«Un sentimiento»

Cuentan las viejas historias que, entre los brillos nocturnos del cielo, entre las estrellas más duraderas y viajando entre las más fugaces, siempre se encuentran los más increíbles y formidables sueños que las personas imaginan. 
Anoche Luis, entre sus oníricos pensamientos,  te añoró. Lo hizo reviviendo la última vez que os visteis, sentados uno frente al otro, hablando, riendo y compartiendo aquellas pequeñas historias sin importancia. 
Ha pasado un año, quizás dos, y las noticias que sabe de ti son escasas: algún mensaje, alguna llamada fugaz, un vago recuerdo de tu risa o tu canto… Hoy el recuerdo se hizo más tangible. Recordó los escasos momentos vividos, los pequeños minutos disfrutados y, sobre todo, recordó alguna  mirada cómplice que, en sus sueños, querían tener otros significados. 
Hace tiempo que no te ve. Hace tiempo que no comparte la sensación que provoca tu presencia, por eso soñó: te extraño.

«Esperando»

(Historia
de dos. Cap. VII)
(Si
no has leído los capítulos anteriores, pincha aquí)
Extraída de San Google
Desde el momento en el que nos
despedimos supe que aquello iba a ocurrir. Me quedé colgado de ella.
Sentía su olor en mi mano, en mi ropa. 
Tras la cena volvimos a su
edificio, de manos, riéndonos, disfrutando de cada paso que dábamos
juntos. Habíamos hecho el amor y estaba deseando volver a sentir su
cuerpo junto al mío.
Al llegar al portal con su
arrebatadora sonrisa se colocó entre la puerta de acceso y mi
cuerpo. Sus cachetes seguían sonrosados y sus labios lucían los
restos de un desgastado carmín que yo me había propuesto eliminar
con mis besos. No me dio mucho juego.
―Ha
sido fantástico ―afirmó
mientras enlazaba sus dedos entre mi cabellera y acercaba su boca a
la mia―. Mañana tenemos que trabajar así que creo que debemos
parar aquí.
Aquello
fue un bofetón en toda regla. La erección que pugnaba en mi
bragueta se vio estrangulada de inmediato. Aún así decidí hacer el
intento.
―Yo
había pensado que…
―Sé
lo que habías pensado, puedo sentirlo ―dijo mientras bajaba una de
sus manos para asir mi pene sobre la tela del pantalón―, pero de
verdad que no lo creo prudente.
Me
besó con devoción, con sobrado ardor, pero su sabor era el de la
despedida. De inmediato supe que aquella noche, no había nada más
que hacer.
Sin
darme un momento para reaccionar, sentí como la puerta se abría
tras de sí y ella la cruzaba sin dejarme hablar. Quería suplicar,
rogarle… mi cuerpo no era mio, le pertenecía por completo. Allí
quedé, abandonado, tras aquel cristal mientras la veía avanzar por
aquel pasillo. Ella, segura de si misma, como siempre, se dirigió al
ascensor y no se giró.
Hace
dos días de aquello. Pienso en ella y el corazón se me acelera.
Estoy desesperado. Hoy intentaré volver al bar.

«Vaya madre cabrona»

Miguel es un niño de siete años. Su madre es una cabrona.

Extraída de San Google
Reconozco que, a priori, te podrá resultar muy fuerte que haga una afirmación de este grado y con este calificativo tan inusual en mis historias. Ya me dirás al final.
Miguel acudió ayer al cole, igual que todos los días, tempranito — por su situación familiar desayuna en el colegio—. Igual, dije, salvo por un detalle: lucía un tremendo chichón en su frente.
Al ser preguntado por nuestro sagaz cocinero se destapo el guiso de lo ocurrido. De inmediato, lo puso en conocimiento de la dirección del centro: su cabrona madre le había sacudido, tremendo porrazo, con la alcachofa de la ducha a modo de porra. 
En cuanto nos enteramos el cuerpo, de todo el personal, se gelatinizo y empezamos a temblar.
Como no puede ser de otra manera, mis geniales compañeros del equipo directivo, tomaron la riendas del asunto: avisaron a la Inspección Educativa, a los Servicios Sociales…, y llevaron a Miguel al Centro de Salud.
La revisión médica diagnosticó lo que todos sospechábamos: lesiones, magulladuras, marcas antiguas…, y todas esas cosas que cuentan en la tele y que nos parecen tan lejanas, en su pequeño y endeble cuerpo. El niño se reafirmó en lo ocurrido.
Según nos contaron la madre, también avisada de la derivación del menor al pediatra, acudió al Centro de Salud. Se quedo aparte, sin preguntar, sin preocuparse, sin saludarlo… sin darle un beso —cosa habitual en ella y que ya habíamos observado. Sólo cuando percibió la presencia de la encargada de los Servicios Sociales, intuyó que algo ocurría.
Miguel volvió al cole, a su entorno seguro, el lugar en el que desayuna, el lugar en el que almuerza, el lugar en el que se le cuida, se le enseña, se le protege, se le quiere…
Hoy no asistió a clase. Estamos muy preocupados por él. El asunto está ahora en manos de las autoridades competentes y sabemos que, provisionalmente, la guardia y custodia la tiene su abuela. Si no lo solucionan, volverá a su casa, con su cabrona madre, ¿o prefieres que la califique de otra manera? Lo siento, no puedo.

PRESENTACIÓN TEXTOS SOLIDARIOS

Este miércoles se presenta en el TEA, a las 19:00 horas, esta trilogía, en la que participo con tres historias.
Los coautores de estos tres libros han puesto de manifiesto su respaldo a la edición en Canarias –en unos momentos realmente críticos y duros para el sector– al implicarse en un proyecto que intenta dinamizar la cultura de las islas y lograr el diálogo y la unión de una gran diversidad de escritores. Pero también, y sobre todo, han dejado patente su SOLIDARIDAD, pues han cedido íntegramente el importe correspondiente a los derechos de autor al apoyo de causas humanitarias y fines sociales justos; todo ello a través de las donaciones de estos importes a las ONG: Cruz Roja Española,Amnistía Internacional y Ayuda en acción.
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«¿Cuestión de suerte?»

Siempre supo que tenía una buena  estrella. En realidad nunca la vio ni creyó
mucha en ella,  pero, tanto su padre como
su madre, se lo decían constantemente: «Tú es que has nacido de pie» ­─le
decían cada vez que aprobaba un examen─; «pero que suerte tienes» ─escuchó
cuando, nada más terminar la carrera, encontró un trabajo─; «ya me gustaría a
mí tener la mitad de la potra que tienes» ─le dijeron los amigos el día que se sacó
aquel pequeño premio en el cupón de la ONCE─; «desde luego, la fortuna te
sonríe, qué buen marido has cazado» ─le dijeron las viejas, amigas de su madre,
el día de su boda… Ella se había cansado de todo aquello. Era cierto que la vida
le había sonreído, pero todos lo achacaban a su buena estrella, nunca nadie le
reconoció su esfuerzo y tesón.

«Por fin llegó»

EXTRAÍDA DE SAN GOOGLE

El cabo Hopkins repartía las cartas con la izquierda. Lo hacía desde que una granada le segó el brazo derecho. Había sido francotirador, pero ahora, inválido, estaba convertido en el cartero y bufón del regimiento.

Su historia era peculiar: por un fallo administrativo, seguía en activo en el campo de batalla. Los oficiales habían solicitado su evacuación, pero no había manera. Él decía que no importaba, que no tenía a nadie, y que aquello de repartir cartas le daba motivos para seguir.
Ahí estaba, gritando el nombre del destinatario y haciendo algún comentario sagaz sobre la persona remitente:
—¡Soldado Mejías!, carta de mamá. Seguro que quiere que no saques ese cabezón de la trinchera.
Todos reíamos. Hasta el vilipendiado. Era parte del entretenimiento.
—¡Soldado Reims!, esta huele a tetas. ¡Auuuu!
—¡Cabo Hopkins! ¡La madre que me parió! Carta del minist… —Una bala enemiga acabó con su vida.

«Triste despedida»

Siento tu cuerpo pegado al mío. Parece mucho, pero tres días enlazados en un continuo abrazo es reconfortante y la sensación de unidad perdura en el tiempo. La hora de la separación ha llegado y nuestros huesos se quejan y protestan por la tan temida hora. Ya sabíamos que nuestra relación iba a ser corta, sin ataduras, sin compromisos. Ese fue el trato, eso fue lo que dijimos desde el mismo momento en el que nuestras pieles se rozaron por primera vez, pero llegado este momento, las palabras se alían en nuestra contra y reaccionan enfrentándose a nuestros sentimientos que, sin duda, desearían continuar en ese abrazo constante.

EXTRAÍDA DE SAN GOOGLE
Una última caricia de nuestras manos, un último roce de nuestros dedos, como esos que se dan en las películas antiguas en los que uno de los protagonistas se aleja en el tren mientras el otro, desconsolado permanece estático sobre la plataforma de la estación. Así te veo mientras me alejo. Tú te quedas ahí, inerte, esperando la llegada de otro transeúnte que no tardará en apoderarse de tu cuerpo, aunque aún te invada el calor desprendido por mi.
Mi última mirada es para desearte buena suerte, para recordarte blanca como eres, caliente por los rayos del sol o agradable lugar donde cabecear mientras las sombras nos protegen susurrándonos al oído el suave sonido de la brisa.
Aunque sólo sea en mis ensoñaciones espero que podamos volver a pasar una temporada juntos. Tengo mi cuerpo amoldado a ti y tú supiste fundirte con el mío. Sin duda eres mi hamaca favorita.