«El increíble cuarto de aperos»

Foto sacada con mi móvil, en las medianías de La Orotava
Antonio había heredado aquella finca. Su tío, que en paz descanse, se la había dejado con el firme propósito de que se encargara de ella y la cuidase con el mismo mimo y afecto que él lo había hecho durante tantos años. Había fallecido sin descendientes directos por lo que Antonio era la persona que había tenido el honor de heredarla.
Una vez allí, en sus posesiones recordó como siendo niño, su familiar siempre le contaba historias sobre aquellas tierras, sobre lo importante que era cuidarlas y preservarlas de las avaricias ajenas. 
Estaba como siempre, en barbecho. Por mucho esfuerzo que hizo no pudo recordarla cultivada de papas o vides, como era tradición en aquellas medianías.
Evocó a su tío sentado en aquel mismo muro contemplando el pequeño y singular cuarto de aperos. Cuando iban juntos no hacían otra cosa. En su mente le pareció escuchar una vieja  conversación:
—Algún día me meteré en ese ascensor y ya no regresaré —le dijo en una ocasión, señalando la puerta del ascensor que cerraba aquellas cuatro paredes.
—¿Adónde irás tío?
—Al sitio que deba ir. Arriba o abajo. Pero lo importante, lo que tú debes tener presente, es que nadie entre, si no le toca. Y que vigiles, para que nadie salga, aunque crea que le toca.
Aquellas palabras siempre le habían intrigado.
Antonio tenía las llaves del candado. Se acercó y abrió, esperando encontrar viejas azadas y herramientas oxidadas por el paso del tiempo y la humedad. No había nada de eso. En la pared derecha solo dos luces una señalando arriba y otra hacia abajo. 

La puerta cerró bruscamente y el guardián desapareció para siempre sin saberse si fue al cielo o al infierno. Hay puertas que es mejor no cruzar.