«El hijo de la pescadera»

El café de las 7:30 de la mañana suele ser distendido y de muy buen rollo entre las risas de unos y otros. Hoy que me he adelantado un poco empiezo a saborear mi cortado algo perplejo. Como ya te he contado en alguna ocasión, este bar, o mejor dicho su terraza, suele ser un buen observatorio desde el que detecto algunas situaciones y muchas personas y personajes, cuando menos curiosos.
En esta soledad y reflexión en la que ando inmerso, acabo de darme cuenta de que, desde que empezó este curso escolar, no he visto al hijo de la pescadera.
Déjame que te cuente.
Durante el curso pasado en muchas ocasiones observé los andares de una señora, toda uniformada de blanco, con botas de agua y delantal plástico, la pescadera, que todas las mañanas, justo a la hora de este café, pasaba por detrás de nosotros, apenas sin hacer ruido, como un espíritu que solo puede ser visto por unos pocos.
Durante variados días la seguí, hasta dónde podía, con mirada inquisidora, ya que, su presencia me había llamado la atención, por su comportamiento rutinario y puntual. No descubrí su destino, pero sí me percataba, de que en todas las ocasiones volvía a pasar acompañada de un somnoliento chico.
Un día como hoy, en el que también llegué temprano al Café, pase por delante de un coche y, para mi asombro, descubrí durmiendo a aquel chico, con manta y todo, plácidamente en el asiento del copiloto. En ese momento até todos los cabos y mi curiosidad se vio satisfecha.
El chico era el hijo de la pescadera. Ella se incorporaba a su trabajo en el mercado de madrugada, traía al chico en el coche, que se quedaba dentro durmiendo y, a la hora pactada, iba a despertarlo, para que pudiera acudir a sus clases en el instituto.
Como decía hace mucho que no me los he vuelto a tropezar, así que, desde este mirador, y ya con el agradable sabor de este café en la boca, espero que el motivo de esa ausencia, sea que el joven haya conseguido titular y cumplir los sueños que tanto sufrió, y disfrutó, en ese asiento delantero del coche de su madre. Ambos se lo merecen.

 

Gracias por leerme

«La gran serpiente roja»

Todas las mañanas sale de caza. Su cuerpo se arrastra despacio, zigzagueante, devorando lo que llega a sus fauces. Cuando te pilla no tienes escapatoria, da igual lo rápido o audaz que seas. Ella, desde su privilegiada posición te observa, te estudia y, en cuanto siente tu presencia a su lado, te engulle.
Una vez que te encuentras dentro de su tracto digestivo, notas como sus paredes te aprietan, se mueven a tu alrededor, con gestos nada armónicos, trasladándote a veces hacia el lado derecho y otras contra el izquierdo. Comienza el proceso digestivo y, por ende, la destrucción de tu ser. En ese preciso instante lo peor es sentir como la energía matutina de tu ser se va degradando. Aceptas que es muy difícil escapar, aún así lo intentas. Sabes que el tiempo que tienes es limitado y que según lo inviertas podrás actuar a la hora de la salida.

 

Hay ocasiones, las menos, en las que por la tarde también sale de caza y es que la serpiente de luces rojas, en las que se ha convertido nuestra autopista, es una verdadera depredadora de tiempos y energía.
Gracias por leerme,—lástima que el Cabildo no lo haga.

«El calentón del caballero»

El puñetero ojo de la cerradura estaba bloqueado y no permitía abrir el cierre. El caballero había probado a forzarla con todo lo que tenía al alcance de sus manos: introduciendo la punta de un palo, haciendo palanca con un viejo y oxidado hierro… Rompió su mejor daga, e incluso había intentado meter la punta de su verga por el pequeño agujero. Todo ello mientras ella, su amada esposa, gritaba desesperada.
Pero nada, no había suerte. Era una verdadera lastima que la llave, que siempre llevaba colgada al cuello, desde el mismo día que saliera a las cruzadas, la perdiera en un inmundo burdel, de más allá de las fronteras del reino.
Tendría que llamar al herrero, para que forzara aquel cinturón de castidad y con él, el honor de su joven y virgen esposa.
Al enterarse, el técnico acudió raudo. Tras el cruce de miradas y disimuladas sonrisas, comprendió que debía esconder la copia que él utilizaba, para hacer imposible el encargo. Cosas de la historia.

 

Gracias por leerme.

«Cien besos en el recuerdo»

 

Descubrir aquella foto supuso para él un viaje inesperado al pasado. De repente sintió
como su cuerpo era absorbido, por el gran sumidero del tiempo, hasta ser depositado en su casa, cuarenta años atrás.
     Desde este lado del tiempo podía ver cómo aquel niño, de apenas cinco o seis años de edad, caminaba hacia el abuelo, atendiendo a su reclamo.
El viejo estaba sentado en una de las sillas del salón. Reía y hacía grandes aspavientos, todos dedicados a llamar la atención del chico. Se notaba
que había bebido.
         Al llegar a su lado, el hombre le preguntó:
         ―¿Cuánto me quieres?
       ―Mucho abuelo ―respondió el niño sin saber qué esperar a cambio.
         ­―Del uno al cien, ¿cuánto? ―volvió a insistir el hombre.
         ―Cien.
        ―Pues dame cien besos, cincuenta aquí y los otros aquí ―dijo el hombre indicando con su dedo índice, amarillo por el tabaco, ambos cachetes.
         Como escupido por una fuerza centrífuga, contraria a la que lo atrajo hacía aquella reminiscencia de su pasado infantil, dejó al niño en el besuqueo y él volvió a recuperar su cuerpo, edad y cordura actual. El recuerdo de los cien besos al abuelo, siempre quedará como uno de los momentos más felices de mi infancia.
Gracias por leerme.