«¡Maldita!»

La noche es una estrella en tu cucharilla opaca, doblada y quemada. Siempre lo has dicho, siempre que la poesía te invadía, pero nunca has pasado de ahí. No podías.
Hoy el pequeño utensilio yace muerto en el suelo, más negro y más quemado que nunca, como su dueño.
El burbujeante brillo del líquido al calentarse no volverá a flipar tu mente, no volverá a invadir tus venas con su letal contenido. Hoy, la calidad era mala y la dosis mortal. ¡Maldita cucharilla!, ¡Maldita heroína! 

«Duro lunes»

Por fin he llegado a casa. Los lunes son horrorosos y sólo pienso en que llegue la hora de regresar al hogar para tumbarme en mi sillón, con el mando de la tele entre las manos y tomar el merecido descanso tras un día infernal.
            El trabajo se hace duro. Siempre hay miles de cosas que hacer, gestiones que realizar, clientes a los que atender y, al parecer, todo el mundo estima que lo suyo es más importante que lo de los demás, por lo que continuamente ando liado de aquí para allá, con el teléfono, la fotocopiadora, los emails…
            Nada más entrar por la puerta de mi hogar su sonrisa, su suave voz, su tierna mirada y sus tersas manos borran mis problemas de la mente y las arrugas de expresión de mi cara. Es una auténtica delicia compartir mi vida con ella. Por suerte sus días, trabajando en una lonja de pescado, no son tan duros como los míos o, al menos, eso me dice. ¡Qué suerte tiene!

«Un calentón»

A mi mujer no le guste que le fastidie sus estrategias por lo que, cuando los oí llegar, desaparecí. Me oculté tras la cortina, impávido.
─No te preocupes ─decía ella─ no sabe nada.
─¿Estás segura?, no quiero que nos pille.
─Claro que estoy segura, ¿Piensas que voy a tirar por la borda mi acomodada posición?
─No, claro ─dudaba el otro.
El silencio que continuó me enervó, los imagina enrollándose. Como no pude más salí gritando. Allí estaban, ella de rodillas frente a él, mientras este le agarraba la cabeza con su mano derecha. El sacerdote y ella oraban en silencio.

«Tres en raya»

Trabajo para una constructora y el rollo de la burbuja inmobiliaria y la crisis me tiene loco. Hasta no hace mucho, edificábamos de todo lo habido y por haber: Edificios, pabellones, gimnasios, auditorios…, éramos los mejores en obra pública.
Como ya todos conocemos, hace un par de años llegó el crac que nadie supo predecir. Con el tiempo nos hemos ido quedando sin trabajo y sin sueldo. También hemos descubierto que sólo unos pocos se han hecho de oro y, por su culpa, ahora estamos en esta situación.
Pasamos el tiempo como podemos. Esperamos otra oportunidad. No sé, quizás uno de esos políticos cantamañanas de tu barrio lee este texto y se le ocurre alguna estupidez, carísima y carente de sentido, que podríamos  construir y así él ganarse unos milloncitos extras y nosotros el pan para nuestros hijos.
(De nuevo, la foto es de Erik Johansson. Te recomiendo que lo busques en internet y descubrirás imágenes realmente im-presionantes).

¿Quién sorprende a quién?

La bala, en la sien, y los calzoncillos de corazones bajados eran una imagen grotesca para un oscuro callejón.
El cuerpo yacía, boca arriba. El agente se acercó con sumo cuidado, no quería estropear ninguna huella, mientras su compañero tomaba posición para cubrirle.
―¿Está muerto? ―preguntó el camarada, manteniendo su mano en el arma reglamentaria.
Como una exhalación el cuerpo se levantó rápido y audaz gritando ¡SORPRESA!
El que estaba detrás no le dio tiempo de escuchar. Por instinto disparó.
―Ahora sí ―dijo el primero mirando a su sorprendido compañero―. Saluda a la cámara, era una broma.

«El aventurero»

Su vida era siempre así, arriesgada. Pasaba horas empapado, de arriba abajo, luchando contra el agua, la espuma…, el fuerte viento.
            Empezó a trabajar allí de pura casualidad. Pensaba que era algo distinto, original e incluso divertido, así que, un día tras otro, lo vivía cual aventura intrépida, con su frontal, su impermeable, sus botas de agua…
Había quienes se burlaban de él y no reconocían el esfuerzo que hacía. Pero, ya hacía mucho tiempo, había decidido no prestarles atención y cumplir con su labor y su horario hasta que saliera algo mejor.
En el fondo le gustaba su trabajo. Se hacía la idea de estar en un barco, en alta mar y en plena tempestad, moviéndose de aquí para allá. Oía rugir el viento y la espuma le salpicaba en la boca.
Al terminar su jornada en el lavacoches, agotado y mojado hasta el alma, volvía a casa para descansar y seguir soñando.

«El camino»

Escuchaba aquella canción «caminante no hay camino…», y no pude hacer otra cosa. Quizás me la tomé demasiado en serio, quizás exageré pero, no pude hacer otra cosa. Literalmente hablando, cogí la calle y la llevé hacia dónde me interesaba, no pude hacer otra cosa.
            En el camino tropecé, una y otra vez, pisé sembrados, piedras y charcos, no pude hacer otra cosa, hasta que mis piernas me arrastraron a tu lado, no pude hacer otra cosa.
            En ese instante me di cuenta de mi error, no pude hacer otra cosa, «…se hace camino al andar».
            Andar es buscar la senda, es encontrar el camino. Andar es respetar al otro.
(La foto es de Erik Johansson. Me llegó por email y llamó mi atención. Te recomiendo que lo busques en internet y descubrirás imágenes realmente im-presionantes).

«Ana de la guarda»

Los ángeles, al caer el sol, huyeron despavoridos como almas que lleva el diablo. La razón era precisamente esa, las sombras del ejército de Lucifer, los ángeles negros, se hacían dueños de la noche y atacarían, sin dudarlo, a cualquiera de ellos que se atreviera a mantener su presencia en las calles.
         Ana se despistó. Sobre ella cayeron cinco «malos espíritus» que destruyeron su dignidad. 
        Tras el sufrimiento, se recompuso y, clamando al cielo venganza, los alcanzó uno a uno. Venció. 
        Juró a las puertas del cielo y regresó a La Tierra. Aquello no le  ocurría a nadie mientras ella fuera su Ángel de la Guarda.

«Extraños»

Cruzaron sus miradas al tropezarse en la puerta del bar. Con claros síntomas de enojo se separaron, enfadándose, consigo mismo, por haberse pedido disculpas.
Cada uno fue a una esquina diferente de la barra. Pidieron lo de siempre, pero no sabía igual. La presencia del otro les carcomía el interior y les infectaba el sentido del gusto. Continuaron mirándose, al principio de reojo y después con cierto descaro, manteniendo desafiantes las miradas.
Al cabo del rato volvieron a tropezar, esta vez en el cuarto de baño:
─¿Qué haces aquí?
─Nada, tomo una copa, con unos colegas del curro.
─¿Y tú?
─Lo mismo, pero no puedo dejar de mirarte.
Aquella frase enfrió la tensión. Molestos tras las continuas interrupciones de la gente, pasando por el pasillo, se dirigieron a uno de los reservados.
─Me hastía tener ganas de besarte. ¡No quiero, no puedo verte más!
─Lo sé, a mi me pasa lo mismo y te recuerdo que ese fue el motivo por el que nos divorciamos.
Tras no aguantar más, sucumbieron, pero improvisaron una solución.

«Sus poderes»

Siempre han dicho de su presencia que tiene grandes poderes. Hay quienes, nada más oler su figura, intentan huir despavoridos, pues consideran que aún no les ha llegado la hora, a la vez que ignoran de la inutilidad de la carrera, ya que al final siempre llega. Otros, en cambio, buscan su abrazo, unos, con gran paciencia o incluso, otros, desesperados.
Basta una sola mirada para destruir el corazón más sibilino. Necesita un breve roce de su cuerpo, sobre la piel de otro, para inflingirle el más fuerte de los dolores. Con su suave tacto hace revolver los estómagos más fuertes y las personalidades más duras. Su aliento puede atragantar las gargantas más bellas y hasta podría ahogar las más gruesas. Cuentan que cuando te llega la hora no logras escapar.
Por suerte hablo del amor y no de la muerte, ¿alguna diferencia?