que está
justo al lado de mi aula, al que le falta una o dos planchas en el
techo, por lo que todas las mañanas entramos caminando sobre plumas,
cagadas… y, en alguna ocasión, algún cadáver. El segundo, más
grave, radica en un hueco que existe en el tejado del centro por el
que entran cientos de éstos animalitos para anidar, defecar,
reproducirse, crecer, morir y pudrirse. Todos los días vemos como
esa mezcla se cuela por el techo y las paredes.
Investigando
un poco, y sin querer entrar en muchos detalles, he descubierto que
las
infecciones que producen las palomas se presentan usualmente de
manera gastrointestinal. Al defecar, el excremento contiene grandes
cantidades de gérmenes que, al secarse, se convierten en focos de
infección al ser barridos o transportados por el viento y la lluvia.
¿Será por eso por lo que nuestro alumnado sufre tantas
enfermedades?
Hay
que citar que a las palomas, entre su plumaje, les acompañan
ectoparásitos: pulgas, garrapatas, chinches, vinchucas, piojillos,
piojos, ácaros… y todos ellos pueden causar serias alergias al ser
humano. ¿Será por eso que nuestro alumnado y profesorado presentan
ronchitas y picaduras en piernas, brazos, abdomen…?
Además
de lo anteriormente citado, ¿sabes el nombre de algunas de las
enfermedades que pueden trasmitir al ser humano? Te las dejo para que
hagas tus propias preguntas: Histoplasmosis,
Clamidiosis, Salmonelosis, Colibacilosis, Crytococosis, Encefalitis
de San Luis, Alveolitis, Neumoencefalitis, Tripanosomiasis y
Tuberculosis.
Vista de unos de los tejados
Por
los tejados del centro no se puede caminar. Literalmente, te quedas
pegado a la capa de mierda
que lo ocupa. La cosa se complica cuando sabes que ese techo es de amianto y su manejo se hace difícil y muy peligroso.
Un
informe de Sanidad, técnicos de la Consejería de Educación,
expertos en plagas… avalan el peligro que supone y el grave
perjuicio que supone para la salud de todas las personas que allí
estamos y, mientras, el Ayuntamiento del Puerto de la Cruz, mira para
otro lado. Ya no podemos más.
¿Tú
trabajarías en un sitio así? ¿Qué harías como padre o
madre? ¿Qué harías si fueras político? ¿Estarías contenta de
que el centro educativo de tus hijos/as estuviera así de afectado?
¿Cómo puedes ayudarnos a solucionar este problema?
Si
crees que no es tan grave como lo cuento, ven a vernos.

«Necesito ayuda»

Acabo
de despertar. Por el pequeño resplandor de luz que veo entre las
lamas de la persiana deduzco que, como siempre, serán las siete o
siete y media de la mañana. Siempre me despierto a esa hora, o al
menos eso creo.
Pronto
llegará la enfermera del nuevo turno. Si mis cálculos no me fallan
hoy le toca a la guapa María. Es la única que demuestra un poco de
simpatía. ¿Quizás ella pueda ayudarme?
¿Qué
te pasa? Le pregunto. No me contesta. No es normal. Algo le ocurre.
Lo sé porque cada vez que entra en mi habitación lo primero que
hace es ponerse a mi lado, atusar un poco la almohada, mientras me
cuenta alguna anécdota de sus hijos o de algo ocurrido durante su
turno, y luego me acaricia la cabeza dándome ánimos con su suave
gesto. Hoy, no ha hecho nada de eso. ¿Qué le ocurre? Se ha marchado
sin dirigirme ni una sola palabra. Lo volveré a intentar dentro de
un momento. Lo bueno de las rutinas es que estoy seguro de que
volverá en unos minutos, tiene que: tomarme la temperatura, la
tensión, cambiarme el suero, la sonda… En fin, una serie de tareas
que la mantendrán a mi lado durante un buen rato. Es el que
aprovechamos para hablar. Lo hacemos desde hace algo más de tres
años, si la memoria no me falla, que a estas alturas ya no me fío
ni de mi mismo. ¿Qué me pasó? Una estupidez. Pero la mía ha sido
la última que he cometido. Había bebido mucho y no se me ocurrió
otra cosa que coger la moto. No hay nada más que contar, lo demás
te lo podrás imaginar. Llevo postrado en esta cama desde entonces.
Mi cuerpo no responde a mis pensamientos. Necesito un suero para
alimentarme, una sonda para mis necesidades, alguien que me limpie
las babas que se me caen por la comisura de los labios… No puedo
mover ni un solo músculo, salvo las pestañas. Y así me comunico.
Un guiño es sí, y dos significan no. Ya no lo aguanto. Los amigos
se han marchado poco a poco. Al principio venían todos los días,
luego empezaron a turnarse y ahora, con suerte, viene alguno una vez
por semana.
La
que más sufre con todo esto es mi pobre madre. Toda las tardes viene
y se sienta a mi lado. Me besa, me acaricia. Siempre llora. Cuando es
capaz de articular palabra me cuenta las cosas de casa, después lee
el periódico en voz alta. Supongo que para matar el tiempo y tener
algo más que contarme. Yo, de costado y con mis ojos plantados entre
sus tristes y amargas arrugas, también lloro. No puedo seguir siendo
la causa de su dolor.
Esto
no es vida. Aunque los de ahí fuera no me oigan, sé que puedo
decidir por mi mismo. Quiero pedirle a María que me ayude a dormir
para siempre. No deseo seguir siendo esta carga, Quiero morir
dignamente.

«Historias de portería»

La
Esfera Cultural
es un blog, un programa de radio, un grupo de
personas interesadas por la cultura, en cualquier manifestación
―como
ellos mismos se definen― pero sobre todo creo que es un espacio
diferente, ameno y muy entretenido que busca conectar, con los que
estamos al otro lado, aportándonos esa brizna de cultura que siempre
nos hace falta. Y lo hacen de muchas maneras.
Una
de ellas es la convocatoria de «Historias
de portería». Una apuesta simpática y diferente por dinamizar el
mundo de la escritura creativa y la lectura.
La
idea es que: «escribamos
sobre las historias que ocurren en la portería de la C/ Bermúdez,
36. La portera es una travesti. En el quinto lleva olvidado un
cadáver más de una año. La pareja del cuarto izquierda guarda un
secreto a voces. En el ático vive un fantasma pero de los de verdad.
La maruja del primero odia a la del tercero, pero está locamente
enamorada de ella…
Estamos
seguro que tu sabes mucho más de esa portería. Nos apetece saberlo.
¡Por Dios! cuéntanoslo.»

Aquí
puedes leer mi aportación al proyecto. Como hay un jurado, y solo si
te gusta mi texto ―te
advierto que los hay muy buenos―, puedes votar
utilizando el sistema +1 de Google. Dichas votaciones tendrán el
valor de un miembro más del jurado.
Las
mejores historias formaran parte de un libro colectivo, que promete
ser muy divertido ya que sacará a la luz todas esas cositas que
ocurren en las comunidades de vecinos y que seguro tú has vivido.

«Todos a la playa»

Con
todo este rollo de la crisis, los españolitos de a pie, estamos
recortando gasto de las vacaciones. El año pasado programábamos
grandes viajes, buenos hoteles, almuerzos, meriendas y hasta cenas
fuera de casa el mismo día.
Ahora en cambio, nos cuesta ir a la playa. O por lo menos a mi.
Y
hablando de ir a la playa, el pasado fin de semana, programamos la
salida estival de la familia. Como este año no podíamos hacer
frente al gasto hotelero, decidimos mantenerla pero yendo todos
juntos a un apartamento de tres habitaciones, un cuarto de baño,
cocina americana y salón comedor.
Como
éramos trece personas ―la
abuela; mi padre y mi madre; mi hermana, su marido y sus tres hijos;
mi otra hermana (la soltera); mi esposa, yo y mis dos hijos―,
decidimos repartirnos las cosas para que no falte de nada: leche, pan
de molde, azúcar, café ―todo lo del desayuno―, galletas los
cereales de los niños, los de mi cuñado ―que como está a dieta
no puede comer cualquier cosa―, la toallas, las gafas de bucear,
las hamacas plegables, la nevera, cervezas, tinto de verano, sandía,
melón, jugos ―la merienda de los niños, ya sabes―, más
galletas, bañadores, cholas para la playa, cholas para estar en el
apartamento, cholas para salir, el libro, la almohada de mi mujer ―es
que sino no puede dormir―, los pañales de la abuela ―por la
noche a veces…―, otras sábanas, por si acaso, las palas, los
cubos, las raquetas de playa…
¡¡¡ALTO!!!
¡no puedo más! Vayan ustedes que yo me quedo.

«¡Boda a la vistaaaaa! Y 2»

Una vez recuperado de la fuerte
resaca, seguramente producida por algún refresco en mal estado, toca
hacer recuento de bajas, anécdotas y demás por menores. Insistiendo
en que no puedo hacer muchas concesiones en la narración, por
aquello de la venta de la exclusiva, sí puedo comentar un par de
hechos:

En primer lugar los novios
estaban que se salían. Él con su pecho cargado de medallas, algunas
de pega compradas en el chino, y su gorra de plato, parecía un
almirante de la armada. Ella luciendo una fantasía años cincuenta y
brillo de lágrima natural en los ojos, simplemente radiante.

Como cabe esperar, en toda boda
que se precie ocurren cosas. Imagínate que te vistes de gala, con tu
traje rojo pasión y el escote bien surtido. Coges un taxi y das el
nombre de la iglesia. Al llegar y pagar algo llama tu atención. ¿Qué
ocurre?, ¿por qué no hay nadie? ¡Sí!, con suerte, te has
equivocado de iglesia. Y allí que estás, sola, despampanante, con
cientos de ojos clavados en tu espalda ―¿Y
esta dónde cree que va?―
y alguna propuesta deshonesta sobre tu escote, que la calle es
conocida por cierta actividad ―¿Cuánto
por un completo? ¡Largo de aquí!, ¡sinvergüenza!―. Menos mal
que un coche pita y repita para llamar la atención. ¡Salvada! ¡Y
por la mismísima novia! ―Pero María de la Asunción, ¿qué haces
aquí? Pues mira, que creo que me equivoqué de iglesia. Anda sube,
que te llevamos― ¡Qué vergüenza! ¡La primera en ver a la novia!
Al carajo con la exclusiva.

En la parroquia todo está
listo. Las familias preparadas, empaquetadas de etiqueta y más
fashion
que el perro de los Beckhan. Las amistades cuchicheando y ansiosas.
Suena la música y empieza el casorio. ¡Vivan los novios! Besos.
Abrazos. El “gotxu”, oficialmente, ya es uno más de la familia.

Comienza el bureo. Ellas son
obsequiadas con bellas sombrillas chinas a juego con sus vestidos ―no
sé si compradas en el mismo chino de las medallas―, que dan una
vistosidad y glamour al acto difícil de superar. Son las catorce
horas y comienza el picoteo. Ya no pararemos de comer y beber hasta
entrada la madrugada.

Los niños nos despiertan. Todo
se mueve a mi alrededor. El dolor de cabeza es memorable. La cojera
también. Menos mal que pasábamos la noche en el hotel. No fuimos
los únicos. La hora del desayuno se convierte en un ir y venir de
gente conocida, familia… ¡Qué caretos! ¡Las ojeras nos llegan al
suelo! ―Perdone señor, ¿el café bien cargado verdad? Sin duda,
este camarero tiene experiencia ¿Un alka-Seltzer?
Mejor dos―Menos
mal que hay piscina para refrescarnos y mojitos para espabilarnos.

Bueno, hasta aquí puedo leer.
Ahora toca la espera por las fotos oficiales, que las otras ya puedes
cuchichearlas en el face
y como en botica hay de todo, e irnos de vacaciones.

«¡Boda a la vistaaaaa!»

No hay nada mejor para acabar con los nervios y la serenidad de una
madre, y por ende de toda la familia, que se  case una hija.
Este sábado se desposa mi hermana, así que mi madre está que se sube
por las paredes, gritándolo a los cuatro vientos, como quién ha
descubierto un tesoro o un pedazo de tierra perdida en alta mar.

Los que me conocen saben de mi predisposición a la organización de
eventos, festejos y demás jaranas, así que ya tengo todo listo. Por
aquello de poner nerviosa a la novia estoy negociando una barra de
quita y pon, de esas que usamos en carnavales y romerías, para
colocar por fuera de la iglesia. La idea es poder suministrar cañas
y pinchitos morunos a todos/as los que, como yo y el novio, esperamos
por fuera de la iglesia, que va a ser mucho calor y que con esto de
la crisis necesito la pasta.

A la hora del convite, y con motivo de que la peque de la casa se
desposa “contra” un asturiano de pura cepa, tenemos preparado un
«gotxu» para soltar en medio del ágape, que al parecer es
selecta tradición por tierras astures.

En cuanto a la música para el baile, y haciendo caso omiso de los
gustos de los conyuges, ya he preparado, junto al DJ (Dionisio Juan
del Cristo y de todos los santos, el más famoso de la zona de Arico
el Viejo), una amplia selección de temas tipo Pepe Benavente, los
Bajip, Rafaela Carra…, que seguro no serán de su agrado pero los demás nos
divertiremos mucho.

Hay alguna que otra sorpresilla preparada pero han de perdonarme
sino se las cuento. Tampoco puedo decirles la hora y el sitio de tan magno
evento, por aquello de evitar la aglomeración de cámaras,
reporteros y entrevistas, y así poder salvaguardar la posible venta de
la exclusiva a una de las más prestigiosas revistas del sector rosa o
amarillo ácido.

Solo espero que estos dos sean felices para siempre, que tengan
tantos hijos como años, digo como quieran, y que los demás podamos
contarlo.

Les quiero. ¡Vivan los novios!  

«Rumbo al futuro»

Era un
ocho de julio, como siempre, el puerto era un bullicio constante
entre el ir y el devenir de comerciantes, marineros, truhanes y
prostitutas. Aunque la tripulación había vivido aquella situación
muchísimas veces, hoy el aire parecía distinto.
Las
últimas mercaderías y abastos se subían a la nave capitana. Todo
en la pequeña flotilla parecía estar dispuesto. Ninguno de ellos
podía imaginar la aventura que les esperaba.
Cuando
el Capitán dio la orden de partir, los ánimos y cantares de toda la
tripulación hicieron inflar con brío las velas mayores de los
cuatro navíos. Todos estaban felices, anciosos y nerviosos. Uno
lloraba.
El
joven Joao se había colado a bordo y ahora se escondía tras un
barril lleno de manzanas, que a buen seguro, no durarían mucho
tiempo frescas. Su corazón también se pudriría.
Subió
al barco sin pensarlo. Huyendo de los guardias enviados por su padre,
que lo mandaba, como hijo segundón que era, a un convento lejos de
Lisboa. Él no quería alejarse de su amor, la bella María, pero el
destino y la poca fortuna le habían jugado una mala pasada.
Desconocedor
de las rutinas marineras pensó que aquel barco acababa de llegar. Su
plan era pasar la noche escondido y al día siguiente, una vez
partida la caravana que lo tenía que llevar a su destino, volver a
casa e intentar solucionar sus problemas.
Su
retorno se retrasó casi dos años. Sin quererlo se había convertido
en un polizón rumbo a alta mar, con el destino de abrir la ruta
hacia la india junto al gran capitán Vasco de Gama.
Se
marchó siendo casi un niño y regresó como un hombre. Su amor
desapareció, pero su espíritu se lleno de los sabores de las
especias, de la salitre del mar impregnada en los puros de su curtida
piel y de las aventuras que los soñadores y viajeros futuros siempre
intentarán recuperar.

«Recordando becarias»

Hace
unos días andábamos de charla, risas y fiestas, en torno a una
cerveza, cuando el derrotero de la conversación nos llevó a
recordar a las distintas personas que, en calidad de alumnos o
alumnas en practicas o becarias, han pasado por nuestras manos.
De
manera irremediable, y salvando las distancias, tuvimos que recordar
a la becaria por excelencia, Monica Lewinsky. ¿Que ha sido de ella?
Alguien apuntó que había hecho un máster y que buscaba pasar
desapercibida.
Lo
cierto es que nos dio cierta bobería, y mucha risa, fantaseando con
las posibles situaciones en las que se puede ver envuelta.
¿Te
imaginas entregando el curriculum en una empresa?: ―Buenos
días, mi nombre es Mónica Lewinsky ―la risita del personal de
recepción sería contenida― y me gustaría concertar una cita con
la persona responsable del personal ―llegados
a este punto la noticia correría como la pólvora por todos los
departamentos―. ¡La Lewinsky quiere trabajar con nosotros! A lo
que alguno se ofrecería voluntario, claro. (¡Ups!)
En
una entrevista de selección de personal: —¡Ummm Señorita Lewinsky!,
¿Podría describir sus habilidades? (¡Ups!)
También
podría ser telefonista: —Buenos días, al habla Mónica Lewinsky.
¿Que puedo hacer por usted? (¡Ups!)
Sería
simpático ver una conversación entre el director de una
compañía y su esposa: ―Cariño,
¿Quién es la chica nueva del traje azul? ―preguntaría ella con
esa sonrisita que saben poner las mujeres y que significa ¡ya te
tengo!
―Una
tal ―Le entraría la tos― ¡cof, cof! Mónica ¡cof, cof!
Le¡cof!wins¡cof,cof! No sé qué más. (¡Ups!).
En
fin, a veces los momentos de asueto con las amigas terminan con estas
conversaciones y, en otras ocasiones… (¡Ups!) ¡cof, cof! mejor
que se lo pregunten a los Clinton.

«Pequeños avances, grandes pasos»

El curso escolar esta a punto de terminar y, aunque parezca increíble, un niño de seis años, de nombre A, lo acaba de empezar.
Lo que a priori suena a contradicción tiene su explicación, como todas las cosas. 
A. ha tenido la poca buena suerte de nacer con problemas físicos y psicológicos, en el seno de una familia poco agraciada social, cultural, intelectual y económicamente. 
Son muchos los días que ha faltado al Cole. Unos por enfermedad, siempre justificada por su pediatra, y otras por desidia familiar, siempre justificada inadecuamente por sus padres. 
Cuando venía unos días seguidos, parecía que empezaba a entender algo de lo que ocurría en la clase, avanzábamos pasitos cortos. Después faltaba una semana, retrocedíamos con grandes zancadas. 
Ayer A. me sorprendió. Andábamos haciendo un pequeño dictado (el que ilustra la cabecera de este post). El, sentado en su sitio, parecía concentrado. 
Sin ninguna esperanza por mi parte lo llamé, al igual que hice con los demás, para simular corregírselo, ya que pensé que no había hecho nada. Grave error el mío. Su trabajo es la segunda foto.
Se que creerás que esta mal, puede ser cierto, pero te aseguro que esta imagen dice que, pese a todo, durante todo este tiempo, su pequeña y desamueblada cabecita, ha estado grabando. Es un pequeño avance, de los que hace que uno se anime y crea en la belleza de este trabajo. 
Lastima que acabemos el curso ahora. Mucho me temo que durante el verano A. no pueda continuar avanzando.

«Para que vuelvas»

Los
conozco desde siempre. Estudiamos en la Universidad, salíamos
de marcha, reíamos y llorábamos juntos. Sin miedo a equivocarme
puedo afirmar que los chicos me trataban como si fuera una más;
decía y hacia los mismos disparates que ellos.

Mi
primer novio era uno de ellos. Yo fui su primer amor, pero, por esas
cosas del destino, mi relación con él termino hace tiempo. Desde
entonces, siempre nos hemos llevado bien, por mucho que eso le pese a
su esposa.

Me
casé, divorcié y ahora me he vuelto a casar. Por su parte él sigue
casado con la misma.

Nos
conocemos, me la han presentado unos diez veces y siempre que nos
vemos ocurre lo mismo, hace como que no me conoce. 

Ayer
nos volvimos a encontrar. Ellos, como siempre, no reparan en abrazos,
carantoñas, bromas…, como si siguiéramos siendo el mismo grupo.
Ella, engreída y estirada, para fastidiar, solo se le ocurrió
volver a hacerse la que no me conoce:

—¿Y
tu quien eres? —dice con cara de mosquita muerta, a la vez que se
acerca para darme un beso.

—¿Yo?
—cínica, me acerco para responder al beso— la que desvirgó a tu
marido.