«Un capullo en la carretera»

Así he terminado. Foto de mi móvil.

Vamos en el coche, circulando con cierta prisa para no llegar tarde a la cita que tenemos. De repente alguien, un hombre desconocido, se abalanza sobre el capó de mi vehículo y empieza a lanzar improperios contra mí y algún manotazo. Le salen sapos y culebras por la boca. Casi lo atropello, lo sé, pero ni lo había visto, ni lo esperaba, ni —ahora viene el detalle importante— había paso de peatones, o semáforo, o algo que le permitiera cruzar. El hombre simplemente había decidido que era un buen momento y lugar para cruzar. Y lo hizo.
Mi gesto, con toda la familia dentro del coche, tras dar el frenazo oportuno, fue el típico: levantar de manos y preguntarle si estaba loco. No hice, ni dije nada más.
Él ya se iba, cuando, ni corto ni perezoso, al escucharme, decidió que yo no tenía razón y que él sí. Retrocedió los tres metros que le separaban de nosotros y de una patada me reventó el espejo retrovisor del lado derecho del coche.
––¡Mecagoentoostusmuertooooos! ––le grité.
Él, por supuesto, comenzó a alejarse, pero siguió gritando. Se me envenenó la sangre. Paré el coche como pude. Me bajé y fui hacia él.
––¡Es que casi me matas! ––gritaba mientras se acercaba amenazante con la mano levantada.
––¡¿Tú estás loco?! ––le contesté. No dejé que se acercara más. Le arreé una patada en la barriga ––blanco fácil por el tamaño––. Sin remedió se separó, bajó la mano y aflojó el tono.
El resto de los coches pitaban. Alguien gritó. Mis hijos también chillaban y yo, que en el fondo no soy un vengador callejero, volví en mí.
Tras arrearle otra patada a las bolsas que el hombre había dejado caer sobre la acera, regresé a mi coche. Quería huir de aquella situación. Me acordé de toda su familia. Lo llamé mamaracho ––cursi, lo sé, pero fue lo que me salió––, lo mandé a la mierda ––esto sí es más apropiado––, y ,cuando arranqué, me temblaba todo ––esto debe ser normal––. 
Por suerte fueron solo un par de minutos, pero los suficientes para acordarme de él para siempre. y por eso este post, que no era el que iba a publicar.
¿Has vivido una situación parecida alguna vez? ¿Debería haberme quedado en el coche? ¿Qué le pasa a la gente? ¿Conoces a alguien que me venda un espejo retrovisor?
Gracias por leerme, y comentar.

«Una pausa para publicidad»

No suelo autopublicitarme, pero
como hoy es jueves, con el agravante de ser DÍA DEL LIBRO, y toca alimentar
este blog con alguna entrada -espero que tú lo hagas en la sección de
comentarios-, se me ha ocurrido que nada mejor que hacerlo parafraseando al
gran Paco Umbral: «¡Yo he venido aquí a hablar de mis libros!».
           
Recuerda que es un buen momento
para regalar un libro a un ser querido y, porqué no, los míos pueden ser una
buena opción.
SINOPSIS:
Nicolás y Clara son dos hermanos
mellizos que se ven involucrados en la misteriosa búsqueda de un tesoro que, al
parecer, tiene su abuelo. Unas cartas escritas por él irán señalando los pasos
a seguir y las pistas necesarias para ir descubriendo los enigmas que se les
plantean. La historia se complica con la aparición de una misteriosa condesa y
de sus malvadas sombras que intentarán impedirles cumplir su misión.
SINOPSIS:
Luis es un joven geógrafo que,
por culpa de la crisis, pierde su trabajo. Apesadumbrado y triste, recibe una
extraña nota en la que se le pide que vuelva a su pueblo natal donde le
empiezan a ocurrir cosas extrañas. Animado por su mejor amiga, decide emprender
una nueva vida y cumplir su sueño. La historia se irá complicando con la
aparición de un extraño abogado, palabras misteriosas escritas en la pared,
personajes increíbles…, que le indican el camino para encontrar un gran secreto
que guarda la montaña.
SINOPSIS: 
El joven príncipe árabe Mukhtar
se ve envuelto en el asesinato de su hermano mayor y heredero del trono de su
padre. 
Al ser acusado públicamente huye de palacio. Busca cobijo en casa de un
primo de su madre, quien se convertirá en su maestro y mentor. 
Con él
descubrirá un gran secreto y luchará por recuperar su honor y el trono de su
padre. 
¿Los has leído? ¿Qué te parece
esa moda de regalar libros? ¿Y lo de autopublicitarme?


¡¡¡FELIZ LECTURAS!!!

«Utilizando el lenguaje corporal»

Extraída, sin permiso, de San Google
El doble clic
sobre el botón derecho del ratón de nuestro ordenador nos posibilita el
despliegue del menú contextual y por lo tanto, el acceso a una serie de
funciones muy utilizadas (copiar, pegar, cortar…). ¿Qué ocurre cuando ese doble clic ―triple para ser exactos― se
hace sobre la espalda? ¿Sabes a qué me refiero?
Tras subir las escaleras en una
animada conversación, me arrimo a un lado, en un acto que pretende ser un gesto
de buena educación, para permitir a mi acompañante cruzar primero el umbral de
la puerta. Él se detiene y, con igual pretensión de buena conducta, me otorga
tres palmaditas  ―cortas y rápidas, que también
abren un lenguaje contextual― para indicarme que debo pasar yo primero.
Continuamos nuestro avance y justo
en el momento de despedirse, vuelve a realizar el mismo gesto ofreciendo a mi
espalda las mismas tres palmaditas ―¡vaya!
Coincidimos en una reunión. Me deja
entrar, con los tres mismos golpitos. Mi espacio vital se arruga. Sin duda este
hombre tiene la cualidad ―que me pone nervioso―, de dar la misma cantidad de
manotazos, siempre en el mismo sitio, con la misma intensidad ―poca― y con el
mismo resultado.
Por esas cosas del destino, al rato,
coincidimos en el cuarto de baño. Otra vez me deja pasar. Otra vez las palmaditas.
Vamos a lavarnos las manos e intenta, dejarme a mi  primero, pero no ―esta vez no lo dejo―, me
aparto de su mano y me alejo.
―Tu primero anda ―y le aflojo tres
palmaditas en la espalda.
¿Qué opinas de esa costumbre tan extendida? ¿Eres receptor o emisor de
palmaditas? Cuando invaden tu espacio, ¿qué menú contextual despliegas? ¿Te
lavas las manos antes de salir del baño? ―no es que esto último me importe, o
tenga algo que ver, pero lo pregunto por romper el hielo y empujarte a
participar. 
Gracias por leerme.

«Viaje en el tiempo»

Extraída, sin permiso, de San Google
A cada vuelta del tambor de la lavadora su boca abierta se secaba más. 
Estaba allí sentado, observando como se lavaba su disfraz de romano, siguiendo con su mirada cada uno de los giros. Su cabeza daba vueltas y vueltas, en el mismo sentido, como lo hace una peana de manera incansable, hasta que poco a poco detiene su movimiento. Pasado un rato se desmayó.
Le despertaron unos fuertes golpes en los cachetes. El dolor le devolvió a la realidad. Cuando pudo abrir los ojos se sorprendió, al ver a una señora mayor que le abofeteaba con fuerza mientras le gritaba palabras que no podía entender.
Se recuperó. Sentado en el suelo descubrió que estaba sobre la arena. La mujer lo avisaba. Iba a ser atacado.

Había descubierto la manera de viajar en el tiempo, pero aquella túnica le había encogido, por descuido no había escogido el programa para ropas delicadas.