«A ritmo de bolero»

La
música suena en mi mente. Suave y cadenciosa, como lo hace tu voz
cuando susurras tras hacer el amor: Voy a apagar la luz, para
pensar en ti…

Hemos
desconectado nuestros móviles, el ordenador…, hasta el piloto de
la regleta que controla la televisión. Unas velas iluminan la
estancia para así dejar volar mi imaginación…
que se une a la tuya en una cena relajada, sin ruidos. Hasta la
música imaginaria es fruto del maravilloso ambiente que hemos creado
a nuestro alrededor ya que ahí, donde todo lo puedo,
 donde
no hay imposibles, qué importa vivir de ilusiones, 
si así soy
feliz
…
En
principio la idea era estar así, sin luz, una hora. Lo que dura la
cena. Una hora en la que queríamos compartir nuestra conversación,
sin los apuros, las prisas y el cansancio que nos agobia día a día.
Llevamos tres.
Nos
miramos. El deseo nos une. Solo pienso en que te morderé los
labios, 
me llenaré de ti…
Era
una hora que regalábamos al planeta. Una iniciativa fantástica,
mundial, con la que mostrar un pequeño gesto en defensa de nuestro
mundo y por eso voy, a apagar la luz
para pensar en ti.

¿Te
apuntas? Este sábado de 20:30 a 21:30. Más info AQUÍ.

«La respuesta correcta»

―…y
restos de lágrimas en la mejilla.
La
ponencia del decano había terminado con aquella sorprendente frase.
Todos quedamos pensativos observando la última diapositiva. Comenzó
el turno de las preguntas y los comentarios.
―Entonces
se puede afirmar que el sujeto varón murió llorando ―se apuró a
sentenciar Antonio para hacerse notar.
―Puede
―intervino el profesor de manera cortante porque no le gustaban las
afirmaciones hechas a la ligera― aunque no debe usted menospreciar
otros acontecimientos, que también justifican la presencia de esas
lágrimas en el rostro de nuestro sujeto, tales como: una alergia,
obstrucción del lagrimal, irritación…
Antonio
era mi contrincante directo para conseguir aquella plaza de profesor
asociado en la facultad, por eso me atreví a intervenir, sin mucho
pensar, en cuanto el profesor hizo la pregunta clave:
―Entonces,
¿porqué afirmo que esta pareja de momias son Adán y Eva?
―Es
evidente, a él le falta una costilla.

«Cónclave preparado»

Mañana es uno de esos días que, el círculo de amistades de Bene,
consideran sagrados. A lo que hacen lo llaman cónclave, y es que se
reúnen para un único asunto, solo unos pocos elegidos.

Todo está preparado: las cervecitas, los cuencos para los
ganchitos, las pipas, abundantes bolsas de hielo en los congeladores,
por si alguno prefiere un cubata, y las despensas rebosantes de
viandas para soportar, con dignidad, el asalto de tremenda tribu.

Bene y sus colegas, son forofos del fútbol en general y fieles
creyentes del Barcelona en particular, por lo que mañana se juegan
el todo por el todo.

Por esas similitudes de la vida, otro cónclave también tendrá
lugar mañana, con parecidos, aunque no idénticos preparatorios,
sobre todo en lo concerniente a los cubatas, cervezas…, creo.

Entre uno y otro cónclave todo se asemejará, incluido el detalle
final del humo. Ya se encargará Manolo, uno de los colegas del
Berni, nada más terminar el encuentro, de sacar fumata blanca
encendiendo su pipa de agua, cargada de la más exquisita hierba
comprada a la vuelta de la esquina. Cosas de los cónclaves, en
cuanto vean el humo unos gritarán Habemus Papam y otros
Habemus Porrus, pero les aseguro
que la alegría y el entusiasmo será el mismo.

«La hora de la verdad»

«La
hora de la verdad»
(Historia
de dos. Cap. V)

(Si
no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)
La suave fragancia que desprendía
su salón me penetró por todos los poros de mi piel. Se veía que
era un apartamento pequeño, donde todo estaba inmaculadamente
colocado. La decoración rezumaba una mezcla perfecta de buen gusto,
modernidad y delicadeza.
Me temblaba todo el cuerpo.
―¿Qué te pasa? ―dijo
mientras se quitaba su chaqueta y la colgaba en un perchero de pie
que tenía nada más entrar a la derecha.
―No
me lo vas a creer, pero me tiembla una pierna ―contesté muy
sincero.
―¡Pobre! ―se burlo mientras
me acariciaba la cara con una mano, a la vez que rozaba su cuerpo
contra mi antebrazo hasta colocarse justo delante mio―, puedes
estar seguro de que no voy ha hacerte nada, que no te dejes,
claro―continuó diciendo de manera socarrona hasta que se separó
del todo y abrió los brazos―. ¡Bienvenido a mi pequeño reíno!
―dijo mientras giraba sobre sí misma―. Aquí tienes el salón
comedor, ahí la cocina, tras aquella puerta el cuarto de baño y
allí el dormitorio.
Su coqueteo, o más bien
insinuación, me había dejado sin palabras.
―Bonito.
―¿Perdona?, muy bonito. ¿Una
cerveza?
No me lo podía creer. ¡Estaba
en su casa!
―Sí claro ―contesté
mientras la observaba de espaldas.
En lo que ella atravesaba la
barra americana, que separaba su pequeña cocina del salón,
aproveché para dirigirme a la esquina dónde, una gran pantalla de
un MAC reinaba sobre una mesa de cristal. Curioseé las fotos que
tenía colgadas en la pared: recuerdos de viajes, esquiando, con
amigas, noches de carnaval… Había un poco de todo, pedazos de una
vida, todos ellos, que seguro tendrían una razón especial para
estar allí y que yo deseaba compartir.
―¿Te gusta lo que ves? ―giré
sobresaltado. Apenas tenía su rostro a unos centímetros.
―Sí ―afirmé con mis ojos
clavados en los de ella.
Noté como, sin apartarse, una
sonrisa se dibujaba en la comisura de sus labios.
―Hablaba de las fotos.
―Yo no.
La besé. Fue un impulso, un instinto animal, una necesidad primaria que tuve que cumplir y que
no pensé para nada, si lo hubiera hecho seguro que no me habría
atrevido. 
Sus labios me recibieron cálidos, parecían que me
estuvieran esperando. Fue un beso largo, tierno, dado con cariño,
como si ambos, y no yo solo, lo hubiésemos estado deseado durante
largo tiempo.
Ahora, más que la pierna, me
temblaba todo el cuerpo. Mis manos buscaron su rostro para asirlo.
Necesitaba sentir el contacto de su piel bajo la yema de mis dedos,
necesitaba enrollar sus largos tirabuzones entre mis dedos. Deseaba
poseerla. Me había enamorado.