Para
él, ir al colegio cada día era un suplicio. Según cruzaba las
grandes puertas acristaladas, notaba como las risas se mofaban de su
ropa o de su pelo…, las miradas se posaban sobre su persona, como
las moscas lo hacen sobre la carne podrida. Así se sentía, podrido.
él, ir al colegio cada día era un suplicio. Según cruzaba las
grandes puertas acristaladas, notaba como las risas se mofaban de su
ropa o de su pelo…, las miradas se posaban sobre su persona, como
las moscas lo hacen sobre la carne podrida. Así se sentía, podrido.
Pese
a ya estar todos sus compañeros sentados, un extraño silencio
invadía su aula. Se dirigió a su pupitre sintiendo cada una de las
miradas que, como puñaladas, le atravesaban la espalda.
a ya estar todos sus compañeros sentados, un extraño silencio
invadía su aula. Se dirigió a su pupitre sintiendo cada una de las
miradas que, como puñaladas, le atravesaban la espalda.
Se
fue a sentar en el preciso momento en el que el profesor entró por
la puerta. Estrepitosamente cayó al suelo. Una lluvia de monigotes
blancos comenzó a caerle encima. La silla se había roto bajo sus
posaderas y con ella su debilidad se volvió locura.
fue a sentar en el preciso momento en el que el profesor entró por
la puerta. Estrepitosamente cayó al suelo. Una lluvia de monigotes
blancos comenzó a caerle encima. La silla se había roto bajo sus
posaderas y con ella su debilidad se volvió locura.
Los
compañeros gritaban: ¡inocente!, ¡inocente! El profesor llamaba a
la calma mientras mantenía aquella estúpida risita. Él chillaba.
compañeros gritaban: ¡inocente!, ¡inocente! El profesor llamaba a
la calma mientras mantenía aquella estúpida risita. Él chillaba.
Se
levantó como pudo. Cogió su mochila del suelo y sacó la escopeta
de cañones recortados de su padre. El primer disparo fue al techo.
Sus compañeros y profesor al suelo. Ahora, la sonrisa estúpida se posó en
su cara.
levantó como pudo. Cogió su mochila del suelo y sacó la escopeta
de cañones recortados de su padre. El primer disparo fue al techo.
Sus compañeros y profesor al suelo. Ahora, la sonrisa estúpida se posó en
su cara.
―¡Inocentes!,
¡inocentes! ―dijo remedándolos
mientras cerraba el aula con llave. El silencio era sepulcral―.
¿Qué pasa ahora? ¿A que ya no tiene tanta gracia?









