«Con una caricia»

Poco antes de que los domingos fueran tan grises y amargos, poco antes de que su último aliento de vida tuviera deseos de escapar por la comisura de los labios, Juan era feliz.
Entre sus mejores características cabía destacar que era buen estudiante, amable con las personas mayores, educado con sus amistades, cariñoso con sus familiares, agradecido con quienes lo cuidaban… Quizás por eso pedía y se le concedía. Tenía todo lo que un niño podía querer y necesitar, salvo la enfermedad, esa había llegado sin permiso. Era de las peores, de las que te debilita poco a poco. Quizás por eso pedía y se le concedía.

Como todos los domingos, su madre lo visitó en la zona de aislamiento del hospital, donde estaba ingresado. Él volvió a pedir: «Quiero ser una estrella». Ella, con todo su amor, en una caricia le cerró los ojos. El amargo deseo se concedió.
Gracias por leerme.

«El monedero asiático»

Todas las mañanas tomamos café en el mismo bar y a la misma hora. Últimamente observo la llegada de un señor asiático, también más o menos a la misma hora, que, con la misma ropa, los mismos calcetines blancos enfundados en unos ajados zapatos marrones, a juego con la riñonera, entra en el bar sin levantar la cabeza.
No sé si mis compañeros de café se han percatado de su presencia, pero todos los días tiene la misma rutina: entra, se sienta en el taburete que está situado delante de la máquina tragaperras, saca una bolsa de plástico trasparente de su bolso, coge un puñado de monedas y empieza a meterlas, sin compasión, en la ranura correspondiente. 
En ocasiones, el tintineo y la música le acompañan la vomitada de dinero que emana por la gran boca inferior, pero en la mayoría de los casos, cuando vuelvo a mirar, ya no está en su sitio y descubro que ha abandonado sigilosamente el lugar. 
Según escuché al camarero se pasa la mañana así, de bar en bar, de máquina en máquina, recorriendo su «Vía Crucis» particular, y es que habemos personas con gustos para todos los colores. ¡A saber qué historia podría contarnos el buen hombre!
Hoy he decidido inaugurar esta nueva etiqueta. Ya son algunos los relatos de «Personajes y otros animales de compañía» que les he traído a esta esquina, así que creo que se merecen su propio espacio y, quién sabe, a lo mejor alguna de estás pequeñas historias te recuerdan a alguien, o a ti.

Gracias por leerme

«¿Te hago pensar?»

Un buen día se encontraron. Así, sin más, tímidamente se dieron la mano y comenzaron un camino juntos. Ninguno de los dos sabía dónde iba, pero parecía que querían recorrerlo juntos, conscientes de las dificultades que les aguardaban tras los distintos recodos y esperando tropezar con las piedras que siempre dificultan el paso. Pero también conocedores de la ilusión y la esperanza que les llegaba por estar juntos. 
Tras varios kilómetros recorridos llegaron al temido precipicio. Todo fueron idas y venidas, dudas y aciertos, preguntas sin respuestas, brújulas que señalaban a todos lados salvo al norte, pero les había llegado el momento. 
Juntos, tal y como habían llegado hasta allí, acordaron saltar. Contaron hasta tres. Él saltó estirando la mano para ayudarla a cumplir la palabra dada. Ella, en el preciso y fatídico instante en el que ya no hay marcha atrás, decidió dar un paso atrás y quedarse mirando. Él comenzó a dar vueltas en el aire. No sabía el porqué de aquella ruptura. Sin duda las respuestas tardaría en encontrarlas, pero ella nunca se haría las preguntas adecuadas. 

Gracias por leerme.

«Y me bajé los pantalones»

La bella morena de piel exótica y pelo ensortijado me esperaba. Me percaté de que una música suave adornaba el aire, mientras una cálida esencia acariciaba el olfato. Tras los dos besos de rigor y alguna aclaración por mi parte, justificando mi presencia en su aposento, sin mediar ni una sola palabra más, me ordenó que me bajara los pantalones, mientras ella, del otro lado me miraba.  Una alarma sonó, pero no en mi cabeza, sino en el recinto. Las risas por la situación y mi comentario ávido y gracioso, de que aún no había pasado nada, ayudó a que el encuentro comenzara a resultar algo más relajante.
Me tumbé en la cama dispuesta al efecto y ella comenzó a maniobrar. Gemí, grité, aullé, puede que algún momento la insultara —a alguna le pone eso—…, pero sobre todo me dejé hacer, y eso que sus manos estaban pringadas de aceite.
El rato se pasó entre sufrimiento y placeres. Cuando tocó darme la vuelta sentí que sus manos bajaban hace mi culo. En ese momento, creo que acompañado de una risita sarcástica, su voz  cambió el tono «¡Es hora de conquistar la luna!», dijo sin más preámbulos mientras me clavaba un par de banderillas. Ahora el dolor sí se hizo fuerte, y eso que tengo un buen culo —también usando sus propias palabras—. Nunca me lo habían sobado y tratado de aquella manera, pero esa mujer tenía todo el permiso y sabía lo que tenía entre manos.
La noche la pasé en vela. La mayor parte pensando en ella —y en su familia, claro— guiado por los dolores y sufrimientos tras tanto vapuleo. 
Hoy, una semana después, y tras una segunda visita, mi cuerpo vuelve a ser mío. Puedo caminar, correr, saltar y…, todo gracias a sus manos, sus agujas y la alarma de su móvil que, al bajarme los pantalones, me avisó de que allí iba a ver final feliz, pero de otro tipo. Mi fisioterapeuta es una crac.

Gracias por leerme.