«Concurso de La Esfera»

Un año más, los amigos de La Esfera Cultural han programado un concurso literario con un divertido tema: «¿Vacaciones? Si yo te contara».

La propuesta es bastante sencilla, y desde luego original. Consiste en escribir un relato, de no más de quinientas palabras, en el que se narre unas vacaciones insólitas.

Como ya sabes, alguna historia original, de hechos escabrosos, tengo en mi currículum, así que me armé de valor y cuando leí la convocatoria me di cuenta de que algo podía hacer. 

Los problemas me visitaron entonces: la letra ñ de mi teclado se había «escuchurruflado»; la tinta del bolígrafo se había secado; la máquina de escribir ya no escribía; los lápices, al afiláramos, se les rompía la mina y para colmo un indio se había llevado la pluma. En fin, una serie de inconvenientes que retrasaron y me hicieron dudar en mi presentación a tan magno evento literario.

Luchando contra todos los males y a contracorriente logré presentar una pequeña historia: «Que difícil es hacer las maletas».

Ahora necesito de tu ayuda. El Jurado, que está formado por el comité editorial de La Esfera Cultural, tendrá en cuenta las votaciones que los lectores, o sea tu, realicen por el sistema +1 de Google. Por lo que necesito que, si te gusta mi aportación, pinches sobre este enlace y me des tu voto.

Espero que mi historia te divierta. Gracias de antemano.

«Ring, ring, ring»

Extraído, sin permiso, de San Google.

El viejo dicho que había escuchado más de cien veces, en este caso, no tenía razón:«si no hay noticias, son buenas noticias»; o al menos el no lo entendía así.
Cada cinco minutos miraba el teléfono. Estaba encendido, ¡claro que estaba encendido!, siempre lo estaba. Comprobaba el volumen varias veces, sabía que, en el trabajo, tenía que mantenerlo en silencio, pero no podía hacerlo. Esperaba aquella llamada.
De repente el aparato comenzó a sonar, vibrar e iluminarse, de una manera casi diabólica, justo en plena reunión de recortes. Deseaba aquel instante como agua de mayo. Podía ser el inicio de una nueva etapa, de una nueva carrera profesional.
Los asistentes a la junta le recriminaron con la mirada. El se excusó, cargó sus pulmones de aire limpio y se dispuso a contestar.
Número desconocido, ¡bien! Es este —pensó—. ¡A llegado el momento! 
Contestó, pero se desilusionó. Sólo era publicidad.

«Adiós ratoncito adiós»

El niño está llorando en la cocina.

Extraída, sin permiso, de San Google.
—¿Qué te pasa cariño? —pregunta la preocupada madre.
Tras unos primeros momentos de negación, el chico, decide abrirse.
—Es que el Ratoncito Pérez no se ha llevado el diente.
Ella traga nudos, intenta recuperar la compostura y pone su cerebro trabajar. 
Las cosas pasan porque, sin duda, tienen que pasar. Un despiste lo tiene cualquiera y el de anoche fue uno de ellos. Buscando el lado positivo, y cómo salir del paso, concreta que, con este olvido, se ha roto una pequeña ilusión, una fantástica fantasía, mantenida durante doce años. Ha llegado el instante de dar una explicación.
—Llega un momento —continúa la afanada madre, tomando a su ya no tan niño entre sus brazos— en el que, el mágico ratón abandona su costumbre. No porque ya no te quiera, o no quiera tus dientes, sino porque considera de que tú tienes que crecer y comenzar a ver la vida desde otro punto de vista.
—¿Y qué punto de vista es ese? —pregunta el chico que parece haber enjuagado sus lágrimas en la incipiente explicación materna.
—El de los mayores —precisa la madre—. A partir de ahora deberás ayudar a que los niños y niñas más pequeños que tú, continúen creyendo en el Ratoncito Pérez porque, ese sueño, esa ilusión, les hará felices, como te lo ha hecho a ti durante todo este tiempo.
—¿Por eso me pusiste tu el dinero?
—Por eso y por tu hermana, para que ella siga creyendo.
Durante un rato continuaron abrazados, en silencio, disfrutando de la tranquilidad que transmiten dos cuerpos enlazados. Pasados unos minutos, el chico término de limpiarse las lágrimas, besó a su madre y, sin decir nada más, salió corriendo en búsqueda de la pequeña, para enseñarle los cinco euros que le había dejado el Ratoncito Pérez, a la vez que le teatralizaba como, a mitad de la noche, creía haber escuchado los pasitos del pequeño roedor, por su habitación. 
La madre orgullosa, apoyada bajo el dintel de la puerta, contemplaba la cariñosa imagen de los dos hermanos enfrascados en la continuidad de la magia infantil. Por un segundo su hijo la miró, le devolvió la sonrisa a la vez que le guiñaba un ojo. 

«Poniendo cosas en su sitio»

Extraída, sin permiso, de San Google.

La fila de mi nueva camada, dieciocho churumbeles —y churumbelas— de primero de primaria, esta lista para dirigirse a la clase cuando, una especie de llamada, a mi espalda, me hace activar mis sentidos.
—¡Amor! Perdona. 
Por un momento dudo pero vuelvo a escucharlo.
—¡Amor!
Se dirige a mi. Seguro. Con calma intento procesar la información: ¿esa voz femenina me llamó amor?, ¡¿amor?!. ¡¿A mi?. Ja. ¡Prepárate!
Con total tranquilidad y poniendo esa mirada de MAESTRO —sí, en mayúsculas. ¿La recuerdas? La misma mirada que te ponía Don o Doña Fulanita, cuando de pequeño habías hecho algo mal y te hacía temblar. Pues esa mismita—, me doy la vuelta y antes de abrir mi boca escaneo a la susodicha: pelo negro graso recogido en moño alzado;  aretes grandes y brillantes en ambas orejas —tipo: el loro se ausentó un momento pero seguro que vuelve, porque aquí tiene sitio—; pearcing en ceja, nariz y labio inferior—posiblemente alguno más—; tatuaje visible en hombro descubierto y muñeca derecha —posiblemente alguno más—; camisilla fluorescente y pantalones negros ajustados tipo sordomudos —¿sabes cuáles son? Sí, esos. Los que permiten leer los labios, mayores en este caso.
 Apenas tardé unos segundos. Levante la vista y, continuando con esa colocación de los ojos, que tan buenos resultados me da, le contesté:
—La próxima vez llámeme Guillermo, o si lo prefiere maestro, pero amor… —acompañé mis palabras con un medio gruñido. Puede que hasta le enseñara los dientes, pero sé que lo entendió. 
Colorada como un tomate, con la mirada baja y sin abrir la boca levantó su mano para tenderme una documentación, que tenía que darme, y se marchó. 
Creo que hoy he hecho una nueva amiga. Ya veremos.

«De vuelta al tajo»

Extraída, sin permiso, de San Google

Tras la merecida suerte con la que disfrutamos los maestros —hasta el día de la fecha— en lo que a nuestras vacaciones se refiere, hoy toca volver a organizar la rutina y recobrar muchos de los hábitos y costumbres aparcados, de manera temporal, por el descanso vacacional.
Atrás han quedado fiestas, excursiones, viaje, cenas, reuniones de amigos, actividades deportivas, risas, historias de playa, eventos y todo ese largo etcétera del que siempre dejo constancia en esta pequeña parcela de mi vida.
Como no puede ser de otra manera, esta recuperación de deberes ha empezado en el colegio. Hoy ha sido un buen día. Hemos pasado la mañana de forma tranquila, en el que hemos recuperado la sonrisa de los compañeros, los buenos deseos y propósitos para el nuevo curso, al que llegamos cargados de entusiasmo e ilusión —eso se nos quita la primera semana—, ha habido momentos para recordar a los compañeros ausentes y para recibir con entusiasmo a las «recién llegadas» que formarán parte de esta parcela de nuestra vida.
La tarde inmejorable. Recuperando la actividad deportiva, descansando y disfrutando del maravilloso tiempo que nos ha tocado tumbados en la piscina.
Y ahora, una vez preparada la mochila y el estuche —con más lentitud que una compañera que me debe algún que otro cortado— y aprovechando que la noche ya ha llegado a su esplendor, puedo sentarme con tranquilidad a escuchar a los duendes que recorren y corretean por mi salón —y algunas veces por mi cabeza— para retomar esta fantástica costumbre. Las vacaciones, a parte de lo obvio, me han dado temas sobre los que escribir, experiencias que contar y sentimientos que compartir. Una vez ordenados tocará escribirlos, pero eso, ya se verá. 
Feliz comienzo de curso y gracias por estar ahí.