«Parranderos de parranda»

Hacía tiempo que
no nos reuníamos, pero ayer tocó. Tocó y tocamos, que para eso nos habíamos
convocado en tan singular ronda. 
     El éxito de la aventura estaba asegurado, lo
agradable y divertida aún más, solo con ver la lista de convocados. Aunque
faltó alguno, de esos de los de siempre, de los del grupillo de amigos de toda
la vida. 
     La excusa no podía ser mejor: sorprender a la futura esposa y a sus
familiares, llegados allende los mares, con lo que siempre nos ha gustado
hacer, con mayor o menos éxito, parrandear.
       Elemento destacado es la común
sensación de que el tiempo no pasa por nosotros. Al menos no lo hace por lo que
sentimos, por como nos comportamos, por las bromas que gastamos, las mismas de
siempre, que ya tenemos una edad que nos hace imposible cambiar ciertas acciones.
Otra cosa bien distinta, y en la que los años sí ha hecho mella, son: las canas, la falta de agilidad, la escasez de
memoria en cuanto a las letras de las canciones o con los acordes de las
guitarras, bandurrias y laúdes… y la talla del traje. A todos nos quedaba un
poco  apretado, sin duda alguna por algún
defecto misterioso que tiene la tela de la que está hecho que hace que, al
estar tanto tiempo en el armario, sin usarse, se encoja y no nos quede tan bien
calzado como antaño.
   Al final un éxito, no solo por la
actuación, que es de las memorables, sino por la calidad, la cercanía y el
reencuentro con partes importantes de nuestro pasado, que no ha dejado de estar
presente y vivo en nuestra amistad, y es que, como dice la canción: «Cuando nos conocimos te dije, que yo era
parrandero…»
, y lo seguiremos siendo. Juntos. Hasta la próxima, que no
falta mucho.

«¡¡¡Fuego, fuego!!!»

Extraída, sin permiso,  de San Google
Menos
mal que aquello era solo un simulacro, sino, algo hubiera pasado,
¡seguro! Dias atrás nos habían avisado.
En
un principio aquella reunión, organizada por planta y para todo el
personal que la ocupa, consistía, o al menos eso imaginé yo, en una
actividad preparatoria, al estilo de las azafatas de los aviones, en
la que se nos indicarían las distintas salidas de emergencia, cuál
es la que nos toca, según la ubicación de nuestro puesto de
trabajo… No fue así.
Treinta
minutos sentados para repetir, hasta la saciedad, lo importante que
es mantener la calma, que no ocurre nada, que hay tiempo suficiente
para abandonar el edificio y que no cojamos los ascensores. No nos
ensañaron ningún plano o plan de evacuación, solo que bajáramos
pegados a la pared y abandonáramos el edificio para concentrarnos en
la plaza. Además, como nota aclaratoria y conclusión del evento fue
que tal día, a tal hora, sonaría la alarma.
Así
que, una vez llegado el día D, bromeábamos con lo que ocurriría a
la hora H.
Llegado
el momento, la alarma sonó como con falta de pilas, tímida y
temerosa, apenas audible. Los encargados de la evacuación de cada
planta tuvieron que subir sus propios chalecos reflectantes de su
vehículo particular. La gente comenzó a bajar, a tropel, las
escaleras, sin respetar ni el lado de la pared ni al prójimo que iba
delante. Alguna se quedó encerrada en el ascensor. Las que nunca
usan las escaleras, aún trabajando en la primera planta, protestaban
sobre la incomodidad que aquello les ocasionaba… Los más listos se
reunieron en el bar, que ya puestos a pasar el trance, por lo menos
hacerlo con el estómago lleno. Y es que los funcionarios, son
funcionarios hasta para salvar la vida.

Así
que, el día que la evacuación sea de verdad, o sin avisar, no
quiero ni imaginar lo que ocurrirá. Pero no te preocupes, te lo
contaré, que seguro que tendrá miga, pero desde el bar, que es más divertido.

«La sorprendente historia de mi Tortuga Ninja»

Imagen tomada prestada, sin permiso, de San Google

Hay personajes de ciencia ficción, cómic o dibujos animados que son conocidos por todos. Las Tortugas Ninjas son un buen ejemplo de ello.

Como estoy seguro que recordarás, se trata de cuatro adolescentes tortugas que han sufrido una importante mutación gracias a la cual poseen inteligencia, posibilidad de habla así como poderosos poderes, conseguidos con esfuerzo y entrenamiento, que utilizan para luchar contra en mal.
Sus nombres fueron escogidos en honor a cuatro de los grandes pintores del renacimiento italiano:  Leonardo, Raphael, Donatello y Michelangelo.
Para no andarme por las ramas, te comentaré que en casa tenemos una de esas.  No se cuál.
Hace ya unos años que criamos, como lo hacen muchas familias con niños o niñas pequeños, dos pequeñas tortugas. Aún comiendo lo mismo, viviendo en el mismo espacio y cogiendo la misma cantidad de sol, una de ellas ha evolucionado de manera notable.
No sólo es más grande, sino que además resulta más inteligente. Tiene la costumbre de subirse a la espalda de su compañera. En un primer momento pensábamos que era para mejorar sus relaciones íntimas. Pero no, ella estira que se estira su cuerpo hasta que ¡pluf!, logra salirse del tortugario. Si esto lo hace una vez, e intenta poner pies en polvorosa, nada más poner una pata en el suelo, piensas que es una simpática casualidad. Sí ves como «la tía» busca la manera de subirse sobre la otra para lograr su objetivo de fuga, ya hablamos de algo sorprendente. Cuando la recoges una tercera vez y esta vez está escondida tras una mata, ya te mosqueas y empiezas a sospechar. Pero cuando en menos de dos semanas se repite la operación por cuarta vez, y logra su objetivo de huida, ya no cabe la menor duda: ¡hemos criado a una de esas poderosas criaturas!
Así que esta claro, en este reparto de personajes, me toca ser la vieja rata maestro de ninjitsu. A partir de ahora llámame Splinter.
Por cierto, ¿cómo se dice en lenguaje tortuguil: Porfa, vuelve a casa?