Los
conozco desde siempre. Estudiamos en la Universidad, salíamos
de marcha, reíamos y llorábamos juntos. Sin miedo a equivocarme
puedo afirmar que los chicos me trataban como si fuera una más;
decía y hacia los mismos disparates que ellos.
Mi
primer novio era uno de ellos. Yo fui su primer amor, pero, por esas
cosas del destino, mi relación con él termino hace tiempo. Desde
entonces, siempre nos hemos llevado bien, por mucho que eso le pese a
su esposa.
Me
casé, divorcié y ahora me he vuelto a casar. Por su parte él sigue
casado con la misma.
Nos
conocemos, me la han presentado unos diez veces y siempre que nos
vemos ocurre lo mismo, hace como que no me conoce.
Ayer
nos volvimos a encontrar. Ellos, como siempre, no reparan en abrazos,
carantoñas, bromas…, como si siguiéramos siendo el mismo grupo.
Ella, engreída y estirada, para fastidiar, solo se le ocurrió
volver a hacerse la que no me conoce:
—¿Y
tu quien eres? —dice con cara de mosquita muerta, a la vez que se
acerca para darme un beso.
—¿Yo?
—cínica, me acerco para responder al beso— la que desvirgó a tu
marido.
