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| EXTRAÍDA DE SAN GOOGLE |
El cabo Hopkins repartía las cartas con la izquierda. Lo hacía desde que una granada le segó el brazo derecho. Había sido francotirador, pero ahora, inválido, estaba convertido en el cartero y bufón del regimiento.
Su historia era peculiar: por un fallo administrativo, seguía en activo en el campo de batalla. Los oficiales habían solicitado su evacuación, pero no había manera. Él decía que no importaba, que no tenía a nadie, y que aquello de repartir cartas le daba motivos para seguir.
Ahí estaba, gritando el nombre del destinatario y haciendo algún comentario sagaz sobre la persona remitente:
—¡Soldado Mejías!, carta de mamá. Seguro que quiere que no saques ese cabezón de la trinchera.
Todos reíamos. Hasta el vilipendiado. Era parte del entretenimiento.
—¡Soldado Reims!, esta huele a tetas. ¡Auuuu!
—¡Cabo Hopkins! ¡La madre que me parió! Carta del minist… —Una bala enemiga acabó con su vida.
