«¿Para qué sirven las aceras?»

Extraída, sin permiso, de San Google
Siempre he
entendido que las aceras son esos espacios colocados en los laterales de las calles que, al estar más elevados
que la calzada por la que circulan los coches, sirven de protección para el
paso de peatones.
       Si
vas en una dirección, o a la búsqueda de ella, caminas con mayor o menor
celeridad, sabedor de que estás seguro siguiendo el camino marcado.
Normalmente, cuando en la
acera opuesta ves a una persona conocida, cruzas, con cuidado y por el lugar
adecuado, para saludarla e intercambiar alguna que otra palabra o historia.
El cambio de acera también
se utiliza para indicar las tendencias sexuales de una persona que decide
cambiar su orientación hacia personas de su propio sexo.
Todo esto es muy conocido y
hablado, pero ¿qué me dices de las personas que yendo por su acera, la misma
que tú o la contraria, aprovechan la situación, aunque haya una corta distancia,
para apenas levantar la mano, aún pretendiéndose amigas tuyas, o cambiar de
lado, o intentar disimular como si no te hubieran visto, o entrar en un local
para no tener que hablarte, o hacer que están de charla por el móvil, o
aumentar el ritmo de los pasos, o ralentizarlos para no llegar a tú altura…?

      Como
vemos, por lo visto, las aceras también sirven para proteger a las personas, de
personas maleducadas, pero yo, como no lo soy, aún notando su indiferencia y su
no querer hablar conmigo, saludo con entusiasmo, para darles por los morros,
pero sigo por mi acera, con paso firme y orgullo bien alto, aprovechando la
seguridad que otorga.

«Con anhelo»

Extraída, sin permiso, de San Google
En realidad esto del amor no tenía ninguna lógica. O al menos eso pensó al oír aquel sermón. 
El cura hablaba, sin sabida experiencia, pero con seguridad pasmosa, de la entrega incondicional de dos personas, la una a la otra, que aquel acto significada; del sacrificio de las necesidades personales, a favor de las del otro cónyuge; de la fidelidad; y de un montón de sentimientos relacionados todos con el sacramento del matrimonio, entremezclados con un juramento de entrega total «…en la salud y la enfermedad, en la riqueza y la pobreza…».
Los contrayentes escuchaban aquella retahíla y se miraban de soslayo ensimismados. 
Los asistentes parecían felices, esperando expectantes la llegada del deseado sí, quiero. Todos menos una.

Ella estaba allí sin querer estar. Lo hacía porque su marido era amigo del novio. De vez en cuando sonreía y, mirando de reojo a su esposo, anhelaba el divorcio.

«Instrucciones para usar una cabina telefónica»

Los niños y niñas de hoy en día, rara vez habrán visto usar

Extraída, sin permiso, de San Google

una de esas casitas que están en la calle con lo que parece un teléfono antiguo, sin «guasap», sin internet, sin juegos… Si Julio Cortazar levantara la cabeza podría, salvando las evidentes diferencias, o darle un ataque por mi atrevimiento o decir algo así:

Ese artilugio azul, en este caso, es un teléfono. Sí, y está en la calle para que todas las personas puedan usarlo.
Para empezar, deberas levantar el palo estirado con dos bolas a ambos extremos, que se encuentran unido por un cordel al cajetín principal. Con cuidado, no vaya a ser que el anterior usuario haya dejado restos de babas u otras inmundicias. Acércalo a tu oído, al que mejor oigas. Ahora tendrás que escuchar atentamente, como has visto que hacen en las películas con las caracolas. ¿Oyes el pitido? Si es constante y monótono puedes pasar al siguiente paso. En caso contrario, baja la palanca, sobre el que dicho auricular se encontraba situado, y vuelve a repetir el proceso.
Si te fijas atentamente, en la parte superior derecha hay una ranura. Por ella deberás introducir monedas, sí monedas. Si no tienes, cosa normal ya que solo usas la tarjeta de crédito o sueles pagar con «Pay-Pal», debes colocarlo todo como estaba e ir en busca de ellas antes de continuar, a lo mejor, si pides, alguien te da.
Si has superado los actos anteriores es el momento de que marques el número. ¡Ups!, lo siento, si estás en una cabina es porque el móvil se te ha quedado sin batería y, claro, no tienes acceso a la agenda de teléfono. Tendrás que tirar de memoria. ¿Te acuerdas como se usaba? Antes, hace unos años, nos acordábamos de todos los números de teléfono, ahora…, bueno, ahora no.
Imaginemos que lo recuerdas. Marca con cuidado cada número, despacio, de uno en uno, asegurando que a la vez que pulsas sobre cada uno de ellos, en el auricular suena un pitidito con cada presión realizada. Tranquilo, es normal.
Cuando hayas marcado los nueve dígitos, debes esperar. Esto es igual que con tu móvil, la señal suena hasta que la persona con la que quieres hablar descuelga y saluda, si es educada claro.
Una vez concluida la comunicación no debes esperar a que la máquina te devuelva dinero. No lo hace. Es vieja. Si queda saldo, cosa que podrás comprobar en la pequeña pantalla que tienes delante, lo perderás para siempre, a no ser que hagas otra llamada, para utilizarlo o que seas buen samaritano y, sin colgar el auricular, para que no se borre, se lo ofrezcas para que la persona que está detrás esperando pueda aprovecharlo. Bueno, en tu caso no habrá nadie, estos aparatos ya no suelen usarse. Es más, por si no te has dado cuenta, la gente te mira raro por utilizar una cabina telefónica. 

Si me permites el consejo, será mejor que cuelgues y, con disimulo, abandones el lugar.

«Una sorpresa con cruasán»

Extraída, sin permiso, de San Google
Tras el parón
navideño, la vuelta al trabajo supuso el retorno a la normalidad, las
costumbres, los horarios…, e intentar cumplir con los propósitos del nuevo año.
Era el momento de cumplir con uno de
esos deseos. Sin pensarlo mucho, cogió el teléfono y la llamó.
―Buenos días.
Ella, del otro lado de la red, parecía
sorprendida.
―Hola, ¡qué sorpresa!
―Pues sí, me apetecía hablar contigo. ¿Qué haces?
―Nada. Ya sabes, lo típico. Tomando un café antes de comenzar.
―¿Pero estás trabajando? Yo pensaba que…
―No, no, que va ―le interrumpió ella― sigo de vacaciones.
―Ya me parecía a mí. Tenía ese recuerdo, pero no estaba seguro. ¿Estás en
el apartamento o en tu casa? ―Preguntó él.
Ella aprovechó la pregunta para salir al balcón, con su taza de café con
leche en la otra mano, y contemplar la fabulosa vista de la playa que solo
puede dar un edificio en primera línea del mar. Por un momento dudó la
respuesta.
―En casa ―mintió mientras daba un sorbo, como para disimular la falsedad
de sus palabras. A la vez que esperaba la réplica, se acercó a la barandilla
para que el aire del mar le llenara los sentidos.
Él calló unos segundos. Sopesó las posibles repuestas. Escogió la que
consideró mejor y atacó con todo lo que tenía.
―Una lástima. Quería darte una sorpresa y traía unos cruasanes para
desayunar juntos. Ahora la sorpresa me la he llevado yo ―levantó la vista―. Te
queda bien ese pijama azul ―dicho lo cual se marchó.