«El vendedor ambulante»

Imagen sacada, sin permiso de San Google
Manuel está sentado en la sala de espera del Ministerio. La funcionaria que lo tiene que atender está respondiendo las consultas de una señora que llegó antes que él. Aburrido las observa. Solo espera que cuando termine sea su turno y que no lo dejen colgado por ser la hora del desayuno. No lo cree. A la empleada pública se la ve concentrada en lo que hace, eso le da confianza.
Pasados unos minutos, un señor, con pinta de funcionario, se acerca por detrás de su compañera. Dirigiéndose a ambos —parece que también conoce a la señora que está siendo atendida— dice algo por lo bajini y acomoda junto a la mesa una bolsa de lo que parecen ser aguacates. Ella abre el monedero y abona una cantidad.
Por fin la señora se pone en pie y comienza a despedirse. Intercambian un par de palabras, entre las que destacan las que le sirven para darle las gracias por la compra realizada. También recoge de la mesa lo que parece una revista de productos de una famosa marca de maquillaje. 
La funcionaria mira a Manuel y antes de hacerle la señal para que pueda acercarse se interpone entre ellos otra funcionaria para dejar y cobrar la rifa de pro-viaje de fin de curso de su hijo.
Con Manuel aún esperando, el de los aguacates vuelve a aparecer, esta vez sin bolsas en las manos, haciendo alarde de haber vendido toda la fruta que había traído. Ahora bajará al garaje a por más. Promete traerles unas naranjas buenísimas la semana que viene.

Manuel se queda aturdido, no sabía de que aquello fuera un mercado.

«En un descanso del trabajo»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Salió a estirar las piernas y a despejar la cabeza. Encendió un pitillo mientras dejaba caer su cuerpo contra la pared, para lograr un punto de apoyo más seguro que el que le ofrecían sus cansadas piernas.
Del otro lado de la calle unos gritos llamaron su atención. Desde su distancia miró mientras apuraba un par de caladas al cigarro.
Una pareja parecían mantener una acalorada discusión. Sin previó aviso él levantó su mano y le cruzó la cara de derecha a izquierda. Ella cayó al suelo, como un pesado saco que es lanzado con desprecio.
Ana no lo pensó. Tiró el cigarro, con una clara señal de odio y desprecio. Comenzó a caminar con paso firme,  dirigiéndose hacia el hombre. 
Se acerco por detrás. Sin decir una sola palabra le rebanó el cuello. Limpió el cuchillo en la misma chaqueta del hombre. 

Relajada volvió al trabajo en la carnicería.

«Esos asombrosos autobares ambulantes»

Hace tiempo que no voy a una verbena. Sí, a una de esas verbenas de pueblo donde se baila en el centro de la plaza, lo más arrimados posible, intentando pillar cacho. 
Recuerdo con cierta nostalgia esas noches de verano, con las plazas decoradas, con una gran colección de guirnaldas de todos los colores; el gran escenario que lucía un cartel con el nombre del santo o virgen a los que estaban dedicados los fastos; el grupo preparado para empezar la actuación… 
Pero lo que más recuerdo son los autobares, aparcados a los lados, como delimitando la zona de baile de la de relaciones, haciendo su agosto —nunca mejor dicho. Recuerdo los bocatas de pollo, de lomo, los perritos…
Es curioso, ahora que lo pienso, esto de los bares ha ido evolucionando. Ahora del simple bocadillo se han creado caravanas que venden comida fusión, comida invención, japonesa, tailandesa y todo tipo de alimentos acabados en «-esa» y otros. Hasta hay un programa de televisión en el que unos súper cocineros, que son la repera, van por esas carreteras recorriendo la España profunda y la más cercana, para reproducir un plato típico o peculiar de la zona ,que después dan a probar y tal y tal.
Otra cosa curiosa que en estos días he visto, y que es el verdadero motivo de este post, es una nueva  furgoneta que tiene pinta de ir por los pueblos ofreciendo otro tipo de carnes.
La propuesta me parece, cuando menos interesante sobre todo teniendo en cuenta que con esto se demuestra que no está todo inventado y que cada uno se vende como quiere.
Ahora, eso sí, en la próxima verbena a la que vaya, paso de los autobares de bocadillos y me voy directo a está.  A ver si aprendo algo. ¿Te apetece echar un dancing?

Foto sacada de mi móvil. Puerto de la Cruz Octubre 2015.

«El duelo»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
—¡Cuánta fuerza y qué poca puntería! —graznó aquel pirata cojo, de pata de palo, con parche en el ojo…, recién salido de una canción de Sabina—, sobre todo teniendo en cuenta tu tamaño —dijo golpeando su espada sobre la cabeza del pequeño que lo miraba boquiabierto.
—Hago lo que puedo —balbuceó el niño al ver que la tripulación reía con mucho desparpajo ante el error que él había cometido y la ocurrencia de su capitán.
—Ya veo chiquitín, pero ahora me toca a mí. Es lo que tienen los duelos.
El niño temblaba. Sabía que la vida podía irle en ello.

El hombretón cargó e hizo su disparo. La baba resbaló fallando. La tripulación se rió de él, pero ahora, desde la distancia, y viendo la actitud que el fiero capitán mantiene con el chico, todos saben que erró adrede en el duelo de escupitajos. Se había encariñado del enano.