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| Extraída, sin permiso, de San Google. |
La fila de mi nueva camada, dieciocho churumbeles —y churumbelas— de primero de primaria, esta lista para dirigirse a la clase cuando, una especie de llamada, a mi espalda, me hace activar mis sentidos.
—¡Amor! Perdona.
Por un momento dudo pero vuelvo a escucharlo.
—¡Amor!
Se dirige a mi. Seguro. Con calma intento procesar la información: ¿esa voz femenina me llamó amor?, ¡¿amor?!. ¡¿A mi?. Ja. ¡Prepárate!
Con total tranquilidad y poniendo esa mirada de MAESTRO —sí, en mayúsculas. ¿La recuerdas? La misma mirada que te ponía Don o Doña Fulanita, cuando de pequeño habías hecho algo mal y te hacía temblar. Pues esa mismita—, me doy la vuelta y antes de abrir mi boca escaneo a la susodicha: pelo negro graso recogido en moño alzado; aretes grandes y brillantes en ambas orejas —tipo: el loro se ausentó un momento pero seguro que vuelve, porque aquí tiene sitio—; pearcing en ceja, nariz y labio inferior—posiblemente alguno más—; tatuaje visible en hombro descubierto y muñeca derecha —posiblemente alguno más—; camisilla fluorescente y pantalones negros ajustados tipo sordomudos —¿sabes cuáles son? Sí, esos. Los que permiten leer los labios, mayores en este caso.
Apenas tardé unos segundos. Levante la vista y, continuando con esa colocación de los ojos, que tan buenos resultados me da, le contesté:
—La próxima vez llámeme Guillermo, o si lo prefiere maestro, pero amor… —acompañé mis palabras con un medio gruñido. Puede que hasta le enseñara los dientes, pero sé que lo entendió.
Colorada como un tomate, con la mirada baja y sin abrir la boca levantó su mano para tenderme una documentación, que tenía que darme, y se marchó.
Creo que hoy he hecho una nueva amiga. Ya veremos.
