«Pepinos day»

Hace unos días bromeaba con una amiga sobre trucos de belleza. Ella afirmaba que, además de hacer deporte y comer más o menos sano, pocas cosas hacía. Yo en cambio me la imaginaba en la típica estampa de rulos, mascarilla en la cara y rodajas de pepino en los ojos.
Pues de la broma hemos pasado a la realidad. Ayer no gasté ninguna inocentada digna de ser mencionada, así que, en compensación, te propongo que me acompañes en este estúpido juego y así reírnos de nosotros mismos, aunque, francamente, dudo que te atrevas.
Como bien sabes, el pepino, entre otras cualidades, al ser un gran revitalizador de la piel, ayuda a desvanecer las bolsas de los ojos que hacen su aparición por culpa de pasar malas noches, por la falta de descanso… Justo lo que ocurre en estos días.
La propuesta es tan sencilla como estúpida. Cuelga en Facebook una foto tuya con las rodajas de pepino, en los ojos, la cara o por donde creas que lo necesitas. Puedes usar el hashtag #pepinoday y veremos qué pasa.
Para darte algo más de tiempo, me adelanto y publico esta entrada antes de lo que es mi costumbre.
¿Te atreves? Yo soy el primero.

 

Gracias por leerme, y jugar conmigo.

«Visto uno, vistos todos»

Cumpliendo con la tradición hoy tocó asistir al Festival de Navidad que organiza el colegio de mis hijos. Si es verdad la aseveración que utilizo como título, lo que cuento ocurrirá igual en el colegio de los tuyos.

Primero tengo que resaltar el gran trabajo y esfuerzo que realizan los compañeros y compañeros que, con tanta ilusión alientan a sus chicos y chicas para que la cosa salga bien.
Lo que ya no es para tanto agradecimiento son las increíbles actitudes de los familiares que acudimos a verlos. Y hablo de manera general, que hay de todo, como en botica.
Por un lado están los papás, que se tiran toda la actuación hablando con otros papás, pasando de todo, excepto del «guasap» y de la merienda, a base de bocadillo de chorizo y refresco, que alguno de los asistentes sacó de su bolsa a mitad del espectáculo, como si de un partido de fútbol se tratara.
Muy divertidas son las mamás y abuelas, que alegremente se pasan las dos o tres horas que dura el evento hablando con la de delante, con la de al lado, fijándose en el escote de la de más allá, del maquillaje excesivo de la otra, y atenta, igualmente, al «guasap». O todo a la vez, excepto cuando le toca actuar a su niña o niño que se vuelve como posesa, absorta, mirando a su vástago por la pantalla de su móvil mientras lo graba, y mandando a callar a la de al lado, a la de delante, a la del escote…
Al final todo el mundo, con la lengua caliente de tanto usarla y el culo plano de la incómoda silla, se marcha corriendo para evitar el atasco, desconociendo el gran esfuerzo de organización y gestión que se ha realizado en el centro educativo, pero contentos por lo más o menos bien que ha salido todo y, sobre todo, orgullosos de lo bien que lo han hecho «los de su curso».
Nada más llegar a casa toca reenviar los vídeos por «guasap» para que todas puedan ver lo guapos que estaban y bla, bla, bla… vuelve a empezar el critiquen y ampliar la imagen para ver bien el escote.
Reconozco que estos espectáculos, siendo la mayoría un coñazo, me gustan y se, de primera mano, lo difíciles que son de organizar. Lástima que los adultos no sepamos comportarnos.
Gracias por leerme

«Pedir perdón»

«ESPERO QUE ME PERDONES» Fue lo primero que vio, al levantarse, nada más abrir las cortinas de su habitación.
Estaba seguro de que el día anterior aquella frase, escrita con una elaborada caligrafía, en espray negro, sobre la pared blanca del muro lindero del solar, no estaba.
Nada más leerla, sabía, a ciencia cierta, que la pintada en cuestión estaba dirigida a él. Además de por lo obvio, estaba enfrente de su casa, porque justo antes de irse a acostar, y en aquel preciso lugar, tras una discusión más que notable, había roto con su pareja.
Aún con las ventanas de su cuarto cerradas, escuchó a su padre vociferar indignado desde la calle:
—¡Sinvergüenzas! ¡Quién habrá hecho esta mariconada!
Su rostro se iluminó con una amplia sonrisa, acompañada de un comentario en voz baja, que cambió el malestar con el que se había levantado.
—¡Ay!, si tu supieras.
Gracias por leerme.

 

«Ahorrando una pasta en psicoterapia»

 

Lo bueno de los «viercóles» —especie de acrónimo formado a partir de la unión de miércoles con  sabor a viernes, ideal para ser usado tal día como ayer—, es que me permite tener una noche extra a la semana para reunirme con algún amigo, en torno a una cerveza —en este caso fueron más de cinco—, para darle al pico.
Carlo —nombre figurado para guardar su anonimato— solicitó mi apoyo —después de la tercera birra— en referencia al descoloque mental que tiene por culpa de una «preciosidad» que lo trae de cabeza desde hace algún tiempo. Él afirma que como escribo tonterías de todo tipo, y eso hace que me ahorre una pasta en psicoterapia, puedo serle de ayuda. Pues aquí estamos, en asistencia del pobre desvalido.
Según me cuenta, han estado juntos unas cuantas veces. Las chispas han saltado en todas ellas, y más aún cuando han hablado por teléfono. Por las circunstancias que ambos viven actualmente —que mejor no cito para no desenmascarar a nadie—, su relación deben mantenerla en el anonimato. A la vista de todos son amigos, pero cuando están a solas, la complicidad les hace perder el tino. Ahí precisamente es donde está el problema. Juntos se sienten tan bien, tan a gusto, pero están tan atados, que se sienten culpables de lo que les une y tienden a huir. La situación es difícil de mantener.
A Carlo lo que más le gustaría es que se vieran más, pero conocedor de que es complicado, se conforma con que ella le mande un mensaje, le hiciera un guiño, lo buscara de vez en cuando…, le ayudara a mantener la viveza del fuego que han despertado.
Y aquí estamos, ahorrándole una pasta en psicoterapia al socio.
Me consta que ambos leen este blog —¡ya les vale!, podrían pinchar un «me gusta» de vez en cuando—, así que a ver si nos ponemos las pilas y entre todos, ayudamos a estos dos a comunicarse. ¿Aconsejarías otra cosa? ¿Quién debe insistir? Si los conocieras, ¿qué consejo les darías?

 

Gracias por leerme.

«Una película de amor y sexo»

Hay citas que surgen porque sí y otras que están programadas en todos o en algunos de sus detalles. Hoy era una de esas últimas ocasiones.
     Habían acordado acompañar al grupo al cine, para ver la película de la que tanto tiempo llevaban tiempo hablando, para luego, inventando alguna excusa simple, marcharse cada uno por su lado. El objetivo final era volver a encontrarse, a solas, lejos de las incomodas miradas ajenas.
Tras la película el grupo se reunió en la cafetería. Él, de vez en cuando, le lanzaba pequeños órdagos, palabras clave, bromas y comentarios, que ellos solo entendían, para intentar ponerla nerviosa, seducirla y excitarla. Nada más terminar la primera de las cervezas que habían pedido, bastó una leve señal de ella, con esa mirada que tenía en la que a él tanto le gustaba perderse, para decidir que había llegado el momento. Tras las bromas, besos de despedida y la firme promesa de quedar otro día, cada uno cumplió con lo pactado y se marcharon en direcciones opuestas en busca de sus coches.

 

Diez minutos más tarde ella abría la puerta del coche de él, pidiéndole que apagara la luz interna del vehículo. No hubo tiempo para ninguna palabra más. En un santiamén sus lenguas se fundieron, en un cálido abrazo, logrando cumplir el mayor deseo de ambos, saciar el deseo del otro, viviendo apasionados, como actores principales, la historia más secreta que hasta ahora habían protagonizado.
Gracias por leerme.