«Trenzar un sueño»

Sus
avanzadas manos son duras, como siempre lo fue su persona. Las
callosidades que presumen, provocadas por tantos años de trabajo, se
han convertido en parte de su propia alma. Las tiene por todas
partes. Apenas sonríe. Nunca lo hizo. Entre sus arrugas se puede
leer el hambre del pasado y las penurias vividas. Grandes fueron los
esfuerzos que tuvo que hacer para sacar adelante a su familia. Hoy
está solo, viudo de esposa y de hijas, que ya casadas se han ido
alejando de su terquedad y dureza, típica del hombre del campo.
Algo
le ocurre. Sus manos siguen rizando, trenzando y doblando las duras
varas que siempre le han acompañado. Pretende cumplir un encargo.
Quizás el más especial de toda su vida. La cesta más bella que
jamás hizo, la que acunará a su primera nieta.
Con
tiento moldea las ramas, y en cada una de ellas coloca un poco de
amor, de su misma esencia, de la que mantiene en el fondo de su
corazón. De la misma que pensaba que no le quedaba. 
La noticia del
cercano alumbramiento hizo en él revivir sentimientos del todo
olvidados. Abandonados. La cuna será su manera de pedir perdón.
Pero está solo. Un dolor inmoviliza su brazo izquierdo. Jamás
conseguirá cumplir su sueño.