«Buscando intimidad»

Extraída, sin permiso, de San Google.

Estoy
cansado de que esté ahí, parado frente al espejo, mirándome,
espiando. Como si yo no me diera cuenta. Voy a plantarle cara:
―Tú,
¿qué haces?
―Ya
lo sabes. Esperaba tu pregunta.
―Para
de leerme la mente. Eres un maleducado.
―No
puedo dejar de hacerlo, es un don.
―¿Un
don?, una grosería diría yo. Necesito que pares de hacerlo, que me
dejes tranquilo y necesito que lo hagas ya.
―¿Por
qué te molesta tanto?
―¡Porque
sí! ¿Es que no te das cuenta?, ¡necesito intimidad!
―No
hay nada en ti que no conozca.
―¡Joder!,
mira que te pones pesado. Necesito estar relajado en el baño. ¿De
verdad que no lo entiendes?
―No
querido, el que no lo entiendes eres tú. Tenemos doble personalidad,
vamos juntos a todas partes, no leo tu mente, soy tu otro yo. Si
cagamos lo hacemos juntos.

«Campamento Scout»

Las cabras siempre tiran para el monte. Este dicho tan conocido una vez más se ha hecho realidad, aunque claro, en mi caso lo hace muy a menudo.

Siguiendo la estela familiar mi pequeña Sara se ha ido de campamento con los Scouts y, allí que hemos ido, apuntados a la acampada de las familias.

Uno, que es cabra criada en los pastos libres, prepara la mochila como siempre: un saco de dormir, aislante, una muda de ropa, la tortillita, los bocatas, el abrigo… Y poco más, que vamos de fin de semana al monte. 

Nada más plantar la caseta en el espacio designado para ello miras a tu alrededor y comienzan las comparaciones: Aquel trajo una caseta que más se aparece un bungaló con recibidor, salón comedor y dormitorio; el otro se gastó más de doscientos euros en un apartamento portátil que no sabe montar; los otros se presentaron en una roulotte; los de más allá cargan con sillas, mesas, manteles, cubertería… ¿Habrán traído lavavajillas? Y nosotros con nuestra pequeña caseta de montaña, nueva, eso sí, que la otra no tenía ni el título de caseta.

Pero sin duda lo que más me sorprende son las diferentes maneras que tenemos, los padres y madres de estos jóvenes exploradores, de afrontar un fin de semana en el campo: Por un lado el «sibarita», que toda las noches se bebe su buena botella de vino y claro, no puede pasar sin ella en el monte, aunque se muestre un poco contrariado por no hacerlo en su copa; después está la «antesmuertaquesencilla» que no se corta ni un pelo en sacar el set de maquillaje y comenzar la charla sobre su rímel, la base que usa, el pintalabios, el lápiz de ojo… Más natural es el «quinqui», que aunque se aparta del grupo para hacerse el canuto el inconfundible aroma llega hasta nosotros; «la masterchef» que cumpliendo con el programa de televisión de moda necesita demostrar lo que sabe y se lleva unas albóndigas en salsa de tomate, bizcochos de varios colores y sabores, ensaladas de pasta, filet mignon y no se qué más delicatesen destinadas a sorprender a propios y extraños; y por último no podía faltar «la pija», siempre arreglada con su ropa de marca, brillantes, cambiándose de modelito cuatro veces al día, según la actividad a realizar, con ese caminar y esa forma de hablar…

En fin, las actividades en la montaña, según la compañía, pueden dar mucho de si, incluso al tan poco acostumbrado glamour campestre.
  

«Clase de Bodytec»

Extraída, sin permiso,  de San Google.

Una vez más mis ganas de probar cosas nuevas me han metido tras las puertas de un gimnasio. Atrás quedaron las mayas apretadas, la cinta de color en la cabeza y los calentadores en las piernas como ocurriera en mi primera clase de spining —¿la recuerdas?—, hoy el tema es más sofisticado y tecnológico.
Para empezar me dejan unos ropajes negros —y yo que pensaba que iba a dejar de lado la vestimenta seductora— como dos tallas menos de lo que uso habitualmente, apretadito que voy —si fuera un traje de luces ya sé dónde están las pilas— y claro hay que ir del vestuario a la sala de actividades. Los ojos se clavan en mi espalda y las risitas en mi alma.
Ya en privado —porque la actividad es individual, con un monitor para mi solito— el tipo —europeo del este— en un castellano aceptable, pero con acento de Kagebé, empieza a explicarme el funcionamiento del chaleco que me va a colocar. Si antes no podía hablar, ahora con esto puesto no puedo ni respirar. Para qué te hagas una idea, ¿te acuerdas del disfraz de carnavales?, ‘pos eso’, pero sin el casco.
Colocado delante del espejo, me avisa de que voy a sentir corrientes en distintas parte del cuerpo y que he de ir avisando para que no duela. ¡Ayyyyyyy! ¡Ya se lo que se sieeeeenteeeeee eeeeeen llllllaaaaaaa silllllllaaaaaaa eleeeeectricaaaaaaaa!
Además quiere que suba, que baje, que me doble, que estire, que me agache. ¡Pero Sergei! ¿qué pretendes? Si no puedorrrrrrrrrr que me tiembla toooooooo.
Bueno, han sido veinticinco minutos de sufrimiento y esfuerzo, pero como uno es medio masoquista, he de decir que me gustó. El entrenamiento es completo. El problema viene ahora: ¿cómo me quito está ropa que además de quedarme pequeña está empapada y del todo pegada al cuerpo por culpa del sudor?
Si la teoría de la máquina es cierta, en un mes estoy como El David. Eso o se arregla lo mio de la cabeza con tanto «electroshok».

«Comedores escolares de verano»

Imagen extraída, sin permiso, del periódico La Opinión.
Con la llegada del verano nuestro gobierno nos sorprendió con el notición de que iba a abrir los comedores escolares para que la gran cantidad de niños y niñas, que están sufriendo los embates de la economía, pudieran tener una «buena» comida al día. 
Además para enriquecer aún más la experiencia y rizar el rizo, con el que salir en la tele y pregonar a los cuatro vientos ¡qué buenos que somos!, va y se les ocurre mejorar la receta contra impartición de clases de inglés—que es que hay un dinerillo de Europa para este fin y hay que gastarlo.
Hasta aquí GENIAL, en mayúsculas, que la idea es fantástica y que los niños/as van a comer y que además van a mejorar…. Y bla, bla, bla…
Organizan los Ayuntamientos, se contratan empresas de catering, se buscan monitores para dar el inglés y otros para servir y atender las comidas, que hay mucha gente en el paro que llevan más de seis meses, que si no tienen ayudas. Y bla, bla, bla, otra vez que salen en la tele, porque estos políticos son «¡tan buenos!» y se les ocurren unas ideas tan fantásticas.
Pero llega el día de abrir. Las ayudantes de comedor nunca han trabajo en un comedor escolar, no tienen el título de manipuladoras de alimentos y no saben qué es lo que tienen que hacer, ni como. «El maestroescuela» asignado a uno de los grupos de niños, encargado de dar inglés, hizo la carrera de magisterio sí —doy fe— pero a trompicones. No sabe inglés, nunca ha trabajado —y creanme si les digo que es mejor así, que no lo contratarías ni para archivar papeles— y no tiene ni idea de manejar a un grupo de veinte diablillos.
Pero como ni la selección, ni la formación de personal parece ser importante en este caso, esto no sale en la tele. Que para eso tenemos unos políticos y políticas tan listos y listas. Y son tan buenos y bla, bla, bla…

Así que, el verano ya llegó. Los niños y niñas, al menos, tienen un plato de comida en la mesa que echarse a la boca, porque inglés no se sí aprenderán, pero reírse lo van ha hacer, se los aseguro, pero del pobre «maestroescuela», y espero que de los políticos.