«La llegada esperada»

En esta ocasión, la esperada llamada nos cogió recién levantados, aunque después nos enteramos de que la alerta surgió a las cinco de la mañana, perfectamente atendida y escoltada por la Policía Nacional hasta el hospital. 

Al parecer la cosa surgió más o menos así: imagínate que el padre fuera un agente de la ley y que en pleno proceso de detención de un individuo, presuntamente inocente hasta que se demuestre lo contrario, y a altas horas de la mañana, le suena el móvil. No puede ser nadie más. Se acuerda de todos los santos, de sus madres, de las fiestas de guardar, de lo gracioso que es el ahora reo y se pone más nervioso que el Popeye, en pleno proceso de abstinencia, cuando le faltaban sus famosas espinacas.
Terminado el procedimiento, medio a trompicones que la cosa no está para florituras, se quita el uniforme y es llevado a casa por sus compañeros. 
Allí está la futura madre. Retorcida en dolores, cara desencajada y con la suegra aferrada a sus manos, hecha un flan, e intentando consolarla. Menos mal que en la calle está el furgón. ¡Pirulos encendidos y al hospital, que estamos de parto!
Con algo más de cuarenta semanas de embarazo, con cara de felicidad y dispuesta a sacar lo mejor de sí, y lo que más se puede querer en este mundo, una hija, mi hermanita, la que siempre he llamado «la enana» de la casa, nos ha colmado de alegría al traernos a Valentina.
Como no puede ser de otro modo es una preciosidad, que voy a decir. Con 3.495 gramos y 51 centímetros de largo, hará honor a su bello nombre y lucirá, en este loco mundo, bella y saludable, que para eso tiene a tantas personas queriéndola a su alrededor. 
¡Bienvenida Valentina!

«Duda submarina»

Extraída de San Google
La sirena cautiva vomita pulpos de siete patas en la taza del váter. Mientras esto ocurre,  el enojado Octopus, rey de los cefalópodos, sentado en su trono de algas y corales, con la mirada puesta en tremendo espectáculo, tapa los ojos de sus seis descendientes, y de la reina. Con el otro rejo ordena a los asistentes, también asombrados y con los estómagos revueltos, no perder detalle de lo ocurre.
Todos saben que los regurgitados, y sobre todo el miembro que a cada uno de ellos le falta, han sido utilizados por ellas y, ante la falta de satisfacción, amputados.
La escena es asquerosa, rocambolesca, pero necesaria para que todos los habitantes del reino comprendan que las sirenas, esos adorables personajes marinos, en realidad, cuando tienen falta de sexo, se convierten en abominables criaturas. Alguien debería satisfacerlas. Pero ¿cómo?

«Dar un primer paso»

Extraída de San Google
Hace mucho tiempo que la enfermedad había aporreado la puerta hasta derribarla. Había entrado sin permiso y hasta se había acomodado en el salón. Compartía con ellos  desayunos, almuerzos, meriendas, cenas y las escasas tertulias y momentos de felicidad  que disfrutaban. No respetaba la presencia o no de amigos y visitantes. Formaba parte de la vida familiar, como una pesada carga.
Aquella tarde se inició tranquila. Como tantas otras. Era fiesta y reposaban la comida frente al televisor. Estaban los cinco: Juan y Carlos jugaban; Ana miraba, sin ver, el programa rosa que estaban poniendo; Luis dormía por los efectos de los calmantes y, por último estaba aquella sombra, apoyada sobre su hombro. Parecía inmóvil. Les observaba.
En general la calma solo se veía rota por los lamentos, las toses, los carraspeos y los quejidos. Así llevaban meses. Pero, de improviso, Ana se hartó. Por un momento pareció recuperar la cordura, encontró el tino. Sin previo aviso se levantó. Miró a la enfermedad a los ojos y le ordenó que se marchara.
Nada ocurrió, pero aquel fue un primer caso. Mientras la sombra reía, mientras se reía de ella, Ana hizo otro movimiento. Abrió las ventanas y permitió que el aire fresco, el sol, y las  luminosas sensaciones de las tardes del verano, que ya asoma por el horizonte, lo inundara todo. Luis se desperezó e intentó levantarse. Aquello era una pequeña señal y él lo había comprendido. La enfermedad entornó los ojos desconfiada.
Tardarían en recuperar su vida pero la decisión estaba tomada.   

«Nada que objetar a las leyes de Mendel»

Extraída de San Google.

En una ocasión anterior les presenté a una de mis alumnas. Martita es una fuente diaria de sorpresas, pero la de hoy corrió a cargo de su señora madre. 
Cuando la ves de lejos te parece normal. En cuanto abre la boca comprendes la importancia que tiene la herencia genética, y comprendes lo que llevo a Mendel a guisar sus teorías con arvejas. 
—Perdón maestro, soy la madre de Martita —interesante forma de iniciar una conversación habida cuenta de que llevo todo el curso viéndola, entregándole a su hija a la hora de la salida, dándole las notas una vez al trimestre e intercambio alguna que otra frase de vez en cuando. Ahora que lo pienso, igual era ella la que dudaba de mis capacidades—. Estoy muy preocupada por la niña, parece que no entiende cuando le pongo tarea en casa —¿ahora está muy preocupada? ¿A final de curso? Para situarnos debemos tener en cuenta de que Martita es repetidora y acude al aula de educación especial desde el curso pasado.
—¿Qué tarea le ha puesto? —pregunto extrañado, ya que por norma general, al ser Martita una alma de educación especial, cuando le mando algo de tarea para casa, me aseguro de que sean actividades que previamente hemos realizado en clase y que pueda resolver ella sola—. Aproveché unas fotocopias que le sobraban al primo que tiene su misma edad.
—¡Ya!, pero ¿de qué eran las fotocopias? —indago.
—De números —contesta ella tan ancha.
—Sí, vale, pero de qué clases de números—insisto. 
Por un momento se queda en babia, pestañea, coloca los ojos en blanco —ahora entiendo lo que hace la niña cuando en clase le preguntó algo— y tras unos segundos en estado de ausencia parece reiniciarse.
—Creo que eran divisiones de esas. De las de repartir cosas —¡acabáramos!—, y la niña no supo cómo hacerlas y su primo las hace sólo —ummm, por el tono creo que me está queriendo decir algo.
—¿En qué curso está su sobrino?
—No es su sobrino, es su primo el que sabe hacerlas —uf, me temo que la cosa va para largo.
—Ya, el primo de la niña es su sobrino, de usted —aclaro por sí acaso. De nuevo pestañeo nervioso, ojos en blanco, estado de ausencia… Reiniciando.
—Ah, sí, claro —dice cuando procesa la información—, tiene la misma edad que Martita, creo que en tercero.
—Bien, la división se trabaja en tercero, pero Martita está en segundo y, además, va a clase de educación especial, ¿se acuerda? —le respondo de manera suave intentando hacerme entender— y ella trabaja otras cosas.
La buena señora parece que ha entendido. Por un momento se queda callada, y tras  unos segundos de silencio, contesta
—Ya me parecía a mi que la niña era muy tranquila. Claro, si es especial —dicho lo cual se marchó. 
Esta claro que Mendel tenía razón y a los guisantes que ocupan esta cabeza, les faltaron un hervor.