«La línea errónea»

Extraída, sin permiso, de San Google
Pintando aquellos extraños bisontes comenzó a sentir una extraña sensación en la garganta. sabia que algo no iba bien aunque siguió concentrado en su trabajo, al fin y al cabo le atraían mucho aquellos encargos, tan fuera de lo común.
Decidió terminar de perfilar todo el contorno del imponente animal, que ahora tenía entre manos, para luego toser. Era el primero de una larga serie de carraspeos.
Según pasaban los minutos, notaba como la fiebre comenzaba a subir mientras su cuerpo respondía con sudoración, sensación de frío… Tenía que parar. Volvió a toser ahora lo hacía de manera continuada.

Justo en el momento en el que estaba rematando la tan característica frente, un potente golpe de tos hizo que su firme mano se desviara del trazado marcado para cometer el peor error de su vida laboral. Aquella espalda, aquel tatuaje, ya nunca sería lo que pretendía ser. 

«El último combate»

Hecha con mi móvil. Puerto de la Cruz.
Tenía los
grandes guantes rojos enfundados y bien ceñidos a sus muñecas. Los calzones,
que a priori lucían una talla más de la que en verdad llevaba, le daban la
soltura y ligereza que necesitaba para poder moverse con agilidad sobre el
cuadrilátero. Su piel aparentaba sudorosa, húmeda, quizás por culpa de los
repetitivos saltos con la comba que le ayudaba a calentar. Su mirada estaba
perdida, vacía.
            A su alrededor el ruido era
ensordecedor. Pero no había gritos, ni ánimos, no identificaba voces humanas.

           Cuando sonó la campanada supo que el
combate había terminado. Por fin, su alma de boxeador, dejaría de luchar
encerrada dentro de aquel cuerpo de cera.

«Apostando fuerte»

Extraído, sin permiso, de San Google
Se dirige a la jaula de los leones para demostrarles cuánto se equivocan. Carlos, aunque está convencido de lo que va ha hacer, se acerca a la puerta con cierto resquemor. La fiera lo mira deseosa. Estira sus patas, emite un leve gemido y se relame con ímpetu ante la presencia cercana del chico.
Desde las gradas, los escandalosos babuinos, chillan y vitorean a Maxi. Está claro que han apostado por la fuerza de las fauces, cinco a uno, contra las caricias del muchacho.
Carlos abre la reja y entra. No pierde de vista los ojos del animal, cree poder controlarlo.

Maxi ruge, como tantas veces. Hace temblar al graderío. Los monos contienen sus alaridos a la espera del derramamiento de sangre. Maxi salta. Carlos grita. El león, panza arriba, disfruta las cosquillas como un minino cualquiera. De todos es sabido que los leones no pican entre horas.

«De vuelta al arte moderno»

De la página oficial de ARCO 2015
Hace ya algo algo más de tres años, en un post titulado «Lo llaman arte moderno», admitía mi desconocimiento de lo que es el arte moderno y de qué cosas deben tener el honor de considerarse como tales.
Este año, con el fin de intentar mejorar mis conocimientos sobre el tema, he decidido ir a «golisniar» —tal y como hacía en el citado post, aquí les dejo otro canarismo, para los que me leen del otro lado del charco. Este significa curiosear, husmear…—, por tal magno evento y dejarme embaucar por el impresionante derroche de creatividad que demuestran no solo los artistas que exponen sus obras, sino también los miembros del comité organizador, las personas de la prensa destacadas para cubrir el evento, o las coleccionistas.
Caminando entre los inmensos pasillos se pueden ver infinidad de figuras y objetos que llaman mi atención: carretillas con hierros y hojas de mármol; un montón de tubos de cobre, enlazados unos a otros con finos juncos; cuatro fotografías, de una señora muy fea, en papel baritado —esto no es un canarismo, así que lo buscas en el diccionario—; la concha de una ostra con una pequeña bola de acero en su interior, simulando una perla; una montaña de tiras de papel, probablemente sacadas de la trituradora de la oficina de algún partido político, por aquello de no dejar rastro; cinco tambores… y un montón de cosas más que no sé ni lo que son.

En fin, que yo lo he intentado, pero a mi todo este rollo no logro entenderlo y, para calmo, casi me «arrojo» todo —otro canarismo, por aquello de completar la clase de hoy, que significa expulsar por la boca el contenido del estómago— cuando intenté beberme medio vaso de agua, que alguien había dejado sobre una estantería, y me detuvo un comisario de la exposición para hacerme entender que aquello era arte y que se había vendido por 20.000 euros. ¡Y yo con la sed que tengo!, miedo me da pedir una cerveza.