«ANCOR»

En mi pasada carta a los Reyes Magos y a ti, entre otras cosas, te contaba que una de mis sueños para este nuevo año era ver publicado mi cuento. Pues bien. Este es el momento en que el quiero anunciarte —los suscriptores de este blog ya lo saben desde hace un par de semanas, pues lo recibieron como primicia— que «ANCOR» ya está aquí.

En primer lugar decirte que es la reedición de mi primera historia, pero esta vez publicada por Diego Pun Ediciones e ilustrada de manera exquisita por Nareme Melian Mahugo.

Se trata de un cuento para ser leído a niños y niñas de 0 a 99 años en el que aprenderemos la historia de un pueblo narrada desde los ojos y las vivencias de un niño.

Sí, narra la vida de Los Guanches, esa raza de hombres y mujeres «primitivos» que habitaron en las Islas Canarias antes de su conquista por los castellanos en 1496, y que tenían una organizada sociedad, con sus variantes según isla o territorio, con una gran riqueza en cuanto a cultura, costumbres, lengua, tradiciones…, que han llegado hasta nuestro días con muchas dificultades.

Como maestro, siempre he tenido la sana obsesión de transmitir a mi alumnado la ilusión por la lectura y la chispa de la curiosidad por descubrir nuestro entorno, nuestra historia y el amor a la naturaleza que nos rodea.

Me animé a escribir esta historia, fusión de esas ideas anteriores, al descubrir que mis alumnos y alumnas desconocían muchas cosas de Los Guanches, y que, para engancharles, necesitaba enseñarles un mundo mágico, lleno de aventuras y emociones que les atrajera y así llevarles al conocimiento de parte de nuestra historia, que para mí era importante transmitirles.

Con «ANCOR» viajaremos a través del tiempo y aprenderemos una serie de palabras y costumbres de la época a la vez que disfrutamos de sus aventuras.

De la misma manera, con el afán de hacer la lectura atractiva para niñas y niños, reconozco que no todas las partes de esta historia son necesariamente reales, aunque sí lo son muchas de las situaciones, nombres de los Menceyes, lugares… Dejo a elección del lector o lectora decidir cuáles.

Como ya he dicho, este cuento está escrito pensando en niños y niñas, pero seguro que, aunque seas algo mayor, en cuanto empieces a leer y conectes con tu infantil interior, descubrirás que esta historia te va a atrapar desde el comienzo. Te aseguro que disfrutas hasta el último capítulo y sobre todo, desearás que no acabe.

Pronto te contaré dónde la presentaremos —esto es también una sorpresa que los suscriptores de este blog recibirán en primer lugar— y dónde adquirirlo. Mientras me quedo repasándola un poco.

Gracias por leerme.

«Consejos para un día de fiesta»

Parecerá broma pero a nuestra edad ya tenemos que empezar a vigilar las cosas que hacemos cuando salimos de marcha todo un día, después de mucho tiempo sin hacerlo. Hoy me ha dado por hacer un primer listado de cosas a tener en cuenta, de manera preventiva, después de lo que pudo haber ocurrido en mi última salida.

  1. Cuidado con quién sales: Lo sé, después de tanto tiempo tiempo sin salir y recogido en casa, aceptas hasta “pulpo como animal de compañía” y claro, te arrimas a cualquiera que te propone una noche desenfrenada. El problema está en que hay algunos que dicha promesa es verídica. Y la culpa es tuya, que lo sabes y formas parte de esa panda.

  2. No mezcles: Parece mentira pero a nuestra edad no todo nos sienta bien y, desde luego, no tenemos el ritmo al beber, ni el aguante que teníamos hace unos años. No es conveniente tomar cañas, vinos, gintonics y rones, mezclado todo ello con la medicación del resfriado. Sobre todo por el resacón del día siguiente y lo que se “lengua la traba” ese día. Nota: El agua de los floreros suele tener el mismo sabor que los gintonics —será por tanto aderezo de estos últimos—, pero sabe peor y no sienta nada bien.

  3. No te tatúes: Aunque en el momento pueda parecer divertido, ya que sin duda se hace en el momento álgido de la exaltación de la amistad, te puedo asegurar que tener todos el mismo tatuaje, en el mismo sitio, es hasta grotesco, y más si es el pequeño conejito de “Playboy”. Eso sí, seguro que el tatuador se lo ha pasado pipa, además de hacer la semana con ustedes.

  4. Lleva tu coche: Tienes una edad y sabes, más por viejo que por diablo, que una retirada a tiempo es una victoria. No puedes verte tirado en la calle, sin la cartera, olvidada en tu coche y sin coche, porque te dejaste convencer para ir con otro y así no ir solos, encontrar más aparcamientos…

  5. Ojo con los agentes de la ley: ¡A ver! ¿cómo te lo explico? Las mujeres policías, por muy buenas que estén, y por muy bien que le quede el uniforme, tienen muy mala leche. Así que deja de ponerte en plan gracioso con ellas, mantén las distancias, que después pasa lo que pasa.

  6. Mantén el secreto y niega todo lo ocurrido: Para ello es fundamental no hacer videos. Así que intenta controlar ese afán de protagonismo por salir en la tele y no dejen huella de lo ocurrido. Ni lo envíen por “guasap” aunque alguno quede muy bien y favorecido.

Evidentemente estos consejos son por si algún día se te ocurre hacer algo de esto. No es que a mi me haya pasado. Todo es fruto de mi calenturienta imaginación.

Gracias por leerme.

«Escribiendo con Virus»

Hoy creo que no soy buena compañía. Escribo este post sin muchas ideas, medio adormilado por la fiebre y con el cuerpo magullado por una paliza invisible que me ha dado un virus, cinturón negro primer dan de kárate, que tengo viviendo en mi cuerpo.

Parece increíble cómo este bichejo puede afectar tanto a cuerpo y mente. En un día normal, en una hora normal, de escritura puedo escribir unas quinientas palabras pero hoy, que ya llevo sentado frente a la pantalla más de treinta minutos, apenas ochenta y ocho —cuéntalas si quieres. Justo hasta el guión—. De la misma manera, en una hora normal de escritura, habría desechado muchas palabras. Hoy no me atrevo ni a eso. Lo que sí que he desechado es la pila de pañuelos que tengo sobre la mesa. ¡No hay por donde cogerlos!, como a mí.

Pero si hay algo que me preocupa es pasarte el virus. Sí, lo digo en serio. Sin querer he estornudado varías veces, al no contar con tiempo suficiente para taparme la boca con el antebrazo, que así es como nos enseñaron tras la primera alarma de la gripe A, cayendo todo sobre la pantalla. Así que, por si acaso este virus sea capaz de transmutarse y convertirse en virus informático, te recomiendo dejar un breve comentario y cerrar esta esquina hasta que lleguen tiempos e historias mejores. Espero que eso sea el próximo jueves. Mientras sigo con mi paracetamol, el antiestamínico, el jengibre…, solo me falta el sudorcito de pecho contra pecho (jejeje).

Gracias por leerme.

«Por un mensaje»

CARTEL DE LA AUTOPISTA

Hecha con mi móvil. CARTEL DE LA AUTOPISTA. 

Le había bastado ver la foto que él había mandado por WhatsApp, con el mensaje que aquella semana lucia el cartel de la autopista, para imaginar qué quería hacer nada más verlo. ¿Se atrevería? Sabía que él la había compartido como una broma, como una de tantas, pero ella no quería perder aquella oportunidad y, por primera vez, ser la que diera el primer paso.
Habían quedado para salir. Él pasaría a recogerla. El acuerdo era verse debajo de la puerta de su casa. Nada más llegar hizo una llamada perdida, según lo pactado, y espero. Al instante, con la excusa de ir con retraso, un mensaje de texto lo invitaba a subir.
Cuando la puerta del piso se abrió ella no se cortó. Lo miró directamente a los ojos despojándose del albornoz que cubría su cuerpo. La cara de él fue todo un poema, era para haberla grabado. Se había quedado parado. Jamás se hubiera esperado aquello. Ella tragó en seco. Jamás pensó que se atrevería ha hacer una cosa así. Con una voz tenue rompió el hielo:
—Me dijiste que si te necesitaba que…
Él no espero a que terminara la frase. Con una de sus manos la atrajo hacia sí para besarla, mientras que con la otra cerraba la puerta tras de sí. Y es que hay historias que nacen por un mensaje.
Gracias por leerme.