«En una noche de estrellas»

Extraída, sin permiso, de San Google
Existen muchas personas que, como yo, aprovechan las noches despejadas para admirar las estrellas. Lo hago desde siempre, desde mis primeras acampadas, en las que imaginaba pequeños cuentos y grandes fantasías. 
A veces las admiro acostado sobre el frío suelo, o cómodamente sentado. Otras disfruto acodado sobre la barandilla del balcón, pero todas con mi imaginación volando a lo qué hay más allá.
Las estrellas pueden ser muchas cosas, a parte de lo puramente material o gaseoso. Para muchos son recuerdos de amigos, o de  familiares que ya no están entre nosotros, pero que, desde allá arriba, nos apoyan e iluminan. Hay otras estrellas que son recuerdos de noches mágicas y sin fin, de aventuras vividas tras un concierto o de un baño nocturno en una playa… Las hay que, al mirarlas, evocan amores pasados, terminados trágicamente o con el más sincero de los besos, que nunca debieron o no se han concluido del todo.
A parte de todo ello, para mí, las estrellas también son sueños. Unos ya cumplidos y otras grandes pensamientos oníricos que nunca llegaran a presentarse.
Cuando leas estas líneas estaré lejos, tocando una de esas estrellas porque, al menos en esta ocasión, parece que uno de mis sueños puede hacerse realidad.
Deséame suerte, que en mí queda la voluntad y ganas de disfrutarlo.
A mi vuelta te lo cuento.

«Cosas en común»

Extraída, sin permiso, de San Google
Abeke es una
niña de seis años que vive en un pueblo del interior de la República de Sierra
Leona. Su casa es una mezcla de ladrillos de adobe, tablas de madera y planchas
de metal oxidado. Las calles, por las que corretea alegremente con sus amigos,
son una especie de fangal lleno de agujeros, que hay que ir sorteando, a veces
con grandes zancadas, mientras elude las dentelladas de los perros que andan
sueltos y que se asustan con el griterío de tanto niño.
Luisa es una niña de seis años que vive en un pueblo en el interior de
España. Su casa es un adosado de doble pared de ladrillos con capa aislante y
techo de teja, en el que lucen dos placas solares y una antena de televisión.
Las calles están perfectamente delimitadas por las aceras, los pasos de
peatones, el alumbrado público, las papeleras… lo que facilita que pueda correr
sin ningún peligro salvo por las restricciones que le da su madre a la hora de
llegar a una esquina.
         Abeke
está contenta porque hoy comerá una mazorca de maíz y algo de pescado. Luisa
está contenta  porque hoy comerá un Menú
Infantil en un “restaurante” de comida rápida.
A ambas niñas les une, entre otras cosas, su desconocimiento de que hoy,
16 de octubre, se celebra el Día Mundial de la Alimentación.

«Los tronos empiezan a temblar»

Foto desde el móvil, a las puertas de edificio oficial.
Luisa llevaba
tiempo sentada cómodamente en su sillón. Sin duda alguna era la reina del lugar
ya que, desde su poltrona, podía gobernar todo y a todos los que la rodeaban.
Pero las cosas no siempre son así. O al menos últimamente parece que, con tanto
movimiento social, solicitudes de independencia…, algo está cambiando.
Un buen día, sintió un temblor bajo sus pies. Parecía que el firme
sustento que la aguantaba se desquebrajaba y todo su mundo empezaba a
tambalearse.
       Para su sorpresa, poco a poco las
cosas comenzaron a cambiar de sitio, primero de manera tímida, luego más
drásticamente, como le corresponde a un terremoto. Hasta las posiciones de las
personas empezaron a modificarse. Todos se reposicionaban. Ella no quería ser
menos así que, para intentar disimular, y quedar bien con los que ahora iban a
tomar las riendas, comenzó a deshacerse de pequeñas suciedades, que escondió
bajo la alfombra, y de los grandes trastos, que dejó en cualquier sitio,
mientras afirmaba, despreocupada, que no eran de ella. Sus conocidos lo
señalaban y decían: “…se parece con tu…”. “Se parece pero no”.

Menos mal que hablo de un abandonado sofá y no de política.