«La encantadora de serpientes»

Extraída, sin permiso, de San Google
Quizás es por el
tópico, pero me la imaginaba algo distinta. No llevaba turbante, ni camisola
estrafalaria, ni pantalones bombachos. En sus pies tampoco lucía zapatillas
puntiagudas, ni cargaba en sus manos una aparente pesada cesta de mimbre. Por
el contrario y, como digo, lejos de la parafernalia típica de los de su
realengo, vestía con ropa de marca y de manera conjuntada. Accesorios
incluidos.
Cuando caminaba, todos los que estaban
a su alrededor, aunque estuvieran alejados varios metros a la redonda, se
quedaban atrapados entre el movimiento de su pelo y el contoneo de sus caderas.
El aroma, suave y delicado, que dejaba a su paso, era fruto de una
estudiada dosificación de su perfume, que su cuerpo permitía bombear al
ambiente, formando un halo a su alrededor.
Por último, cuando dirigía su mirada a algún transeúnte, daba igual el
sexo o condición, este se quedaba pasmado, absorto entre la fuerza de su mirada
y la dulzura de su tono de voz. Y es que hay personas que solo se fijan en el
exterior, sin profundizar, dejándose engatusar por los ojos, la música, el
físico… Pobres ofidios humanos.

«Cuando llegó la hora»

Extraída, sin permiso, de San Google
La
pared de piedra, gastada y húmeda, aparecía llena de rayas. Era el calendario con el que contaba los días que llevaba encerrado entre
aquellas miserables cuatro paredes.
Le
habían dicho que hoy acabaría el sufrimiento. Por fin dejaría de
estar rodeado de insectos, ratas y de su propia pestilencia.
Desnutrido, sucio y magullado, había perdido todo el sentido y las
ganas de vivir que tiempo atrás había demostrado. Ahora se sentía
ilusionado.
El
ruido de los goznes de la puerta chillaron cuando esta fue abierta.
Gran cantidad de luz entró, cegándole por completo.
Lo
sacaron al patio. Había vítores y una gran algarabía. Permitió
que el sol se hundiera en su cuerpo recobrando la vida. Aún con los
ojos cerrados creía saborear la felicidad, el gusto de la libertad,
pero no tuvo en cuenta que corría el año 1792 y que, tal día como
hoy, se estrenaba la guillotina.

«Un moderno aparcacoches»

Extraída, sin permiso, de San Google
En estas vacaciones, entre otras cosas, hemos podido disfrutar del avance de la tecnología para aparcar coches. ¿Cuántas veces hemos intentado aparcar nuestro vehículo entre esas dos columnas que, las muy jodidas, cuando crees que ya las tienes cuadradas y das marcha atrás, se mueven, como si tuvieran vida propia, y te aboyan el lateral. ¿Cuántas veces intentas salir del interior de tu coche y ¡zas!, zurriagazo con la puerta al que está a tu lado? ¿Cuántas veces llegas cargado con la compra y descubres una nueva marca, rayón o bollo, que cuando lo dejaste no tenías? No se tu, pero mi coche esta redondo.
La buena noticia es que, por lo menos en el parking del Puerto de Vigo, este sufrimiento se acabo. O eso dicen. 
Los muy modernos han instalado un aparcamiento inteligente, por lo que no tienes que preocuparte de encontrar sitio, ni de las ralladuras, ni de los golpes… sólo de seguir las instrucciones, que por cierto parecen estar ideadas por los mismos que editan las de la empresa sueca de muebles.
El principio es como cualquier parking: entras, coges tu ticket y…, —llega la primera sorpresa, al menos para mi, que no sabía a lo que me enfrentaba— ¡no hay ni un solo coche! Por mucha vuelta que di, nada, sólo unas puertas de cristal, como de ascensor pero con grandes números. Mosqueado sin saber qué hacer, me detuve para intentar comprender, por ósmosis, cómo debía proceder. Por suerte, un agente de seguridad, al ver mi cara —seguro no era el primero en ponerla— se personó para ayudarme:
—Buenos días, ¿es la primera vez? —no esperó mi respuesta, estaba claro—. Sitúese frente a una de las puertas y siga las instrucciones.
Elegí la siete, por ser la más próxima. Coloqué el coche entre las marcas y aquello empezó a hablar:
—introduzca el ticket.
Al hacerlo la puerta de cristal que tenía enfrente se abrió.
—Avance unos metros y sitúe el vehículo según las indicaciones.
En la pared interior del habitáculo, en que me proponían meter el coche, había una pantalla con una flecha verde que indicaba que avanzara.
Al comenzar la flecha se volvió un poco a la derecha, y para allí que fui. Después a la izquierda, y entonces giré el volante. Ahora hacia atrás, me había pasado de la raya así que a corregir. Para detrás, para delante, para la izquierda para la… ¡Ya! —quieto parado— Apareció un OK.
—Ponga el freno de mano, recoja sus pertenencias, cierre el vehículo y abandone el cajón —¡uf!, estas son muchas órdenes seguidas. Creo que no las escuché todas.
Al salir la puerta se cerró. Como un pasmarote me quede mirando. Pero algo pasa ya que la máquina me llamo la atención.
—Vehículo mal colocado —lo dijo con retintín. solo le faltó añadir: ¡totufo!— por favor asegurarse de tener los espejos retrovisores cerrados.
¡Mecachis! Eso no me lo había dicho, ¿o si?
Tras diez minutos de operación para aparcar, y una vez corregido el pequeño error, la puerta se cierra y en un abracadabra, el coche desaparece.
—¡Jo, genial! Giro para marcharme y tras dos pasos reflexiono. ¿Cuándo vuelva como recojo el coche?
De nuevo, el amable agente de seguridad, sonrisa en ristre, sabedor de que los novatos en aquellas lides necesitamos un poco más de ayuda, me extiende su mano con el ticket —que ya el cacharro aquel había regurgitado sin yo haberme enterado—, y con ese acentillo tan característico de los gallegos, comienza sus explicaciones:
—Guárdelo en lugar seguro. A la vuelta va a aquella oficina. Paga y le dirán en que puerta debe recogerlo.
Y así fue. Horas más tarde regrese con mi tarjeta en la mano. Tras abonar el importe me dirigí a las puertas 13-15, por una de ellas saldría mi coche, pese a que yo lo dejé en la siete —pero qué lista la máquina oiga—. En las pantallas exteriores se podía leer la matrícula y la palabra «preparando». Pasados unos minutos allí estaba mi coche. Tranquilo, sonriendo, como lo hace un niño pequeño cuando lo recoges en la guardería, deseoso de estar entre tus brazos, tras el abandono temporal al que ha sido objeto.
La idea es fantástica. Seguro que se gana en espacio, porque en tiempo, como les toqué muchos como yo, lo dudo. Sólo espero que la próxima vez la ciencia avance un poco más, para que ya me lo entreguen limpio, aspirado y los roces reparados.

«Un canto a Galicia»

Otro
año más cumplimos con la tradición, no escrita, de ir descubriendo
las tierras de norte. Suman ya muchas las ocasiones que hemos estado
por aquellas lindes, pero siempre solos, con amigos, haciendo el
camino, de juerga o por trabajo. En esta ocasión tocaba explorar
Galicia acompañados por los niños.
Siempre
mágica, con sus nieblas y su lluvia, con un sol radiante que, cuando
luce, enaltece los verdes del bosque al mezclarse con las blancas
arenas que dan entrada al azul imponente del océano, las tierras que
los romanos consideraban como del Fin del Mundo, es un viaje que se
vuelve inolvidable cuando organizas cosas para el gusto de todos.
Son
muchas las excursiones que hicimos, pero por citar alguna de ellas,
las que quizás hicieron especial mella, cabe destacar: la visita A
Coruña, la ascensión a la Torre de Hércules, el descubrimiento del
castro celta de Baroña, el baño en las piscinas naturales del río
Pedrás, en Puebla del Caramiñal, la visión imponente de la cascada
y el mirador de Ézaro, la navegación, el baño y la caminata por la
playa, sendas y el bosque de las islas Cíes, la muralla de Lugo, la
visita a la Toja, la imponente Santiago de Compostela, la Playa de
las Catedrales… y Finisterre, el último lugar del mundo.

Como
ves, cumpliendo con la tradición fueron muchos los kilómetros que
hicimos y muchas las instantáneas de lugares maravillosos que
guardamos en el fondo de la retina. Del mismo modo, guardamos un
hermoso recuerdo, y nuestra eterna gratitud, a los amigos que
reencontramos, que nos abrieron sus puertas y que nos guiaron y
acompañaron en este viaje, que de buen seguro no será el último,
porque, aunque sabemos que “haberlas haigas”, meigas no vimos
ninguna, y alguna escusa, como si nos hiciera falta, tendremos que
buscar para volver a ir. Quizás en la próxima visita.