«El vigilante»

Las tardes de verano son así, tranquilas. Los vecinos, ajenos a mi historia, hacen lo de siempre. Unos juegan al Dominó. Otros pasean. Yo, sentado en la que considero mi mesa, tomo un café helado, siempre de frente a la puerta de entrada. Tras un sorbo, percibo su presencia. Al levantar la vista lo veo. Está en la calle, apoyado en el escaparate del bar, vigilante. Cumple con su trabajo. Por el tiempo que llevo observándolo, creo que es el típico asesino a sueldo de alguna de la mafias que anda por la ciudad, vamos, una joya. Se dedica a “atar los cabos sueltos” pero hoy no me quita los ojos de encima. Lo cierto es que no he sido muy prudente y creo que se ha dado cuenta que lo acecho.
Un gélido escalofrío me recorre la espalda cuando, tras pagar, me levanto y salgo. Él me sigue a corta distancia.
Siento como al doblar la esquina y entrar en el callejón que lleva a casa, amartilla su arma a mi espalda. Me dirige un grito. Al girarme siento como apoya el frío acero del cañón del revolver en mi frente. Dice algo, pero no logro entender sus palabras. Intenta asesinarme. Pobre desgraciado, bastó un movimiento de mi mano para absorber su alma. Su cuerpo cae al suelo. Acaso no sabe que no se puede matar a la muerte.

«Tras el espejo»

Había una vez un espejo. Había una vez una niña que atravesaba ese espejo… tod@s conocemos más o menos la historia pero, ¿qué pasaría si el mágico cristal se rompiera? En principio, no cabe duda, Alicia no podría retornar al mundo real. Supongamos, por un momento, que fue eso lo que ocurrió:
El tiempo se detuvo. Alicia no paró de llorar durante días. Cansada del gran manantial de lágrimas que manaba de sus ojos, la reina de corazones, decidió emitir un edicto para que aquel lamento cesara o le cortaba la cabeza. Se equivocó.
El sombrerero loco, con mucho sacrificio, prometió regalarle, a cambio de su silencio, su sombrero de diez chelines y seis  peniques. Pero aún así… continuó.
El conejo blanco, nervioso, como siempre sólo la rodeaba y rodeaba mirando su reloj y repitiendo sin cesar: «¡Dios mío!¡Dios mío!¡Qué tarde voy a llegar! ¡Qué tarde voy a llegar!». No solucionó nada.
Ante tal estrepitosa escena, el gato de Cheshire, decidió volver a intervenir. Esta vez no hizo desaparecer la cabeza, o un pedazo de sí, sino, más bien, todo el cuerpo y el resto del decorado.
Su magia había avanzado tanto que se olvidó controlar la fuerza por lo que, Alicia, ahora, por fin, estaba allí, tras el espejo, plantada en medio de la carretera, con árbol y todo.
¡Casi me mato!, menos mal que conduzco despacio.
(Imagen de: «El País Semanal» nº 1.750. Domingo,  11 de abril de 2010)

«La leyenda del capitán»

Como cada mañana, el capitán Hudson estaba en el muelle. Tras lo ocurrido tiempo atrás, pasaba las horas muertas con la mirada perdida en la mar.
Hoy hacía justo un año del accidente.
Fue en una mañana fría, como la de hoy. Se encontraba de guardia en el puente cuando un cántico llamó su atención. Salió de la cabina y se alongó por la amura de babor. Sobre unas rocas creyó ver a la más bella de las sirenas, que absorta en sus pensamientos, no se percató de su presencia.
Un fuerte crujido se dejó sentir desde la quilla. Aquel cascarón había chocado. Se partía en dos.
Ella desapareció. Él juró no volver a perder de vista su responsabilidad. Se sabía culpable.
El tiempo pasó y su deseo se cumplió.
Su cuerpo, ahora convertido en noray cumplía su fin.
De la sirena nada se supo, pero hay algunos que aseguran verla rondar por el muelle en busca de su Capitán.
(Imagen de: «El País Semanal» nº 1.747. Domingo, 21 de marzo de 2010)

«Como cada mañana»

Cada mañana, Laura, se asomaba a su ventana y admiraba la magnífica vista que tenía desde su cuarto: las montañas, los llanos, su hermoso árbol…

Como cada mañana, Laura, realizaba un dibujo, de su árbol favorito, y lo colgaba en la pared de su habitación; a través de ellos, podía repasar toda su formación, crecimiento, cambios…
Como cada mañana, hoy Laura, se asomó a su ventana. El paisaje había cambiado y ella quería arreglarlo. Colocó un clip sobre la rama y trabó la hoja que encontró.
Como cada mañana, Laura, miró por la ventana, pero en esta ocasión estaba asustada y temblorosa. Miro su mano. Apretó la cerilla que guardaba.

Jamás volvería a jugar con fuego.

«Las cosas de Tháloc»

Cuentan que un día Tháloc, el Dios de la lluvia, se asomó al borde de la alta montaña en la que vive y, con voz dura y penetrante, mandó a llamar a sus pequeños, deformes, pero poderosos thaloques ─sus ayudantes─, que se acercaron desde los cuatro puntos cardinales como fieles perros llamados por su amo.
─Mirad los pueblos ─dijo─, mirad las tierras ─insistió─ mirad el abandono. Los humanos aún no han aprendido a cuidar a la madre naturaleza. Aún no han aprendido a cuidar de los barrancos, de los bosques de las laderas de las montañas. ¡Recordémoselos!
Los cuatro secuaces, vasija de barro y palo en mano ─que es como los representa la mitología mexicana─ se acercaron a su enojado Dios y obedecieron sus mandamientos.
Con su espectral mano indicó los lugares donde debían romper sus vasijas.
El agua, guardada en el vientre de los cántaros al recibir el golpe certero de los palos, cayó con fuerza y furia. El ruido producido por el choque del palo contra la cerámica se tradujo, en la tierra, en imponentes truenos. Los pedazos de loza, al caer en el suelo, se convirtieron en potentes rayos destructores.
Tháloc, desde lo alto rió.
Nosotros desde nuestra destrozada tierra lloramos.

(Foto del temporal acaecido en Tenerife el 1 de febrero de 2010)

«El hombre tras la ventana empañada»

Había una vez un reino tan oscuro que, los seres que vivían en él apenas conocían la luz del sol. Llevan años, tal vez siglos, encerrados en una oscuridad tal que los colores, poco a poco, fueron borrados, el brillo del sol sobre las tímidas aguas de los ríos desaparecieron y el canto de los pájaros quedó apagado para siempre.
En aquel triste reino habitaba un pequeño hobbit, muy entrometido, que gustaba curiosear por las ventanas en busca de acontecimientos, que después comentaba con los demás de su calaña.

En una ocasión descubrió el gran secreto que guardaba el rey, en referencia a la oscuridad del reino. Al ser atrapado por la guardia, un gran maleficio cayó sobre su persona y, en un santiamén, fue convertido en triste estatua de sal, para ser exhibida tras una redonda ventana, siendo conocido como «El hombre de la ventana empañada».
Encerrado así, en su propio cuerpo, gritaba y gritaba a todos los seres cuál era el secreto y cuál era la solución. Lo que averiguó está en su interior y su liberación depende de que tú, si tú, lector/a, averigües y comentes el secreto del triste reino.
¿Quieres salvar al hobbit? ¿Cuál es el secreto del rey? Responde en comentarios.
(Imagen sacada de Revista El Pais, domingo 15 de noviembre)

El atrapador de sueños

Jack y Ned andaban tranquilos por el campo; parloteaban, bromeaban, cambiaban impresiones sobre el paisaje… Era una costumbre que tenían desde hacía ya algunos años. Ellos, se tomaban el domingo de otra manera, a la par que disfrutaban de la charla y los sueños de su compañero.
El tiempo pasaba y, sin ellos darse cuenta, algo raro comenzó a ocurrir a su alrededor.
El mundo que ellos conocían, o al menos el que creían conocer, se desvanecía poco a poco, como succionado por un desagüe, bajo sus pies. Ambos se miraron y sonrieron. Ambos me miraron y sonrieron.
Yo, del otro lado de la historia, recogía la escena en mi pequeña caja mágica ─blanca, cúbica, inmaculada, personal e intrasferible, donde guardo, y a veces escondo, mis anhelos y quimeras─ mientras los admiraba complaciente por lo que les iba a ocurrir.
Al fin de cuentas todo era un sueño y además, era mío.

El espejo de Luna

Entre las aguas tranquilas y plateadas, que lucen nuestros ríos y lagos, siempre aparece el resplandor de Luna; inmóvil, relajada, bella…, cada noche se asoma a este espejo para observar su esfera y lucir su brillo amable y tierno.

Cierta noche asomó su cuerpo por el balcón, para cumplir con su tradición nocturna, pero algo asombroso impidió su práctica, su espejo había desaparecido, las aguas no estaban, ¡era incapaz de verse! Ansiosa llamó a las nubes, las nubes al rocío, el rocío al viento, el viento a… Nadie pudo darle una explicación razonable de lo que ocurría, por lo que, nuestra presumida Luna comenzó a llorar.

El lamento se hizo intenso y de sus ojos brotaron caudales de lágrimas que poco a poco cayeron a la tierra.

Una voz, ronca y penetrante, acompañada de unos ojos oscuros y tiernos, rompió su sollozo:

─¿Porqué lloras? ¿Acaso dudas?

─¿Cómo?, ¿no ves lo que pasa? ¡No me veo!

─Pero eso no quiere decir que no estés, sino que no te ves. Ten paciencia, deja que el tiempo pase y… La voz, acompañada de sus ojos, desapareció.

Luna, tras seguir el consejo, veía como noche a noche, su cuerpo se transformaba hasta volver a ser ella misma. Siempre había sido ella, pero la oscuridad que la rodeaba le impedía descubrir su naturaleza.

El hada roja

Llevaba tiempo dándole vueltas a su disparatada cabeza; ¡las cosas debían cambiar! Marie, el hada roja del bosque, decidió que aquellos acontecimientos no podían repetirse, así que se calzó sus hermosos zapatos rojos y, con pasos firmes y decididos, se internó en lo más oscuro de la foresta.

Cuando llegó a su guarida descubrió que él no estaba. Era un personaje abominable al que todos los animales, incluso los lobos, le tenían miedo. Su aspecto zarrapastroso, peludo y grande le hacía convertirse en ser indeseable.

El hada miró a los lobos y los invitó a entrar al interior del escondrijo, fuera nevaba. Al poco rato de estar refugiados comenzaron los ladridos, aullidos y demás gemidos; ¡él estaba cerca!
Su bello cuerpo, poco a poco, fue llenándose de pelo y músculo, su transformación espantó tanto a los animales que, otrora momento la miraban absortos ahora la temían y odiaban.

Ellos huyeron; ella volvió a quedarse sola con su otro yo.

El escondite.

Incluso en aquellos angustiosos momentos, el señor Zaisberger creía tenerlo todo bajo control: la cama hecha, la ropa recogida y bien colocada en el armario y la mesa ordenada. Nada parecía indicar lo que escondía.

Tras el estruendo que siempre producía la apertura general de las rejas, Zaisberger comenzó a temblar. Sabía que hoy le tocaría a él y quería estar seguro de que todo estaba en perfecto orden, así que antes de que entraran decidió echar una fugaz mirada, con el rabillo del ojo, a su pequeño habitáculo mientras se mantenía perfectamente firme junto a la puerta de entrada a su calabozo.

– ¡Sal! –ordenó aquel animal de cerca de dos metros de altura y con cuerpo de armario-

Todos lo llamaban Baltasar “El Sangriento” ya que su diversión principal era hacer daño a los reclusos. Era el jefe de la guardia y no sólo su aspecto, sino también su actitud y forma de hablar le hacían un ser absolutamente abominable.

Sin ningún reparo tiró el armario al suelo, rajó el colchón y destrozó la chaqueta que estaba en el perchero. Seguidamente, y con los ojos inyectados en sangre, se dirigió a él y cruzándole la cara con una fuerte bofetada, que casi lo tumba al suelo, le dijo:

– No me gustas, librero –así lo llamaba- eres de lo peor que hay aquí. Sé que escondes algo y lograré averiguar qué es, aunque tenga que arrancártelo a bofetadas. Le arreció otra bofetada.
– ¡Capitán! –A lo lejos una voz interrumpió la acción dándole un momento de respiro- lleve al prisionero a la biblioteca, tiene que terminar su trabajo.

Por segunda vez esta semana el General había cortado la acción de “El Sanguinario” y eso le hacía dispensarle simpatía. Sabía que el trato de protección sólo era por interés del “Régimen” ya que se le había encargado escribir la historia de lo ocurrido, suavizando ciertos acontecimientos de los que, aún sintiéndose orgullosos de ellos, consideraban que era mejor que la Comunidad Internacional no se enterara.

Fue llevado entre empujones, gritos e insultos, a la biblioteca y allí se le dejó, sólo encerrado bajo siete candados y siete llaves en la más oscura tranquilidad.

Delante de él, una hermosa librería albergaba, también prisioneros, los más sublimes títulos de la historia. Sabía que sólo eran de consulta y que bajo ningún concepto podía sacarlos de allí o hablar de su existencia con el resto de los presos, so pena de muerte.

El “Régimen” se había dedicado a secuestrar las bibliotecas y esconderlas en grandes naves como aquella para que nadie tuviera acceso a ellas.

Tras releer los últimos párrafos de su escrito intentó continuar con su escritura pero un ruido a sus espaldas lo estremeció.

– ¿Quién eres muchacha? ¿Qué haces aquí?
– Psst, calla. ¿Eres Zaisberger? ¿Eres el escritor?
– Sí, pero no entiendo. ¿Cómo sabes mi nombre? ¿Cómo has entrado?
– Eso ahora no importa. Escucha atentamente. Mi nombre es Leyend y soy una de esos personajes de cuento que “El régimen” quiere destruir. Nuestro destino está en tus manos. No puedes escribir esa historia debes acompañarme y contar la verdad.
– ¿Acompañarte?, ¿adónde?, ¿cómo?
– Es fácil dentro de unos momentos la luz de todo el complejo se apagará. Eso permitirá que el blindaje que les protege abra un agujero en su seguridad durante diez segundos. Aquí debajo se abrirá un portal que nos llevará al momento de la historia que deseemos y desde allí deberás escribir toda la verdad para que las generaciones futuras impidan este genocidio y el Régimen de los Trolls no vuelvan a reinar sobre la humanidad.
– Pero, ¿y los demás?, ¿y los libros?
– Nada de eso importará si tú terminas esta historia. Simplemente lograremos que esto no haya ocurrido, que todo quede en una simple anécdota, en una fábula.
Dicho y hecho, la luz se apagó y las alarmas comenzaron a sonar. Al encender mi linterna pude ver como la muchacha se agachaba y apartaba los libros de la parte baja de la estantería, permitiendo el acceso a un especie de tobogán que nos llevaría a no se sabe dónde.
– ¡Sígueme! –dicho lo cual la joven se esfumó por el agujero.

Quedé parado absorto, pensativo hasta que volví en mí y descubrí los rugidos y golpes de El Sanguinario tras la puerta intentando entrar e impedir mi huida. Sin más me lancé, sombras de historias me siguieron, y el agujero se cerró tras de mí.
Me había salvado. Contaría la historia, la de verdad.