«Disparate en el gallinero»

Extraído, sin permiso, de San Google

Cuando el gallinero se disparata, hasta a los gallos más poderosos se les ponen las plumas de punta. Mi familia es así, o se asemeja —y mucho—, a un gallinero y éstos días se ha revolucionado del todo.
En menos que ha cantado un gallo y, movidos cada uno por sus propios intereses, sin afectar a los de los demás, o incluso afectando —pero con cariño—, como decía, en un periquete, se ha remodelado un par de casas y se ha renovado el parque móvil familiar.
La pequeña, iniciadora de los tormentosos incidentes que se han producido en estas últimas dos semanas, le ha dado por, no sólo cambiar de coche, sino también vender el mío. Supongo que en un ataque de preocupación por el estado general de lo que se ha llegado a calificar como «la tartana». Menos mal que cerró el trato antes de que lo tuvieran en sus manos. Al verlo y conducirlo querían darle la mitad de lo inicialmente ofertado. No sé porqué, la verdad, a mí me iba de perlas.
La otra de mis hermanas, le ha dado por vender su coche y parte de su casa: sofás, sillones, estanterías…, hasta lámparas ha descolgado y puesto en venta por veinte euros en los «interneses». Así hasta comprarse un coche —por cierto, ¡bonita!, a ver si te invitas a una merienda que no hemos visto la remodelación ni la nueva bandera—. Esta, tanto ha hecho, que hasta ha conseguido vender «la furia amarilla», que todo sea dicho de paso, está genial, super bien conservado y en perfecto estado —¡oyé! que lo digo en serio, nada de sarcasmos, sobre todo porque su compradora puede que me esté leyendo.
El otro un desgraciadito. Mi niño, con lo bueno que es. No le ha tocado nada, más bien dar, prestado. Ni la mesa de billar que me traje para casa el otro día cedida para el garaje. Pero no te preocupes, cuando quieras, —y ya va siendo hora de que lo hagas— nos invitas a una comidita de esas tan selectas que organizas en tu casa y así, al menos, te llevas nuestra compañía.
Mis padres, los pobres, se han visto en el fuego cruzado de un lado y el otro. Tanto ha sido a así que hasta se han escuchado voces de ponerle un cártel a mi madre y venderla, que de seguro sacamos una pasta. De mi padre también ganaríamos algo, que se conserva en alcohol y en jamón serrano —¡del bueno oiga, no se vaya usted a pensar!
Así que nada, lo dicho. Las plumas las tengo erizadas, pero con coche nuevo y un agujero negro en cuenta, del que ya hablaremos.
 

«La terapia»

Imagen extraída, sin permiso, de San Google
Llevaba tiempo quejándose del ruido que hacían aquellos pequeños seres. Los oía martillar, correr  y chillar dentro su cabeza, tanto era así que, en varias ocasiones, había perdido el control. Tras sufrir episodios de ansiedad y arrebatos de furia descontrolada, decidió ir a consulta:
…
—¿Vuelven a ser invisibles tras la toma de la medicación? —preguntó el psiquiatra mientras levantaba la cabeza para observar la coronilla del señor Gutiérrez.
—La mayoría de las veces sí. Sobre todo por la mañana y normalmente hasta las cinco de la tarde. A partir de esa hora…
El discurso del hombre se vio interrumpido, como la mayoría de las veces, por las inquisitivas preguntas que el doctor hacía cortando el hilo conductor del relato del bueno de Gutiérrez.
—¿Qué es lo que pasa a esa hora? 
—Es que a esa hora…
—¿Siempre es a las cinco de la tarde?

—Sí. Es cuando vuelven del colegio.

«Como pompas de jabón»

Extraída, sin permiso, de San Google
Yo paseaba. Ellas disfrutaban de la mañana, dándose un sencillo baño de rayos de sol, en la plaza. En el centro, llamando la atención de los transeúntes, el titiritero juega con sus marionetas; en la esquina de la derecha, un perroflauta lame a su amo; y en lo alto del bordillo de la fuente, un personaje, con nariz de payaso, inventa una enorme pompa de jabón con dos cuerdas enlazadas a sendos palos.
Madre e hija disfrutan del espectáculo. La pequeña, con la boca abierta, quiere salir corriendo y estrellar su cuerpo contra la etérea materia de jabón y agua, pero los preciosos colores que los rayos del sol le devuelven, al atravesar el elemento, se lo impide.

Su madre disfruta con la sonrisa de su hija. Sus pensamientos se atiborran al recordar que su mundo acaba de explotar, como aquella pompa que la niña señala alejada de toda realidad. 

«Retomando la normalidad»

Extraído, sin permiso, de San Google
Como lo prometido es deuda, ya estoy por aquí. Han sido unas vacaciones bastante relajadas, en lo que a la escritura se refiere. Decidí que iba a tomarme un descanso y así ha sido. En todas las vacaciones NO HE ESCRITO UNA SOLA LETRA. Por lo demás han sido, y son —ya que aún me quedan un par de días de vacaciones—, un sin parar. Bueno, qué te voy a contar. En mi tónica —por supuesto con ginebra incluida.
Han sido muchos días de comidas, de amigos, de fiestas, de lectura, de viaje, y de un montón de actividades que, si me lo permites, que poco a poco te iré contando.
Como novedades para este año, además de los consabidos buenos propósitos —deporte, adelgazar, escribir más, recuperar viejas amistades…— comentarte que tengo en mente dos nuevos proyectos editoriales. El primero ya se está calentando. ¿Te acuerdas de aquella entrada en el blog en la que hablaba de que iba a presentarme a un concurso literario? Pues como era de esperar no saqué nada, pero a una Editorial le ha gustado la historia y quiere publicar. Espero que a lo largo de la semana que viene pueda contarte algo más e ir compartiendo el paso a paso. 
La segunda historia consistirá en sacarme una espina que tengo clavada. De esta no puedo decir nada, aún, pero dentro de poco…
Por último susurrarte de que también retomo la escritura de la historia que me tengo entre manos y que ya va por el capitulo seis de no sé aún cuántos. Pero la trama empieza a tener forma.

Como ves empiezo el año con fuerza y es que no hay nada como volver a los horarios locos, a la realización de la multiactividad, para organizar mi mente, mis ánimos y las ganas de seguir disfrutando de la vida. Espero así luchar contra la creencia que tienen algunos de que la normalidad consiste en recobrar su antipática, seca y maleducada existencia. Menos mal que tú no eres de esas personas.