«El hombre calvo del banco del parque»

Extraído, sin permiso, de San Google
El hombre calvo que siempre está sentado en la
misma esquina del banco de la entrada del parque, siempre llega antes que yo. Todas
las mañanas le doy los buenos días, nada más cruzar el portón de la entrada, y
él responde de la misma manera.
En muchas ocasiones, cuando mis pensamientos me
abandonan, me dedico a mirarlo de lejos, disimulando, para que no crea que lo espío.
Me sorprende verlo allí sentado, casi toda la mañana, sin hacer nada.
A eso de las once, como un reloj, saca su bocata y,
en un par de mordiscos, lo devora, ayudado de los sorbos prolongados que
arremete a la cañita del pequeño envase de zumo, con el que lo acompaña.
Pasa las horas perdido, aburrido, mirando a la
nada. A veces, se levanta, como el que no quiere la cosa, y empieza a pasear,
siempre por los alrededores de su banco, no se aleja más de diez o doce metros,
como el que esta esperando a que alguien llegue, para así poder atenderlo. Mientras
eso ocurre veo como la vida se le escapa. Para poder entretenerse se pasea la mano
derecha por su calva, como si estuviera pensando en algo fundamental. Quizás esté trabajando, quizás, por eso no tiene pelos.

«Un regalo singular»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Imagino que a ti, como a todos, el anuncio de este año de la Lotería de Navidad te ha emocionado. A mi sí, y mucho, así que, motivado por ese espíritu de entrega, amistad, y generosidad que lograron transmitir, e ido a cada uno de los bares que frecuento —si ya sé que piensas que son muchos, pero créeme que todos necesarios—, para hacerles un regalo.
Algunos de sus propietarios, o sus camareros mas afines, me han mirado raro, otros me han llamado caradura, a unos pocos no les ha gustado mi idea, pero la gran mayoría se han destornillado de la risa ante mi gentil presente.
A todos ellos les he regalado un sobre rojo, con mi nombre ya escrito, para ahorrarles el trabajo de hacerlo en el supuesto caso de que el número que han intentado venderme, sin éxito, toque. 
Gracias a todos, de verdad. Les quiero mogollón.

«Un cortado inacabado»

Imagen extraída, sin permiso, de San google

Cada tarde salía de su casa a la misma hora, para ir al mismo sitio, para seguir la misma rutina. Cada tarde, antes de cumplir con su ritual, revisaba sus correos electrónicos, sus «sms» y sus «guasaps». Deseaba encontrar uno en el que la citara para tomar ese cortado que hacía tiempo se adeudaban, y así poder terminar, o quizás empezar, la conversación que tenían pendiente desde hacía ya mucho tiempo. 
Muchas eran las preguntas, los comentarios y las consultas que se habían hecho, muchos los intentos fallidos de reunirse, en los que siempre surgía un problema, una dificultad, que así lo impedía.
Para ser fiel a su falsa cita, Estrella, cumplió con su ceremonial. Sin ninguna esperanza de encontrarlo acudió al bar, donde se habían reunido la última vez, y dejó pasar el rato.
Para su sorpresa el móvil timbró. El mensaje era corto: «¿Porqué no me saludas?». Miró a su alrededor y, justo en la mesa que estaba detrás, descubrió aquellos ojos, agarrados a una gran sonrisa y clavados en su ensortijado pelo. Había pasado por su lado sin verlo, sin saludarlo. Los colores enrojecieron su rostro. Los nervios se apoderaron de su pierna.
Ambos se levantaron, para darse un par de besos cordiales que bien pudieron ser el inicio de una bonita tarde, pero a ella le sonó el teléfono para avisarla de que tenía que marcharse. Prometieron quedar, avisarse otro día, concretar una cita…
A día de hoy, lo único que Estrella tiene claro es que hay historias que, girando en torno a un cortado, tardan tiempo en resolverse.