«Para dar seguridad»

Extraída y retocada con mi móvil

Parece mentira, pero esto de estar vigilando a los amigos de lo ajeno es realmente una complicación. Tanto es así que hasta tenemos que colocar cadenas y candados a todo lo que nos rodea, con el fin de que los desaprensivos no se lleven nuestras queridas pertenencias.
Un buen ejemplo de ello lo tenemos en Luis —nombre imaginario por aquello de guardar la identidad— que, como todas las mañanas, llega a trabajar, montado en su bici azul.
Por un pequeño problema de espacio debe aparcarla fuera de la oficina, junto a la puerta, y encadenada a una vieja farola. Aprovecha que uno de los conserjes, cuando abre las dependencias, le presta la cadena para que la asegure, pese a que él pasa casi toda la mañana apoyado en la pared del zaguán.
Una tarde, por aquellas cosas del destino Luis salió para realizar una diligencia laboral y claro, se desplazó montado en ella. A su regreso, ya cercana la hora de cerrar se decidió por meterla en el interior del edificio, aprovechando que el «segurita» no estaba, pero oculta en el hueco debajo de la escalera, para evitar el más que seguro reproche del encargado del orden y la seguridad del recinto.
Fue el último en salir del edificio. Se acercó a donde había dejado la bici pero algo llamó su atención. Al girarse hacia la puerta vio que esta estaba formalmente cerrada, con cadena y candado, así que, ¿podrías llamar a un cerrajero, que no se dónde tengo el teléfono y no puedo salir? —¡ups! que vergüenza, acabo de desvelar la identidad de Luis— Gracias por leerme, y ayudarme.

«Tras la mirilla»

Extraída, sin permiso, de San Google
Caminaba por la calle. El paso con ritmo que ahora llevaba, había sustituido al que mantenía, más relajado, unos pocos metros atrás.
Hacía unos instantes, justo antes de reanudar la marcha, tras mirar el escaparte de una tienda de ropa, algo, una silueta, había llamado su atención. Él sentía que lo observaba.
Tras doblar la esquina, aprovechó la presencia de un reluciente espejo de una furgoneta, que estaba aparcada, para escrutar lo que se movía por su espalda. No paró, así que no vio nada claro, aunque la sensación, esa que tanto había visto en las películas, de sentirse observado y perseguido, se repitió.
Al llegar a su portal, entró y cerró la puerta tras de sí. Como siempre subió los escalones de dos en dos. Al llegar al rellano del primer piso escuchó, con toda claridad, como la puerta de la calle se había abierto, el ruido que hacían los engranajes era peculiar y de todos modos reconocible. Aceleró el ritmo hasta encontrarse en el interior de su casa. Dio las dos vueltas de llave que la cerradura le permitía, y colocó la cadena que colgaba tras la puerta, en un intento de aumentar su seguridad. 
Paró de respirar. No quería mirar por la mirilla, pero se quedó unos instantes con el oído pegado. Podía notar como alguien subía las escaleras. Su corazón comenzó a acelerarse, aún más, hasta que se dio cuenta de que era la vecina de la puerta de al lado. Resopló aliviado.
Tras negar con su cabeza y afirmar, en voz alta, su propia estupidez y paranoia, se dio la vuelta. La presencia le atacó sin aviso. Era su propia conciencia la que le perseguía.

«Un gaznápiro en el guasap»

Extraída, sin permiso, de San Google
Imagino que, como yo, usas «guasap» y formas parte de, al menos, algún grupo. Los hay de todos los gustos y temáticas: del trabajo, de los que juegan a pádel, de los del gimnasio, de los compañeros de la Universidad… Unos y otros tienen temas, mensajes en común y hasta las características de muchos de sus miembros, y miembras, son bastante parecidas.
En todos ellos suele sobrevivir —en algunos no— el gaznápiro, o gaznápira, cuya condición y labor fundamental en el grupo es molestar. Él, o ella, en su condición de persona tonta, no se ha dado cuenta de que está ahí sin que los demás quieran que esté. Pero se mantiene, embobado.
Su sentimiento de pertenencia al grupo está bastante trastocado. Se siente incómodo perteneciendo a ese selecto club, pero no tiene la madurez, ni la osadía suficiente como para abandonarlo por decisión propia, ya que su objetivo principal es hacerse notar, aunque para ello tenga que dinamitar todo aquello que se comenta, propone o planifica.
Este personaje se cree poseedor de la verdad e intenta mantener su estatus de antiguo líder o activo participante, aún a sabiendas, de que ya no lo es y de que, además, cuando no comenta nada o no asiste a las reuniones convocadas, el resto agradece su no presencia.
Con tal de conseguir su objetivo, molestar, es capaz de mantener intrincadas discusiones, sobre temáticas distintas, con varias personas a la vez y, con el fin de no saberse derrotado, todas las termina con alguna ocurrencia difícil de superar, para así callar al contrario y poder quedar por encima de los demás.
El gaznápiro, o gaznápira, es persistente y audaz, pero jamás reconocerá que este post está dedicado a su persona, ya que no se siente aludido ante tanta discreción. 

Y aquí lo dejo, que ya es tarde, y tengo que revisar mis chats, no vaya a ser que ese tonto sea yo mismo.