«Historia de una donación de sangre»

Tocó donar sangre

Desde hace mucho tiempo la donación de sangre me parece un tema realmente apasionante. Me sorprende que aún, en la época en la que vivimos, muchos de nosotros nos resistimos, quizás por ignorancia o quizás por miedo —nos imaginamos vampiros hambrientos, gladiadores bañándose en ella para coger fuerza, antaños tratamientos con sanguijuelas para liberar males…—, a pasar por el banco de sangre para permitir que nos saquen ese medio litro del rojo elemento, que tanto puede ayudar a salvar a otra persona.

El pasado martes me tocó. Hacía un par de meses que me habían rechazado, por estar terminando un proceso gripal, y lo había dejado pendiente, pero en esta ocasión no me dejaron escapar.

Los pasos a seguir son sencillos, pero sujetos a ciertos condicionantes que te recomiendo que tengas en cuenta:

  1. La amabilidad del personal. En general se puede decir que todas las personas que trabajan ahí son muy agradables. Ella lo era tanto que llegué a pensar que me tiraba los tejos: me sonreía, me ponía la mano en el hombro y la dejaba deslizarse… Pero no, al rato te das cuenta de que se lo hace a todos, es así de cariñosa. No te vengas arriba.
  2. Rellenar el cuestionario. En principio parecen preguntas sencillas, como para cubrir el expediente y recabar información básica. Según lo que pongas te descartarán o pasarás al siguiente nivel, como si del Tetris se tratara. Ojo, hay alguna pregunta trampa y otras para inteligentes. Alguna dejé en blanco.
  3. La entrevista. Tras la sonrisa y la invitación a cerrar la puerta e indicarme de que podía tomar asiento, la enfermera ojeó el cuestionario, abrió sus grandes pestañas y atacó directa a la yugular:
    —¿Mantiene usted relaciones sexuales periódicas? —Algún mundo tragué. Esto no me lo esperaba. Ahora sí tengo claro de que me tira los tejos.
    —¡Bueno mujer! —respondí amablemente y colocando mi sonrisa picarona—, ¿qué tal si primero me invitas a tomar una copa o a un «dancing» o a…? —Se descojonó.
  4. El humor. Es fundamental no perderlo nunca. Para eso es importante ir desayunado. Ella se ve que esta acostumbrada ya que tras reponerse, intentó seguir con el tema, pero no la dejé, e hice mis propias preguntas:
    —Necesito que me diga, para usted, que son relaciones sexuales periódicas: ¿Una vez a la semana? —pufffff.— ¿Al mes? —jejeje ¡ojalá!— ¿Al año? —parece que no nos parecemos mucho.
  5. La extracción. Ahora es cuando viene lo bueno. (Nota aclaratoria: para leer lo siguiente necesito que pongas voz tipo Chiquito de la Calzada) ¡Llega la tía y «zaca eze peazo de abuja»! (Nota aclaratoria: ya puedes dejar de poner esa estúpida voz)… y todavía me dice que esté tranquilo, que no es nada. Que se ve que tengo buenas venas. Y venga a bombear sangre.
  6. La recuperación. Tras sacar la cantidad de garrafón y medio de sangre, aproximadamente, parece que no tengo mareos ni nada parecido, pero la miro con ojos de cordero degollado y le digo:
    —¿Si me mareo me puedes dar la mano?
    Ella vuelve a partirse la caja de risa. Me larga un zumo de melocotón en la mano, así, a lo bruto, y antes de salir por la puerta me mira y dice:
    —Mira que eres bandido. Me has alegrado el último día de trabajo, mañana me jubilo. Te llego a coger con cuarenta años menos y…

Bromas y aventuras aparte, cuéntame: ¿Eres donante? ¿Cómo vives tú la donación? ¿Eres de los que no se atreve? Permíteme que insista en que lo hagas. Es un gesto, que no nos cuesta nada y que ayudará a mucha gente. Más info en la web del Instituto Canario de Hemodonación.

P.D.: El famoso bocadillo de choped ni lo olí, imagino que es porque así gano puntos para la próxima que me lo darán de tortilla o de pollo con todo. Sí me tomé un zumo de melocotón, a cuenta de la sangre. ¡Menudo cambio!, pero al menos he bajado de peso.

Gracias por leerme.

«El vestido ideal para una ocasión especial»

El día era especial y se había despertado como mandan los cánones, lloviendo. Se miró al espejo impaciente y noto como algo le revoloteaba dentro de su estómago. Estaba muy nerviosa.

Se acercó al vestidor y dejó hacer. Por fin tenía compañía y se les veía muy dispuestos a ayudarla para enfundarse en aquella vestimenta.

El traje era auténtico, seguro que de los más caros del mercado. Ideal para la ocasión. Lo miró de reojo admirando lo blanco y radiante que aparentaba. Por su posición no puedo contemplarlo bien, pero parecía tener adornos que colgaban por los lados y en la parte posterior. Al parecer, por los comentarios que oía del personal, le quedaba perfecto.

Estaba tan nerviosa que no podía ver la cola. Siempre había soñado con lucir una cola larga y llena de pedrerías. Sabía que allí estaba, y que aquellos que la rodeaban, con esos intensos tirones que le daban, se estaban encargando de ajustar y colocar todo en su sitio. Iba a estar radiante. Eso seguro. Deseaba que terminaran y poder mirarse en el espejo, pero debía esperar para estar perfecta.

Alguien dijo que el coche había llegado. Era el momento.

Quizás por culpa de los nervios o por lo apretada que se notaba no podía mover sus manos. Las sentía como ajustadas a su cuerpo. Ellos la empujaban. La llevaban casi en volandas.

Al pasar frente el espejo, la imagen devuelta no era la esperada. Gritó.

—¡Nooooooooooooooo!¡Yo no estoy locaaaaaaaaaaaaaaaa!

Gracias por leerme.

«Sueños y deseos por cumplir»

Editada desde mi móvil

Aunque parecía increíble, y llevaba tiempo trabajando en aquella biblioteca, Óscar veía por primera vez aquel libro. Había limpiado y ordenado varias veces la estantería «Libros extraordinarios» pero no recordaba haber visto jamás aquel ejemplar.

De duras y grandes tapas marrones se le notaba el tiempo de existencia, por lo ajado y sucio que lucía su cuerpo. Era imposible que él no lo hubiera visto antes. Oscar estaba convencido de que alguien lo había puesto allí, adrede, para que pudiera ser encontrado.

Lo asió con cuidado, pues era pesado y aparentaba delicado, llevándolo a su mesa de trabajo. Con un paño limpió de polvo la cubierta. Un magnífico grabado acabado en pintura de oro y azul imperial, adornaba las letras del título: «Sueños y deseos por cumplir».

No pudo evitar las ganas de abrirlo. El primer folio, marcado por la humedad del paso del tiempo, liberó un aroma hasta ahora nunca percibido en otro libro. Entonces se percató del extraño sonido que empezaba a llegar a sus oídos. Al pasar la segunda página una explosión de color inundó la sala. Se liberaron infinidad de sueños que, con cuerpo de mariposas de colores, significaban cada uno de los deseos que Óscar tenía atrapados en su ser. El libro estaba en blanco, pero él sabía que había encontrado permiso para escribir su propia historia.

Laura, observándolo escondida tras la sombra de una de las estanterías, sonrió y le mandó un beso volado que él nunca supo que había recibido.

Gracias por leerme

«Otra historia para “El flautista de Hamelín”»

Sacada desde mi móvil en la Calle Castillo.

¿Recuerdas la historia de «El flautista de Hamelín»?: “Cuentan que hace mucho tiempo, había un hermoso pueblo llamado Hamelín, en el que sus habitantes vivían muy felices. Un día sucedió algo muy extraño, todas las calles fueron invadidas por miles de ratones que iban arrasando con toda la comida. Ante la gravedad de la situación, los gobernantes de la ciudad, convocaron al Consejo y ofrecieron cien monedas de oro a quien nos libre de aquella plaga de ratones.

El joven se ofreció a ayudarles. Armado con su flauta mágica empezó a pasear por las calles haciendo sonar una hermosa melodía que parecía encantar a los ratones. Los ratones empezaron a salir de sus escondrijos para seguirle. El flautista se alejó de la ciudad hasta llegar a un río, donde todos los ratones perecieron ahogados...”.

El otro día paseaba por Santa Cruz cuando el sonido de una flauta me atrajo hacia ella cual ratón. El resto de los ratones, ahora convertidos en caminantes atareados en sus gestiones, sus móviles, sus prisas y sus agobios, parecían no escuchar aquella música. Todos seguían de largo. Yo, en cambio, tenía tiempo para parar cinco minutos y observar.

El personaje realmente tocaba mal aquel instrumento, pero el esfuerzo que estaba haciendo para intentar sacar unos euros, era realmente poderoso. Sus ropas, su pelo y la suciedad que lo rodeaba tampoco le ayudaba demasiado en su recolecta. Hasta que un grupo de niños, atraídos por la música, pararon para deleitarse.

El grupo de padres y madres que los acompañaba, quince o veinte metros más atrás, distraídos con sus charlas y bromas, al llegar a la altura del flautista, les alentaron para continuar la marcha. Los niños y niñas solicitaron monedas para lanzar sobre la pequeña manta que presidía el suelo, a modo de alfombrilla de entrada al hogar. Los adultos aportaron el canon. Los niños dicharacheros depositaron las más que probables pequeñas cantidades en el lugar indicado. El hombre agradeció el gesto.

El grupo continuó su camino y yo quedé con la foto para mi INSTAGRAM y la entrada para este blog, mientras pensaba que la historia de Hamelín fue otra, aunque le podemos encontrar cierto parecido y distinto final.

Gracias por leerme.