«Trenzar un sueño»

Sus
avanzadas manos son duras, como siempre lo fue su persona. Las
callosidades que presumen, provocadas por tantos años de trabajo, se
han convertido en parte de su propia alma. Las tiene por todas
partes. Apenas sonríe. Nunca lo hizo. Entre sus arrugas se puede
leer el hambre del pasado y las penurias vividas. Grandes fueron los
esfuerzos que tuvo que hacer para sacar adelante a su familia. Hoy
está solo, viudo de esposa y de hijas, que ya casadas se han ido
alejando de su terquedad y dureza, típica del hombre del campo.
Algo
le ocurre. Sus manos siguen rizando, trenzando y doblando las duras
varas que siempre le han acompañado. Pretende cumplir un encargo.
Quizás el más especial de toda su vida. La cesta más bella que
jamás hizo, la que acunará a su primera nieta.
Con
tiento moldea las ramas, y en cada una de ellas coloca un poco de
amor, de su misma esencia, de la que mantiene en el fondo de su
corazón. De la misma que pensaba que no le quedaba. 
La noticia del
cercano alumbramiento hizo en él revivir sentimientos del todo
olvidados. Abandonados. La cuna será su manera de pedir perdón.
Pero está solo. Un dolor inmoviliza su brazo izquierdo. Jamás
conseguirá cumplir su sueño.

«Resumiendo a Don Carnal»

Terminado el Carnaval, o por lo menos el importante, es hora de empezar a recuperar nuestros castigados y agotados hígados, en particular, y cuerpos en general. 

Como llegados del asteroide impactado sobre Rusia en esos mismos días, desembarcamos, en la fiesta de la lujuria y el desenfreno, un grupo de seres interplanetarios vestidos de rojo fuego y brillante plata. Ellas imponentes, como siempre, y nosotros resplandecientes, no por valores innatos —como es su caso— sino por los leds incorporados a nuestra vestimenta.

Mucho fue el sacrificio para completar los ropajes, sobre todo el de las chicas que nosotros tenemos un ángel guardián que se encarga de todo, muchas las horas de preparación, sobre todo del transporte auxiliar para socorrer y avituallar a tan magna compañía, y muchas las risas emitidas símbolo inequívoco de la diversión. 
Disfrutamos mucho de la música, la fiesta, el asueto, el baile, el coso… todo rodeado de tan buenos, aunque alienígenas, amigos. Echamos de menos a una de las promotoras, que infectada por los virus terráqueos se vio obligada a guardar la compostura entre sudores, escalofríos, fiebres y toses.
Ahora solo queda ver las fotos, revivir los recuerdos y empezar a planear el carnaval del año que viene.

«Un consejo sorprendente»

Mientras
suelto las pastillas en las hierbas altas miro a mi alrededor. Noto
como todo ha cambiado, hay algo distinto en el ambiente, pero aún no
sé qué es. Quizás sea el aire, que parece estar levantándose, o
las sombras que proyecta el sol, casi llegando a su ocaso. Sí, eso,
las sombras parecen ser más grandes de lo habitual.
Un
ruido ensordecedor a mi espalda llama mi atención. ¡¿Qué es eso?!
¡Cielos! ¡un grillo gigante! Por lo menos me triplica el tamaño y
parece tener hambre. Lo de las pastillas empequeñecedoras era cierto
pero, ¿qué hago ahora? ¡Oh no! Quiere cogerme. ¡Socorro! ―grito.
―¡Corre!
―Alguien contesta. ¿Una
hormiga?― ¡Corre!

«La sorpresa de la noche»

Era
uno de esos días para olvidar: el coche se había estropeado, las
cosas no iban bien en la oficina, le dolía la espalda, había
discutido con un amigo y lo único que tenía ganas era de llegar a
casa; así que, con tanto factor en su contra, decidió marcharse
antes de la hora habitual.
Al
entrar le sorprendió la tranquilidad. Las luces estaban apagadas y
una música se dejaba escapar, escaleras abajo, amortiguada por
alguna puerta cerrada.
Dubitativo
subió la escalera peldaño a peldaño, intentando anteceder lo que
podía estar ocurriendo. 
Tal y como se había imaginado, la puerta de
su cuarto estaba entreabierta. Una sombra se movía alegremente por
el cuarto, al son de un ritmo ágil y alegre.
Abrió
la puerta temeroso. Su mujer estaba en ropa interior de encaje con
todo preparado. Sonaba «la
Billo´s». Sobre
la cama el disfraz de ambos. ¡Había llegado el carnaval!

«Superando mis miedos»

(Historia
de dos. Cap. IV)
(Si
no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)
El frío líquido bajo por mi
garganta refrescando y aminorando mi sonrojez. Ella seguía con sus
ojos clavados en mí.
―Esta buenísima.
―¿Quién yo? ―dijo mientras
exhibía una risita pícara―. Gracias.
― Bueno, eso también ―admití
mientras los colores volvieron a invadir mi rostro―, pero hablaba
de la cerveza.
Yo mismo me sorprendí de lo
audaz y rápida de mi respuesta. Ella rió abiertamente siguiendo el
juego que habíamos planteado.
Volvimos a chocar nuestras copas
y continuamos hablando un buen rato. Recuerdo que lo hicimos de todo
un poco: de nuestros trabajos, de las amistades comunes, de
aficiones… Estábamos a gusto enseñando al otro todo nuestro
perfil.
El camarero entrometido hacía
acto de aparición de vez en cuando, unas veces para intercambiar con
ella alguna palabra o broma y otra para sustituir las cañas vacías
por otras recién tiradas.
La tarde se pasó en un
santiamén. Llegado el final de la tercera cerveza decidí que era
hora de marcharme.
―Tengo que irme. Tengo un
hambre que no veo y mañana me levanto temprano…
―¿Vamos a cenar?
―interrumpió― Conozco un sitio aquí al lado muy barato y que
está… como yo.
Ambos reímos. Yo me quedé
mirándola. Era una chica sorprendente, más de lo que mi imaginación
podía pensar. Me gustaba todo de ella: Su larga y ondulada cabellera
negra, su amplia sonrisa enmarcando dientes perfectos, sus simpáticas
pecas que jalonaban sus colorados cachetes… No sabía qué hacer.
Esta maldita timidez no me dejaba reaccionar, o quizás era su
deliciosa mirada.
Volví en mí cuando su mano
asió la mía.
―Esta bien listillo ―dijo
tirando de mi― Nos vamos. Me muero de hambre.
Ambos nos levantamos. El
camarero había dejado la cuenta encima de la barra así que me
apresuré a cogerla.
―Yo invito ―dije mientras
ella le plantaba dos besos al entrometido y éste le correspondía
con algún comentario, seguramente sobre mí, que la hizo reír.
Apenas caminamos cinco minutos.
Ella llevaba su bolso y su pesado maletín del trabajo. Paramos en el
portal de un edificio. Colocó la maleta, con mucho cuidado en el
escalón de la entrada y sacó unas llaves de su bolso.
―¿Dónde vamos? ―pregunté.
―A mi casa. ¿No pretenderás
que cargue con este muerto ―dijo señalando su pesada maleta?
Volví a sonrojarme.
―Pero no íbamos a cenar.
―Sí, en mi casa ―afirmó
mientras abría el portal y me indicaba el camino―, ¿o te da
miedo?