«Inocente, inocente»

Para
él, ir al colegio cada día era un suplicio. Según cruzaba las
grandes puertas acristaladas, notaba como las risas se mofaban de su
ropa o de su pelo…, las miradas se posaban sobre su persona, como
las moscas lo hacen sobre la carne podrida. Así se sentía, podrido.
Pese
a ya estar todos sus compañeros sentados, un extraño silencio
invadía su aula. Se dirigió a su pupitre sintiendo cada una de las
miradas que, como puñaladas, le atravesaban la espalda.
Se
fue a sentar en el preciso momento en el que el profesor entró por
la puerta. Estrepitosamente cayó al suelo. Una lluvia de monigotes
blancos comenzó a caerle encima. La silla se había roto bajo sus
posaderas y con ella su debilidad se volvió locura.
Los
compañeros gritaban: ¡inocente!, ¡inocente! El profesor llamaba a
la calma mientras mantenía aquella estúpida risita. Él chillaba.
Se
levantó como pudo. Cogió su mochila del suelo y sacó la escopeta
de cañones recortados de su padre. El primer disparo fue al techo.
Sus compañeros y profesor al suelo. Ahora, la sonrisa estúpida se posó en
su cara.

―¡Inocentes!,
¡inocentes! ―dijo remedándolos
mientras cerraba el aula con llave. El silencio era sepulcral―.
¿Qué pasa ahora? ¿A que ya no tiene tanta gracia?

«Atormentados»

Ella los mantenía aferrados contra su pecho. Aunque ya superaba los setenta años aquella imagen le trajo a su mente recuerdos de su niñez, cuando su madre hacia lo mismo por ella, más o menos cuando tenía la misma edad que la que tienen ahora sus nietos.
Ahora la casa se mantenía a oscuras. Esperaban el momento en que que el fuerte estallido hiciera retumbar todas las paredes, muebles y enseres. No se hizo esperar. Los niños chillaron asustados. La abuela intentaba calmarlos, sin mucho éxito, entonando, con cadencia suave, sus viejas de canciones de amor. Intentaba que no se le notara el temor que ella también padecía.
Una nueva calma. Un gran destello volvió a iluminar el salón. Impulsados por el pánico intentaron protegerse debajo de la mesa del comedor, tapados por la gruesa madera y por el raído mantel. A los nietos les temblaba el cuerpo, a la abuela también el corazón. Tras la siniestra iluminación del relámpago esperaron el estallido del trueno. Aunque tardo un poco más fue desgarrador. La tormenta pasaba pero el terror había anidado para siempre.

«Enamorada»

Aquella
era la última noche del curso de verano al que habíamos acudido y
estábamos celebrando la fiesta de despedida. Se había formado un
buen grupo. Chicos y chicas de distintos lugares que habíamos
congeniado. Lourdes era una de ellas.
Era
una chica de grandes ojos verdes y muy simpática. Habíamos
simpatizado y pasábamos largos ratos juntos. Hablábamos de nuestros
planes futuros, del trabajo de fin de carrera, de su novio…
Semiacostados
en aquel sofá, mientras los demás bailaban, cogidos de la mano,
comencé a bromear sobre cómo me excitaba ver el piercing que
llevaba en el ombligo. Ella, desafiante, se levantó la camisa para
dejármelo tocar.
―Ahora
mismo te comería a besos ―le dije mientras acariciaba el adorno
con la yema de mis dedos.
Ella
no pudo sostener mi mirada pícara. Bajó la cabeza y, colocándose
bien la camisa, se levantó. Mostrando una ligera sonrisa en los
labios, me tendió su mano.
―Acompáñame.
Nadie
nos vio salir. La puerta del salón daba a un pasillo de la
residencia. Llegamos a las escaleras. Sin mediar ni una sola palabra
subimos hasta el primer rellano. La atraje hacia mi y la besé. Ella
respondió ardiente.
Las
risas de los compañeros nos coartaba. En silencio subimos un piso a
la búsqueda de un lugar alejado del tumulto y de miradas
indiscretas. Ninguna de las aulas estaba abierta así que nos
arrinconamos en el espacio situado entre dos puertas de acceso.
Volvimos
a besarnos con desenfreno. Mis manos abarcaban su cara. Ella se
aferraba a mi cintura atrayéndome hacia su cuerpo. La humedad de
nuestras bocas se mezclaban con suaves jadeos.
Mis
manos viajaron por su cuerpo a la búsqueda de sus pequeños pechos.
Con destreza, desabroché, uno a uno, los botones de la camisa. El
muro que suponía su sujetador no fue obstáculo para liberar sus
pezones. Estaban tiesos. Mis labios se amoldaban a su forma mientras
mi lengua jugueteaba con ellos.
Lourdes
arqueaba la espalda. Gemía mientras manoseaba mi cuerpo. Estábamos
muy excitados.
Unas
voces rompieron el momento. Un grupo de personas caminaban hacia
nuestra dirección. Nos quedamos inmóviles pegados a la pared. Las
luces permanecían apagadas por lo que pudimos pasar desapercibidos.
―No
podemos seguir ―me
susurró al oído mientras se abrochaba― Sería un error que
siempre lamentaré.
Sus
manos cálidas y temblorosas me acariciaron las mejillas. Continuó
hablando:
―Me
has hecho sentir muy feliz, pero estoy enamorada de Carlos.
Aún
excitada sus labios me propiciaron un potente beso que lejos estaba
de ser el que se le da a un amigo. Fue su adiós, para siempre.

«¿Qué hace ese resorte de mi viejo sillón clavándose en mi?»

Sí,
sé perfectamente que el título es un poco largo, pero es que la
historia también se las trae. Intentaré condensarla.
     Lo
típico de las películas es que el marido, cuando hace algo poco
desagradable, a los ojos de su venerada esposa, termine con sus
riñones aplastados en el sofá del salón. En ese tan cómodo en el
que dormimos unas gratificantes y reparadoras siestas de quince o
treinta minutos.
     Cuando
en vez de siesta, la relación con el sillón pasa a ser de una
noche, nuestro concepto de tener un cómodo y cálido mueble cambia
por completo. La cosa empeora si el susodicho tiene unos años, el
terciopelo floreado gastado y un sistema de muelles algo
decimonónico.
    La
primera hora refunfuñas por el hecho de que te hayan mandado a
dormir al sillón. Los efluvios del alcohol y la pesadez de la comida
no ayudan mucho a contraer el sueño, así que le das vuelta al coco:
¿Porqué?, no es para tanto… Después de conseguir una postura,
más o menos agradable, descubres que no puedes darte la vuelta y,
mucho menos, abrazar la almohada como estás acostumbrado, sobre todo
porque se quedó en la cama y no tienes los “aquellos”
suficientes para ir a buscarla. Con el brazo dormido, la cadera
empieza a desencajarse y un pie cae al suelo, por aquello de impedir
el movimiento circular de la cabeza. Los ojos empiezan a cerrarse.
      Sin
querer descubres que algo comienza a moverse por debajo de los
riñones. La otra pierna, que lleva rato sobresaliendo del
reposabrazos contrario, da señales de falta de circulación. La
nalga derecha ya no se siente. Todo ello junto, lleva a intentar
realizar un movimiento compacto de readaptación. Uno, que en estos
instantes ya tiene las condiciones físicas bastantes desmejoradas,
decide contar y mover todo el pack. Uno, dos y tr… ¡¡¡me
cag…..en la……!!! Justo
en la diana. Acaba de saltarse uno de esos hierros retorcidos, que en
otra época seguro que servía para algún tipo de tortura. No solo
queda una hora para que se levanten los niños, sino que, además de
apuñalado por la espalda, tendré que dormir, o algo parecido, con
esta cosa entre mis posaderas. ¡Lo mio no tiene nombre! Y además
habrá que comprar un sofá nuevo, que la culpa será mía. Con lo
cómodo que era este.

«El mejor regalo»

Que
soy un soñador ya lo sabemos, pero lo que a lo mejor no sabes es que
tú también puedes serlo. Hay personas a las que les gusta
imaginarse inmersas en un barco a la deriva, o en una cueva, o en lo
más alto de una montaña a la espera de conseguir las bondades de la
tranquilidad y la calma de su cumbre.
     Anoche
Eloísa soñó. Nunca lo había hecho como aquella noche. Se imaginó
sentada en lo alto de las hojas de una planta mágica, que mucho le
hacía recordar las habas con las que Pedro iba a la búsqueda del
castillo del malvado ogro. Aquella historia era distinta.
     Las
hojas no eran normales. Eran hojas de libro. Ella reposada sobre el
tallo imaginaba y viajaba incansable entre las aventuras y
desventuras que allí se relataban. Estaba feliz. Podía evadirse a
otros mundos con el más preciado de los tesoros, su imaginación.
    Aquella
historia era la primera que leía de verdad, con intencionalidad.
Cierto es que había aprendido a leer hacia muchos años, pero aquel
libro era su primera vez. Se lo habían regalo junto a un deseo de
amor y esperanza.
     Su
primera sensación fue de rechazo, ¡menudo regalo! Pero algo tenía
que llamó su atención. Se atrapó. Leyó durante horas. No podía
dejarlo.
     Al
despertar descubrió que disfrutar de un libro es gozar de la vida
misma. Es vivir miles de vidas, en miles de sitios, con miles de
sentimientos, que poco a poco irán completando y llenando el alma.    Tras la lectura entregó su amor.
     No
pierdas la oportunidad. Leer es vivir, gozar, disfrutar, amar…
¡Feliz
Día del Libro!   

«Crash Therapy»

Sin duda no está todo inventado. La foto que origina este post viene de la radio. Al parecer, en Valencia, han creado una empresa llamada Crash Therapy. Se definen, y cito textualmente, como «…una novedosa e inédita alternativa de ocio. Se trata de una de las últimas innovaciones en el alivio del estrés…». Al parecer el negocio funciona de forma bastante sencilla. El cliente llega y tras decidir el paquete que quiere contratar entra en una sala y se dedica a sacudirle a todo lo que se encuentre.
          La oferta, por el momento, se concreta en dos opciones:
A) Paquete básico: Consiste en tener acceso a la Sala Crash, en la que se encontrará con veinticinco piezas de vajilla, que previamente ha elegido, y una colección de porras, bates de béisbol… Al terminar podrá entrar, para relajarse, en la sala zen y disfrutar de un sillón de masaje y de un zumo para rehidratarte. Precio Veinte euros.
B) Paquete Premium: Todo igual excepto por el número de piezas de la vajilla, que pasa a ser de treinta y cinco, además de un pequeño electrodoméstico (microondas, teclado, radio…) al que también podrá destrozar a sus anchas.
          Otro aspecto sorprendente e incluido en el precio es que, tras la diversión, te puedes llevar a casa, como recuerdo, un maravilloso DVD con tus momentos Crash. Como regalo estrella, de manera optativa, y con el fin de que se pueda fardar con los colegas, te pedirán autorización para colgar tus imágenes en «Youtube».
          Así que ya sabes, si estás en paro, si la crisis te está consumiendo o si eres de esos que tiene algo de pasta para invertir en un negocio sorprendente e innovador, no lo dudes, este puede ser tu proyecto. Solo un consejo, cuidado con la vajilla de casa.

«Lo llaman arte moderno»

Reconozco que en el mundo del arte moderno soy un auténtico “totufo” ―para aquellos que me leen desde el otro lado del charco, quiero informarles que tal palabrota es un canarismo, sinónimo de tonto, torpe, incapaz, negado, inútil…―. Dentro de este mundillo hay algunas cosas u “obras” que parece que puedo entender. O no.
Hace unos días se inauguró ARCOmadrid 2012 cuyo objetivo principal es “fomentar la promoción y difusión del arte contemporáneo español”. Y, preguntó yo ¿qué hay más español que una estatua de Franco metido, cual Disney, en una nevera de refresco?
Al parecer este engendro es arte moderno. Yo no digo que no, pero de lo que sí estoy seguro es que ha dado que hablar, y mucho. No me cabe la menor duda de que el arte es, o pretende ser, la representación de las ideas, emociones…, del mundo ―según los ojos de la persona llamada artista―. Pues, en este caso lo logró.
Según mi corta entendedera ―al igual este es otro de esos canarismos―, que se haya hablado tanto de esta estatua no es otra cosa sino un reflejo de que, esta España nuestra, no ha superado al Generalísimo y que tenemos la sensación de que, aún tieso ―de ahí la alegoría de la nevera―, nos sigue observando y marcando nuestras vidas, la política, la justicia…
En fin tengo claro que esto del arte moderno es complejo y difícil de entender. Sin duda hay ciertas obras, y una es esta, que no me compraría, ni pudiendo.
¿Te imaginas levantarte todas las mañanas y encontrar a la susodicha ―¿canarismo? No― nevera, con tan feo fiambre dentro?

«Desde la cumbre»

Las botas que le llevaron ladera arriba son las mismas que tiene desde hace años. El aliento que le empujaba a seguir caminando era nuevo.
La cumbre se le había resistido, pero el premio valía la pena. Estaba dispuesta a enfrentarse a todo lo que se le venía encima. Sabía que no estaba sola, que contaba con el apoyo de todos los que le rodeaban y lo que era más importante, tenía su propia y poderosa fuerza interior.
Ahora, desde su posición, el mundo se rendía a sus pies. Sabía que la prudencia y la tranquilidad debían ser las características que dominaran su carácter en estos momentos tan importantes. Estaba orgullosa y llena de felicidad. Pero el camino es intrincado y lleno de peligros. Caminar, y más por estos senderos, siempre hay que hacerlo despacio, con calma, con los bastones bien apoyados y los pies pisando firmes las piedras del camino.
El camino de vuelta es largo así que recórrelo despacio. Disfruta de cada momento.

«¿Quién tiene el mando?»

Hoy es el día de mi boda. En estos momentos estaríamos cortando la tarta nupcial o paseando por las mesas para hablar con los más de ciento cincuenta invitados, pero no me presenté. Llevo un par de horas sentada frente al televisor con la mirada perdida, contemplando la nada.
            Todo comenzó esta mañana cuando, tras pasar un par de horas con el peluquero, otra con la maquilladora, varios minutos tranquilizando los nervios de mi madre y escuchando las loas a mi hermosura de mis hermanas, me he encerrado en la habitación y no he salido.
            Al principio, del otro lado, me hablaban con cariño: que si eran nervios, que tranquila que pasa pronto, que no te preocupes… pero yo aquí sabía que nada de eso era verdad. Tras un cuarto de hora sin hacer comentarios, comenzaron a aporrear la puerta y los nervios hicieron acto de presencia. Al rato llegaron los gritos, las órdenes y las palabrotas, seguí impertérrita.
No se el tiempo que pasó pero, tras un tiempo de calma, escuché la voz de mi prometido que se dirigía a mi con suavidad. También se cansó, chilló, aporreó la puerta, me mandó a la mierda y se fue.
Imagino que ahí fuera nadie querrá hablar conmigo. Quizás por eso sigo aquí, sentada, mirando la tele. No importa. Ahora toca pensar: ¿Por qué lo he hecho? ¿Por qué no me he casado? ¿Por qué lo he dejado todo?…  No sé, pero está claro que no estoy preparada para compartir el mando de la tele.

«Cuestión de pauta»

Siempre aparecía DOminante, no le importaba la situación, el lugar o el público que estuviera expectante. Para ella, lo más importante era mostrarse, dejarse ver, siempre de manera REsuelta y decidida, para que sus múltiples admiradores, o sus posibles enemigos, se acobardaran en su presencia.
            MI humilde personalidad no podía con ella. Me costaba entender su situación, sus combinaciones y cambios de actitud, su carácter…, aunque me resultaba muy FAscinante  escucharla y tenerla a mi alrededor, por lo que, casi cada día, me aplicaba y ponía todos mis conocimientos, y mi mejor actitud, en entenderla.
SOLo una vez, me atreví a corregirla situándola en el lugar adecuado. LA mirada que me dedicó fue penetrante, amenazadora. Para ella, SIn duda, yo había cometido un error, pero estaba tan seguro de lo que había hecho que jamás se atrevió a discutírmelo.
En aquella ocasión la había DOmado pero, en el fondo, los dos sabíamos que el pentagrama era suyo y que la nota la daba ella.