«Una tarde de sofá»

«Una tarde de sofá»

Hoy no es una tarde normal. Acaban de llegar a casa después de disfrutar de un maravilloso almuerzo al aire libre en el que, una vez más, la complicidad, la conversación entretenida y las risas marcaron el tiempo, la parálisis del tiempo. 

El sol se filtra suavemente a través de las cortinas, pintando el salón con tonos cálidos y acogedores. Tienen un par de horas antes de seguir con sus quehaceres así que decidieron dedicar ese tiempo a disfrutar de la compañía del otro, en la comodidad de su hogar, sin nadie que les molestara.

Tras quitarse los zapatos, soltarse el cinturón y desabrocharse el incómodo botón superior del pantalón, Daniel se acerca a la sala de estar. Laura ya está allí, acomodada en el sofá, ojeando su teléfono móvil antes de ponerlo en silencio para poder disfrutar del momento. Él la observa con ternura. Ella se recuesta y le pide que le alcance otro cojín, aunque este está a su alcance. Lo que en realidad le está pidiendo es que se acerque a ella.

Daniel entiende el reclamo. Sin despegar su mirada se sienta a su lado, y se acerca para acariciar el rostro. «¿Estás cómoda?», dijo con una sonrisa. Laura asintió. 

Con cariño le permitió acomodarse sobre ella. Lo acurrucó contra su pecho.Sin necesidad de palabras, compartiendo el silencio cómodo y la familiaridad que solo el tiempo juntos puede construir. Suena una música suave de fondo.

A medida que la tarde avanza continuaron abrazados mientras compartían risas, besos, caricias y cháchara. Sus manos se encuentran y aprietan de vez en cuando, como si necesitaran reafirmar la conexión que siempre ha existido entre ellos.

Laura apoya la cabeza en el hombro de Daniel, disfrutando del roce suave de su cabello. Con las luces tenues y el sonido relajante, se pierden en un estado de plenitud compartida, donde el tiempo, otra vez el tiempo, se desvanece, se detiene.

Daniel desliza suavemente los dedos por el cabello de Laura, disfrutando de cada caricia. Laura sonríe, feliz y relajada, sintiendo la calidez del gesto. No necesitan palabras para expresar lo agradecidos que están por tenerse el uno al otro. Aún así se dan las gracias.

La tarde se desliza hacia la noche, y las luces de la ciudad se encienden afuera. 

Laura y Daniel continuaron en su pequeña burbuja de amor, todo el tiempo posible, donde el mundo exterior queda excluido por un momento. Se miran a los ojos con esa chispa de complicidad que solo el amor verdadero puede crear, hasta su próximo encuentro, hasta conseguir otra tarde perfecta.

Gracias por leerme.

«Juicio de amor»

Hace rato que aquel inusual juicio había empezado. En él, se desarrollaba lo que muchos consideraban un desafío a las convenciones de la justicia y al normal desarrollo de la sociedad. 

Mi cliente, Laura, estaba siendo acusada de un delito peculiar: estar enamorada y querer estar con su amada para cuidarla. Como su abogado, me embarqué en la tarea de presentar alegaciones que demostraran la inocencia de Laura ante estas acusaciones tan inusuales.

Era mi turno. En un intento de aplicar todos mis conocimientos sobre comunicación verbal y lenguaje gestual, aprendidos tiempo atrás, pero mejorados no hace mucho, con la inestimable ayuda de una coach, imposté mi voz para que sonara firme y segura. Con talante empático, levanté mi vista, di dos pasos en la sala para dirigirme al jurado, e inicié mi narración sobre la historia de amor entre Laura y su amada.

Describí cómo su relación se había forjado en la complicidad y en el profundo deseo de cuidarse mutuamente, en encontrarse en momentos de paz, que ambas se dedicaban, y en la certeza de que estaban hechas la una para la otra. 

Enfaticé la belleza y autenticidad de este amor, resalté que el deseo de Laura de estar con su amada era simplemente una expresión natural de afecto, sinceridad y compromiso. Para todo ello, presentaba pruebas, mostré cartas y mensajes de amor que evidenciaban dedicación, reflejaban la ternura y una conexión profunda entre Laura y su amada. 

Pinté un cuadro de una relación en la que el deseo de cuidado se basaba en la comprensión mutua y la voluntad de estar presentes, la una para la otra en todo momento. Aquel era un amor con un valor incalculable, que ninguna de ellas había vivido, hasta el momento presente. Debían mantenerlo.

«Honorables miembros del jurado», expresé haciendo hincapié en mi tono de voz, «lo que tenemos aquí no es un delito, sino un amor que ha resistido la prueba del tiempo. Laura busca ser una fuente de apoyo y cariño en la vida de su amada». Seguí hablando durante un buen rato, aportando pruebas, curiosidades y particularidades que apoyaban el amor entre ellas. 

Terminé mis alegaciones pidiendo al jurado que miraran más allá de la apariencia inusual del caso, y que reconocieran el amor verdadero entre Laura y su amada. 

Argumenté que, en lugar de condenar a alguien por amar apasionadamente, deberíamos celebrar la rareza y la belleza de un amor que, aunque diferente, merecía ser respetado y protegido.

Al final del juicio, el jurado se enfrentó a la tarea de decidir si el amor apasionado de Laura constituía un delito. 

Mi esperanza era que, al presentar la narrativa positiva de la relación, pudieran ver más allá de los estigmas sociales y declarar a mi cliente inocente de los cargos absurdos a los que se enfrentaba.

Gracias por leerme.

«ADIOS MAESTRA CATI»

«ADIOS MAESTRA CATI»

Hoy me vas a permitir que esta esquina se vea de otro color. Hoy nos ha dejado mi querida amiga, compañera y MAESTRA CATI. 

Ya sabía que este momento iba a llegar. La valiente batalla que ella libraba contra la Esclerosis Lateral Amiotrófica (ELA), por el momento, solo tiene este desenlace. CATI lo sabía desde el principio, todos los que estábamos a su lado lo sabíamos, pero aún así, enfrentarme al ahora, a este adios, es duro.

Con CATI me unen muchas cosas. La quiero un montón. Le gustaba leer y comentar mis escritos, por lo que hoy no encuentro en mi corazón, en mi interior, más palabras que dedicar este breve momento a recordarla y rendirle un sencillo homenaje por ser una persona extraordinaria, un ser querido por todos, valiente y excepcional, que nos ha dejado un ejemplo y determinación que yo no hubiera tenido.  

CATI, con su coraje, dedicación y simpatía, decidió que la enfermedad la iba a conocer de cerca. La encaró desde el primer momento y nos organizó para fundar TeidELA. Su objetivo: que los afectados, presentes y futuros, no sufrieran la desazón y el desconcierto que tuvo ella cuando le diagnosticaron la enfermedad. Para mí ha sido todo un privilegio ver como ella y su familia, superaban cada piedra del camino, hasta ver cumplir su sueño. 

CATI es más que un ejemplo de fuerza, es una luz brillante que ilumina nuestras vidas con su amor, bondad y positividad inquebrantable. 

A pesar de los desafíos implacables que la ELA le presentó, CATI nunca perdió su sonrisa radiante, ni su deseo de vivir plenamente cada día. Su espíritu indomable y su capacidad para encontrar la alegría en las pequeñas cosas, nos enseñaron lecciones invaluables sobre la resiliencia y el poder de la gratitud. 

En los momentos difíciles, CATI nunca se rindió. Su valentía nos recordaba e inspiraba para valorar la importancia de apreciar cada momento, de abrazar la vida con gratitud y amor incondicional. Nos enseñó a mirar más allá de las limitaciones físicas y a valorar las conexiones humanas, demostrando que el verdadero significado de la vida reside en las relaciones y las huellas que dejamos en el corazón de los demás. Así lo hizo hace apenas unos días, acudiendo a nuestro llamamiento por el DÍA DE SAN ANDRÉS, en el que hicimos ruido con nuestros cacharros, para hacer sonar la voz de las personas que, como CATI, sufren el castigo de la ELA. 

Aunque me duele mucho y muy profundamente su partida, me quedo con el regalo de su legado, de su ejemplo, de su lucha diaria y de su amor incondicional por todo lo que hacía.

Te doy las gracias CATI por tu ejemplo, por ser MAESTRA, por ser inspiradora y por enseñarnos a enfrentar la adversidad con gracia y dignidad. Que tu memoria perdure en nuestras mentes y corazones, sirviendo como un faro de esperanza y fortaleza.

Gracias por leerme. DEP.

«Secretos de ventana»

«Secretos de ventana»

Hay noches, cielos y ventanas que están pensadas para anhelar. Al menos a esa conclusión llegó Laura, una mujer apasionada y llena de vida, al pasar más de una hora con la mirada perdida tras el vidrio de la ventana de su dormitorio, contemplando el brillo de esta babosa luna de diciembre. 

Laura tiene un corazón enorme, precioso, de esos que enamoran nada más acercarse a ella, que late con fuerza cada vez que piensa en Carlos, que le sonríe cuando lo ve de lejos, y que balbucea sus latidos de emoción cuando él la roza con sus manos. Carlos es su amante secreto. 

Hoy es una de esas noches en las que Laura sufre en silencio. La veo con la cara pegada al cristal de su ventana, triste, ausente, intentando justificar y encontrar una razón de porqué se siente así, de porqué mantiene esos sentimientos hacia Carlos. Lamenta no haber quedado hoy con él. No pudo hacerlo. Sabe que él la esperaba, que también la echa de menos y en falta, que la busca para cuidarla y darle todo aquello que ella, sin saberlo, pues nunca lo ha tenido, necesita.

Los días pasan lentos cuando él no está cerca. Hoy es uno de esos. Por eso lo sueña tras la ventana, deseando que cada momento compartido, ahora convertido en un tesoro, guardado con celo en el cofre de sus recuerdos, vuelvan a ella, a erizarle la piel como en el momento en el que lo vivieron en primera persona.

Carlos es un tipo encantador, con mirada profunda que revela un alma apasionada, loco por ella. Juntos comparten risas y susurros bajo la luna, pero sus vidas se mantienen separadas, aunque el uno en el otro, encuentran un oasis de amor, paz y complicidad. 

A pesar de la intensidad de sus sentimientos, Laura no se atreve a expresar lo que su corazón anhela. Tiene miedo de que las palabras y sentimientos rompan el delicado equilibrio en el que vive. 

Le gusta cuando él le escribe. Aunque no lo reconoce, o no lo hace como le gustaría hacerlo, como tampoco admite la desazón que le asalta cuando coge el móvil para descubrir que él no le ha escrito. Eso le pone nerviosa, “¿Qué está haciendo?”. No quiere perderlo. Sonríe por dentro cuando descubre sus mensajes.

Las noches así son difíciles para Laura. Se encuentra sola en su habitación, mirando fijamente la luna desde su ventana. Susurros de deseo escapaban de sus labios, pero las palabras nunca llegan a un mensaje que Carlos desea recibir. 

Él anda igual, tras su propio cristal. Dolido por no verla, por no saber nada de ella, por querer abrazarla, acariciarla y no poder hacerlo. Un suspiro se escapa de sus labios mientras, entre sus manos, sostiene aquel reloj que ella le regaló y que rara vez se quita. Siente la textura rugosa del metal, como la que ahora mismo forma los tejidos de su corazón. Se pregunta si Laura está pensando en él. La idea de que no sea así lo abate. 

Es una noche fría y estrellada. Laura se mantiene en su ventana mirando el cielo. La luna, testigo silencioso de su dolor, le recuerda a Carlos. Cierra los ojos con fuerza, deseando que las palabras, esas que no puede decir, encuentren su camino hacia él. Una lágrima cae por su rostro. 

Así, en el silencio de la noche, en el secreto que guarda tras su ventana, Laura continúa su espera, llevando consigo el peso de sus palabras no dichas y la esperanza de que el destino les permita encontrarse de nuevo.

Gracias por leerme.