«Las funciones de unos y otros»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Hace un mes
salió publicado en el Boletín Oficial de Canarias (si estás interesado/a puedes
verlo aquí)
el anuncio por el que se convoca la apertura del procedimiento para el
suministro de uniformes para el personal que realiza las funciones de: Conductor,
Subalterno, Ordenanza, Vigilante, Telefonista, Portero y Conserje.
A priori, desde mi ignorante punto
de vista, casi todas esas funciones parecen ser similares, así que me he puesto
a investigar un poco.
La categoría de conductor parece
clara y distinta, pero ¿hay tantas diferencias entre las otras? Según el
Diccionario de la Real
Academia de la lengua Española:
Subalterno, En los centros oficiales, empleado de categoría
inferior afecto a servicios que no requieren aptitudes técnicas.
Ordenanza, Empleado que en ciertas oficinas desempeña
funciones subalternas.
Vigilante, Persona encargada de velar por algo.
Telefonista, Persona que se ocupa en el servicio de los
aparatos telefónicos.
Portero Funcionario subalterno encargado de la
vigilancia, limpieza, servicios auxiliares, etc., en oficinas públicas.
Conserje. Persona que tiene a su cuidado la custodia,
limpieza y llaves de un edificio o establecimiento público.
Ahora
entiendo porqué, a la entrada de las Consejerías, Ministerios, Direcciones
Generales, Cabildos, Ayuntamientos…, hay tanta gente. Cada uno tiene su
función. Por cierto, la limpieza y la seguridad la hace una empresa externa.

«La voz interior»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Descansaba un poco en el sofá, como lo hacía todas las tardes tras el almuerzo. En el preciso momento en que cerré los ojos, aquella chirriante voz me puso en pie de golpe: «Deberías airearte un poco, deberías airearte un poco, deberías airearte…». La impertinente voz interior me repetía, de manera incesante, aquella frase, una y otra vez, como un gorgoteo constante, todo el rato con la misma cadencia.
Me llevé las manos a la cabeza. Apretar las sienes no parecía llevar a ningún sitio. Ella seguía con su cantinela.
La repetición era sobre la misma superficie, encima del mismo punto de mi cerebro, sin moverse ni un milímetro. El efecto que hacía a mi salud mental era erosivo, corrosivo.
Quería terminar de escucharla, así que, no pude más, le hice caso y me lance por la ventana. Entonces escuché el resto: «…aunque no eres inmortal, idiota».

«Una de Hitchcock»

Camino por una calle fría y ruidosa de la sorprendente Nueva York. El juego de luces, los edificios y las esquinas conocidas me transportan a revivir la escena de una película ya vista.
La calle está desierta. El ruido de mis pasos inundan, por el efecto del sempiterno eco, cada uno de mis pasos. Las luces de las farolas balancean a las sombras como queriendo jugar con ellas, imitando a las lejanas olas. A pocos metros un hombre alto y muy robusto, vestido todo de negro, sale de un zaguán haciendo mucho ruido. Sobre su hombro derecho lleva una pesada carga. Pese a su duro aspecto, se ve sorprendido por mi presencia. Sin duda no me esperaba. 
Se queda parado, a medio paso entre la puerta de la que ha salido y de un conjunto de cubos de basura, metálicos, que parecían ser su destino.
Al verlo me detengo. La media luz que alumbra la escena me permite ver con aparente claridad su torcida nariz, sin duda rota en alguna pelea callejera, y la cicatriz que le atraviesa la comisura de los labios. 
Él recoloca sobre su hombro la pesada carga alargada, protegida por una gran bolsa negra de basura, y emite lo que pretende ser, sin lograrlo, una sonrisa. Sin dejar de mirarme avanza el par de pasos y la deja caer sobre el suelo. El estruendo es seco y potente. Se sacude las palmas de las manos y, cuando observa que estoy mirando el estirado bulto que acaba de soltar, se lleva el dedo gordo a la garganta y, atravesándome con su mirada se lo pasa de un lado a otro realizando el conocido gesto amenazador. Tras lo cual se marcha.
Acobardado, antes de continuar mi camino, vuelvo a mirar el bulto del suelo. O mi imaginación me ha jugado una mala pasada o aquí huele a muerto. Y es que en esta ciudad se graban muchas películas.
Imagen de mi móvil, saca el pasado octubre cerca de Central Park.

«La mordida de Adán»

Foto de mi móvil, desde el piso 86 del Empire State Building

Según se
narra en las Sagradas Escrituras, cuando Adán y Eva
mordieron la manzana la cosa se desmadró.

Hoy yo también me
siento un poco desmadrado, no por asociación al
pecado que asumieron los supuestos primeros representantes de la humanidad, al
morder la fruta, sino porque, tal y como afirmé en
mi anterior entrada en esta esquina, he alcanzado uno de mis sueños. Acabo
de regresar de un fabuloso viaje, de ocho días, a la
ciudad que nunca duerme, a la capital del consumismo, a la Gran Manzana. Como
he dicho desde el  principio, he mordido
la fruta del pecado.

Sin duda, este viaje, los lugares que
visité,
las experiencias vividas, los sentimientos generados, las cosas
aprendidas…darán
lugar a más
de un «post».

A modo de resumen, y para ponerte los
dientes largos, tanto si ya has estado, como si no, puedo afirmarte que las
cosas que se dicen, así como los adjetivos que califican a esta ciudad, tales
como: fastuosa, alucinante, apabullante…, son ciertos. La sensación de
conocerla, de ya haberla visto, sin duda por la gran cantidad de películas,
series y noticias que nos han enseñado
sus calles, parques, edificios, paisajes…, es constante a cada paso, en cada
esquina. Impresionante es Central Park, el Puente de Brooklyn, Times Square, el
Empire State building, el edificio Chrisler…

Así que sí, me siento como Adán tras
dar su mordisco, con ganas de más, de seguir pecando.