«Señales de humo»

Extraído, sin permiso, de San Google
La
quema de hogueras de la noche de San Juan pretende ser el ritual con
el que acercar todo lo bueno a nuestra vida, y ahuyentar todo lo malo, en forma de
humo, al cielo, y de ahí al más allá.
Quizás
motivado por ese olor a quemado tan característico que perdura en el
ambiente, incluso un par de días después, o por lo quemada que está
mi calenturienta mente, de camino a casa me veo sorprendido por la
cantidad de humos que respiramos durante el día y que se
entremezclan con el olor a tea chamuscada.
Me
resulta asqueroso el olor a cigarro, emitido por los diferentes
corrillos que se forman a la entrada del trabajo, y que avanza
escaleras arriba impregnando ascensores, salas, despachos, ropas y
personas.
Es de
agradecer que la refinería está en parada técnica y no emita gases
pestilentes. El aire que se respira es más agradable, mas limpio,
menos pesado.
Muchos
de los coches que van por la autopista parecen no haber superado la
ITV, pero aún así circulan, expulsando el negro elemento en una
mezcla de estado casi «sólidolíquidogaseoso»
generando una especie de bruma oscura que se junta con… ¡horror!
¡Sale humo de la chimenea del tanatorio! Menos mal que suelo
circular con las ventanas cerradas, porque como esos vapores penetren
en el interior del coche, el chamuscado propietario se queda sin ir ni al cielo, ni al más allá.

¿Qué
humareda es la que más te molesta? ¿Tienes alguna historia que contar que tenga el humo como protagonista?

«El increíble cuarto de aperos»

Foto sacada con mi móvil, en las medianías de La Orotava
Antonio había heredado aquella finca. Su tío, que en paz descanse, se la había dejado con el firme propósito de que se encargara de ella y la cuidase con el mismo mimo y afecto que él lo había hecho durante tantos años. Había fallecido sin descendientes directos por lo que Antonio era la persona que había tenido el honor de heredarla.
Una vez allí, en sus posesiones recordó como siendo niño, su familiar siempre le contaba historias sobre aquellas tierras, sobre lo importante que era cuidarlas y preservarlas de las avaricias ajenas. 
Estaba como siempre, en barbecho. Por mucho esfuerzo que hizo no pudo recordarla cultivada de papas o vides, como era tradición en aquellas medianías.
Evocó a su tío sentado en aquel mismo muro contemplando el pequeño y singular cuarto de aperos. Cuando iban juntos no hacían otra cosa. En su mente le pareció escuchar una vieja  conversación:
—Algún día me meteré en ese ascensor y ya no regresaré —le dijo en una ocasión, señalando la puerta del ascensor que cerraba aquellas cuatro paredes.
—¿Adónde irás tío?
—Al sitio que deba ir. Arriba o abajo. Pero lo importante, lo que tú debes tener presente, es que nadie entre, si no le toca. Y que vigiles, para que nadie salga, aunque crea que le toca.
Aquellas palabras siempre le habían intrigado.
Antonio tenía las llaves del candado. Se acercó y abrió, esperando encontrar viejas azadas y herramientas oxidadas por el paso del tiempo y la humedad. No había nada de eso. En la pared derecha solo dos luces una señalando arriba y otra hacia abajo. 

La puerta cerró bruscamente y el guardián desapareció para siempre sin saberse si fue al cielo o al infierno. Hay puertas que es mejor no cruzar.

«El juego de las seis cervezas»

Extraída, sin permiso, de San Google
Vamos a jugar. Te propongo un juego en el que quiero que pongas a prueba tu imaginación, como si fueras escribiente de un blog de poca monta como este, e incorpores un final o motivo original por el que el protagonista del caso que nos ocupa ha hecho lo que te cuento a continuación. 
Estás en el coche esperando que salga tu hija de su actividad extraescolar. Con la mirada perdida afinas las pupilas en lo que hace un señor, parado en mitad de la acera, y que apenas está a veinte metros de ti. Él no te mira, pero tu lo estudias con detenimiento.
De su hombro derecho cuelga un bolso marrón, parece que de cuero y de tamaño medio. En su mano lleva una bolsa verde de plástico, probablemente de un supermercado. Llegas a esa conclusión cuando ves que de ella saca un «pack» de seis latas de cervezas. Sin duda en el interior de la bolsa quedan mas cosas. Quiere liberar sus dos manos para poder asirlas correctamente así que, con cierto esmero, probablemente para no romper su contenido, pone la bolsa en el suelo.
Como puede, mientras mantiene entre sus manos el paquete con las seis cervezas, abre el bolso marrón. Intenta meterlas como están, agarradas y rodeadas de ese plástico blanco con forma de argolla, tan criticado por ser asesino de tortugas y otros animales marinos. Le cuesta trabajo pero al fin lo consigue. Cierra el bolso y vuelve a coger la bolsa para reanudar su marcha en mi dirección. Ya las tiene ocultas.
Al caminar por mi lado cruzamos las miradas. Me parece intuir cierto rubor en sus mejillas, como cuando pillas a un niño en una travesura. Él desvía la vista. De manera fugaz analizo la bolsa: no está llena, no está rota, no tiene desperfectos, no pesa.
¿Porqué lo ha hecho? 

(No vale lo fácil: quiere esconderlas porque su pareja no le deja beber)

«A partir de un tuit»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Respóndeme con sinceridad: ¿Cuánto tiempo hace que no escribes una carta? Sí, me refiero a una carta de verdad, de esas que narran una bonita historia, una lista de buenos deseos o transmiten la búsqueda de un sueño que no sabes si llegará o no. Sí, insisto, me refiero a una de esas cartas. 
Si te digo la verdad yo hace mucho que no lo hacía, sobre todo desde la llegada de las redes sociales, a las que cada día me hago más asiduo.
Sin ir más lejos, ayer miércoles publiqué un pensamiento en mi cuenta de twiter (@gcabmoy): «Hoy es un buen día para tomar una decisión en torno a tu destino». Estaba asociado a un hashtag (#minuevahistoria), que provocó cierto revuelo momentáneo e inminente, cosa que no ocurría con las cartas que antaño enviaba. Por ponerte un ejemplo, alguien, de manera muy exagerada, llegó a calificar el citado tuit o «tweet» de, cuando menos intrigante. Una amiga me llamó asustada para enterarse de qué me ocurría. Y es que hay personas con la mente muy calenturienta.
Bueno, pues el hecho es que tenía que tomar una decisión en torno a qué hacer con mi nueva historia/libro/cuento/comoquierasllamarlo, que ya ha dormido lo suficiente. Ahora tiene que moverse.
Me debatía entre intentar publicar (en editorial o a nivel personal) o dar el salto y presentarlo a uno de esos dificilísimos concursos, a los que se presentan cientos de personas —o miles—, con los mismos delirios de grandeza que yo, o con la misma seguridad de que han escrito una buena historia, que bien se merece ese premio, esa cantidad de dinero y esa estatuilla. Sin duda es así.

Así que la decisión está tomada. mi nueva historia/libro/cuento/comoquierasllamarlo, de la que aún no te voy a contar nada —ni el título— está ya fotocopiada por triplicado y preparada para ser enviada, por carta, a su destino. Sí, en una carta de las de verdad. De las que en su interior, tal y como decía al principio, esconde lo que yo creo que es una bonita historia, una lista de buenos deseos…, la búsqueda de un sueño que no sé si llegará o no. El tiempo lo dirá y yo te lo contaré.