«Los tronos empiezan a temblar»

Foto desde el móvil, a las puertas de edificio oficial.
Luisa llevaba
tiempo sentada cómodamente en su sillón. Sin duda alguna era la reina del lugar
ya que, desde su poltrona, podía gobernar todo y a todos los que la rodeaban.
Pero las cosas no siempre son así. O al menos últimamente parece que, con tanto
movimiento social, solicitudes de independencia…, algo está cambiando.
Un buen día, sintió un temblor bajo sus pies. Parecía que el firme
sustento que la aguantaba se desquebrajaba y todo su mundo empezaba a
tambalearse.
       Para su sorpresa, poco a poco las
cosas comenzaron a cambiar de sitio, primero de manera tímida, luego más
drásticamente, como le corresponde a un terremoto. Hasta las posiciones de las
personas empezaron a modificarse. Todos se reposicionaban. Ella no quería ser
menos así que, para intentar disimular, y quedar bien con los que ahora iban a
tomar las riendas, comenzó a deshacerse de pequeñas suciedades, que escondió
bajo la alfombra, y de los grandes trastos, que dejó en cualquier sitio,
mientras afirmaba, despreocupada, que no eran de ella. Sus conocidos lo
señalaban y decían: “…se parece con tu…”. “Se parece pero no”.

Menos mal que hablo de un abandonado sofá y no de política.

«Cuestión de venganza»

Extraída, sin permiso, de San Google.

Le deseé que tuviera un buen turno, como lo hacía cada noche al
darle el cambio.

Bajé la escalera. Llevaba la sonrisa guardada en mi interior. «Este cabrón se va a enterar». 
Salí del edificio. Mis pensamientos seguían clavados en el impresentable de mi compañero.  «Te dan asco cuando nos llegan partidos. ¡Te vas a cagar!». Caminé calle arriba.
A lo lejos vi a una chica en bicicleta. No lo pensé. Ella sería la víctima. Corrí hasta casi alcanzarla, mis pensamientos seguían su propio viaje: «la descuartizaré y lo salpicaré todo para que a este tio… ».
―Se ve que iba corriendo y no vio el tranvía ―dijo el inspector al forense de guardia mientras este vomitaba.

«¿Y si te como a besos?»

Imagen del blog elunicosentimiento.
El sol calentaba nuestro camino mientras la luminosidad de tu sonrisa abarrotaba mi corazón. 
Con mucha emoción sentía tu presencia a mi lado, no era normal tenerte tan cerca. El roce de tu mano contra la mía aceleraba mi respiración, las risas compenetradas decoraban la conversación y la profundidad de tus ojos penetrando en los míos inundaban mi alma.
De fondo, la decoración áspera y muchas veces horripilante de los grafitis, los desagradables, los hechos con desprecio y maldad, rompían el halo en el que nos veíamos envueltos.
Por un momento deseé que aquel marco cambiara, buscaba algo especial, un escenario que significará algo, un lugar para recordar por siempre, que me permitiera tener la excusa para poder acercarme a ti y coger tu mano. Sorprendido, aquella simple ilusión se hizo realidad.
El dibujo de la pared cambió. Las feas letras y firmas sin sentido se convirtieron en un mensaje que, negro sobre blanco, aclaraban y resumían la declaración de intenciones que en mi mente se apelotonaban. Paré en seco. Te miré y fuiste tú la que comprendiste el mensaje.

«And the winner is…»

Teatro Campos, Bizkaia

Luego cruzó el pasillo, bajo al sótano y mató al prisionero. Tras aquello cayó el telón. 

El público quedó impávido, estaba impactado. La obra estaba ideada para hacer pensar a los asistentes que el protagonista se salvaba, nada más lejos de la realidad, por lo que aquel final sorprendió a todos.
De manera tímida, empezaron los aplausos. Uno a uno, los espectadores comenzaron a levantarse de sus asientos, a la vez que iban aumentando el nivel y constancia de las palmadas, de un leve chismorreo inicial, con apenas unas pocas personas aplaudiendo, pasaron a una importante ovación, que producía un sonido semejante al que produce la lluvia durante la tormenta.
Los actores salieron. Se dieron la mano y reverenciaron sus cabezas. Todos menos uno, que yacía en un charco de sangre.
Sortearon el premio. El teatro a oscuras. Los asistentes expectantes. El foco  principal comenzó a moverse rápidamente, y sin sentido, por toda la sala. De repente paró sobre un apuesto cuarentón. El resto del público estallo, de nuevo, en ovación. El hombre orgulloso saludaba sonriente. Nadie informó al ganador de que haría el papel de víctima.

«Los zapatitos de la señorita Rita»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google.

Todos tenemos unos zapatos que nos gustan más que otros. Esto puede
ser porque con ellos nos sentimos cómodos, porque su color combina
con nuestra ropa favorita o porque lo hacen con el color de nuestros
ojos.

A la señorita Rita le gustaban aquellos viejos zapatos verdes
porque con ellos era capaz de pensar.

Cada
vez que tenía una duda, o simplemente estaba ociosa en casa, se dirigía
a la zapatera y, con mucho celo, los sacaba cariñosamente de su
caja. Antes de ponérselos les pasaba un paño, con el fin de
quitarles las pocas manchas o marcas que pudieran tener, pero con una
delicadeza difícil de imaginar.
Hoy
era uno de esos días. Cuando logró quedarse sola en casa, cumplió
con el ritual que ella misma se había marcado y se embutió en
ellos.
Durante
los primeros instantes siempre pasaba lo mismo, nada. Pero tras unos
pasos alrededor de la mesa de la cocina, o de la del comedor, o tras
recorrer el pasillo varias veces, arriba y abajo, las ideas empezaban
a fluir y con ellas las respuestas que necesitaba.

 ¿Puede
un objeto tener el poder de iluminarnos?

«Es hora de tomar decisiones»

Extraía, sin permiso, de San Google.
Y así, tontamente, acabe pegándome un tiro. Figurado, claro está. Soy un cobarde y no creo que valga la pena quitarse de en medio usando como excusa un par de imprevistos: mi mujer me abandonó, me despidieron del trabajo, se rompió la junta de la culata del coche, mi hijo abandona sus estudios, la niña se queda embarazada del gandul de su novio, la calefacción de casa se estropeó hace quince días…
Ahora, enroscado en el sofá y abrigado con la manta que me regalaron los de Cruz Roja, no me queda otra que tomar una decisión sobre qué hacer con mi puñetera vida. 
Tendré que luchar.

«El hombre invisible»

(Imagen de LIU BOLÍN, extraída de San Google sin permiso)

La cola pasaba la esquina. Todos los asistentes al evento aguardaban su momento mientas parloteaban de sus cosas con sus iguales. El acontecimiento prometía, la velada era de gala. Cientos de personas en una rigurosa fila, guardada por agentes de la organización y vallas protectoras que los separaban del resto de los viandantes, esperaban ansiosos el comienzo de la fiesta.

Los no elegidos vociferaban y aclamaban fanáticamente a los protagonistas. Apoyados sobres los fríos hierros de color amarillo, observaban la alfombra roja que marcaba el camino para que los deseados cruzaran, los apenas veinte metros que les separaban de las portezuelas de sus vehículos, hasta las grandes cristaleras que daban acceso al interior del cine.

Todos esperaban el pistoletazo de salida que daba comienzo a tan magno espectáculo de luces, música, famosos…, que se había preparado, todos menos uno.
(Liu Bolin es un artista, escultor y fotógrafo nacido en 1973 en Shandong, China. Es conocido, sobre todo, por sus fotografías donde se mimetiza, en el marco de situaciones urbanas, con el entorno. Más info en: http://es.wikipedia.org/wiki/Liu_Bolin)

«Duda submarina»

Extraída de San Google
La sirena cautiva vomita pulpos de siete patas en la taza del váter. Mientras esto ocurre,  el enojado Octopus, rey de los cefalópodos, sentado en su trono de algas y corales, con la mirada puesta en tremendo espectáculo, tapa los ojos de sus seis descendientes, y de la reina. Con el otro rejo ordena a los asistentes, también asombrados y con los estómagos revueltos, no perder detalle de lo ocurre.
Todos saben que los regurgitados, y sobre todo el miembro que a cada uno de ellos le falta, han sido utilizados por ellas y, ante la falta de satisfacción, amputados.
La escena es asquerosa, rocambolesca, pero necesaria para que todos los habitantes del reino comprendan que las sirenas, esos adorables personajes marinos, en realidad, cuando tienen falta de sexo, se convierten en abominables criaturas. Alguien debería satisfacerlas. Pero ¿cómo?

«Trenzar un sueño»

Sus
avanzadas manos son duras, como siempre lo fue su persona. Las
callosidades que presumen, provocadas por tantos años de trabajo, se
han convertido en parte de su propia alma. Las tiene por todas
partes. Apenas sonríe. Nunca lo hizo. Entre sus arrugas se puede
leer el hambre del pasado y las penurias vividas. Grandes fueron los
esfuerzos que tuvo que hacer para sacar adelante a su familia. Hoy
está solo, viudo de esposa y de hijas, que ya casadas se han ido
alejando de su terquedad y dureza, típica del hombre del campo.
Algo
le ocurre. Sus manos siguen rizando, trenzando y doblando las duras
varas que siempre le han acompañado. Pretende cumplir un encargo.
Quizás el más especial de toda su vida. La cesta más bella que
jamás hizo, la que acunará a su primera nieta.
Con
tiento moldea las ramas, y en cada una de ellas coloca un poco de
amor, de su misma esencia, de la que mantiene en el fondo de su
corazón. De la misma que pensaba que no le quedaba. 
La noticia del
cercano alumbramiento hizo en él revivir sentimientos del todo
olvidados. Abandonados. La cuna será su manera de pedir perdón.
Pero está solo. Un dolor inmoviliza su brazo izquierdo. Jamás
conseguirá cumplir su sueño.

«Amor de madre»

―¿Qué
hace Lucas ahí fuera arañando la ventana?
―Pide
entrar ―afirmó María muy tranquila mientras continuaba fregando
la loza sin apenas levantar la vista.
―¡Pero
mujer!
El
comentario de la mujer mayor hizo que ella comenzara a desmoronarse.
Por un segundo levantó la vista para mirarlo. Luego lo ignoró. Giró
su cuerpo y habló con ella.
―No
mamá, no lo defiendas. Estoy harta ―Las lágrimas comenzaron a
derramarse por su rostro, como lo hace la gota de rocío tras
acumularse sobre las hojas. Se secó las manos en el paño de cocina,
que tenía colgado a la cintura, y fue a sentarse junto a su suegra
que la miraba con ojos desencajados.
―¿Ana?
―suplicó sosegada la mujer― ¿Qué ha hecho esta vez?
―Lo
de siempre, mamá, lo de siempre.
―Pero
déjalo entrar. Habla con él. Fuera estamos a menos cinco grados y
solo lleva el pijama. Me da pena. ¡Es tu marido!