Un buen día se encontraron. Así, sin más, tímidamente se dieron la mano y comenzaron un camino juntos. Ninguno de los dos sabía dónde iba, pero parecía que querían recorrerlo juntos, conscientes de las dificultades que les aguardaban tras los distintos recodos y esperando tropezar con las piedras que siempre dificultan el paso. Pero también conocedores de la ilusión y la esperanza que les llegaba por estar juntos.
Tras varios kilómetros recorridos llegaron al temido precipicio. Todo fueron idas y venidas, dudas y aciertos, preguntas sin respuestas, brújulas que señalaban a todos lados salvo al norte, pero les había llegado el momento.
Juntos, tal y como habían llegado hasta allí, acordaron saltar. Contaron hasta tres. Él saltó estirando la mano para ayudarla a cumplir la palabra dada. Ella, en el preciso y fatídico instante en el que ya no hay marcha atrás, decidió dar un paso atrás y quedarse mirando. Él comenzó a dar vueltas en el aire. No sabía el porqué de aquella ruptura. Sin duda las respuestas tardaría en encontrarlas, pero ella nunca se haría las preguntas adecuadas.
Gracias por leerme.









