«Hora de tomar decisiones»

Extraída, sin permiso, de San Google
Último
jueves de mayo. El tiempo se me ha echado un poco encima y ya no
queda casi nada para coger las vacaciones, o al menos parte de ellas.

Además
de una pequeña escapada en forma de esperado viaje, del que ya esta
casi todo preparado, estoy barajando diversas opciones con las que
acallar a mi novelero espíritu. Ya sabes
que no puedo quedarme quieto y que me gusta disfrutar de alguna nueva
experiencia.
Así
que, como no termino de decidirme, y ya que hemos pasado un aluvión
de democracia y elecciones, dedico este post a sondear tus opiniones
al respecto
.
Cuatro
son las posibles opciones:
1.-
Curso de surf.
(¿Me imaginas enfundado en un traje de neopreno, con la melena al
viento y dándome zambombazos contra el agua? Seguro que no tengo
desperdicio para «videos de Primera»).
2.-
Curso de fotografía.
(¿Cuánto he de abrir el obturador de la cámara para que la luz
impregne la imagen que quiero captar y el juego de luces y sombras…?
No sé si tendré paciencia yo para esto teniendo en cuenta que hasta
ahora siempre he sacado fotos en automático).
3.-
Curso de barranquismo.
(¿Quién me vería atado y colgado a varios metros de altura,
dándome taponazos contra la pared y acordándome de mi santa madre?
Que a ver si me tienes, de ella siempre me acuerdo, pero no así).
4.-
Curso de «mejorquédateentucasaqueyatienesunaedadydéjatedeinventar».
(¿Acaso hay algo mejor que disfrutar del sillón, tomar un par de
cervezas con los amigos, unas tapitas, unos gintonics…? Aquí me
veo, ¡y lo sabes!).

Bueno,
pues nada. Que estas son las opciones. Ahora necesito que te
manifiestes (pero sin mover cosas de la mesa, ni hacer ruidos
extraños) y me des tu opinión. Recuerda que
puedes hacerlo de varias maneras: en los comentarios, por señales de
humo, tam-tam, Facebook, Google +, Twiter, por carta certificada…
Cuento contigo.

«Aquel viejo cuadro»

Extraída, sin permiso, de San Google
¿Has estado alguna vez delante de uno de esos retratos en los que el protagonista, te muevas a donde te muevas, parece seguirte con los ojos? Hoy, durante el ratito del desayuno, tuve esa sensación.
Estábamos sentados, casi en la mesa de siempre, hablando y bromeando, un poco como lo hacemos todos los días, de manera vivaracha, con una de las camareras del bar de todos los días,. Ella estaba cantando una canción, a colación de una frase que dijo uno de mis compañeros, cuando me fijo en la señora que estaba sentada, enfrentada a mí, en la mesa contigua. Tenía los ojos clavados en la espontánea cantante. Su boca enmarcada en una gran sonrisa y sus labios se movían, reproduciendo la canción, al ritmo de la música. Estaba tan entretenida que no se percató de que yo la miraba.
Mi compañero intervino con una de sus ocurrentes frases. Todos reímos. Ella también.  En aquel momento parecía una más el grupo. Había olvidado, del todo, el motivo por el que estaba sentada en aquella mesa. Su desayuno se enfriaba.
La camarera dio su réplica. La señora rió nuevamente con todos. Parecía que formaba parte de la conversación. 
Así estuvo los pocos minutos que duró el espectáculo, sin perder detalle de lo que decíamos o hacíamos, hasta que su acompañante la devolvió a su realidad y, la felicidad momentánea que parecía revivir con nuestra forma de ser, cambió para retomar su vida.
La seguí observando un rato. La sonrisa de sus labios se apagó. El brillo de sus ojos se fue. Las canas de su pelo se volvieron más tristes. Sus arrugas parecían desentonar con el ritmo de la anterior música. De inmediato volvió a convertirse en el olvidado y viejo cuadro  que te sigue con la mirada.

«De cacería»

Foto de Sofía Calero
Desde lo alto de la ladera se ve, con total claridad, el fondo del río. La quietud del agua hace que mi atención se centre en una mancha oscura cerca de la orilla.
Sin duda, por la silueta que se vislumbra tengo, la certeza de que se trata de un cocodrilo. 
Su posición me llama la atención. Sus ojos parecen estar clavados en un punto fijo situado justo enfrente. Lo tengo claro, está atento al movimiento que realizan los seres vivos que pasan, ajenos a su presencia, justo por delante de sus fauces. Está de cacería. 
Algo pasa por delante de él a gran velocidad. ¡Plaf! Cazado. 

Ya sé lo que pasa. El color oscuro, la falta de siesta y mi perturbada imaginación, me han hecho confundir el coche, malencarado y semioculto, que está al otro lado de la autopista, y que puedo vigilar desde mi casa, con un cocodrilo. De todas formas, ahora que lo pienso, estos radares de la Benemérita, se asemejan mucho a los mencionados reptiles.