«Bajo llave»

«Bajo llave»

Llevan años juntos, inmersos en una relación profunda y auténtica. Tienen algo que pocas parejas logran mantener después de ese tiempo unidos: mantienen la ilusión. 

No son el tipo de pareja que cae en la monotonía. Han aprendido que el secreto para mantener viva la llama no reside solo en el amor o en la química física, sino en la capacidad de sorprenderse mutuamente, de alimentar la pasión y mantener algo siempre reservado en silencio, algo que no comparten con nadie más.

Ambos tienen una regla no escrita, un juego silencioso que ninguno menciona pero que siguen a rajatabla: cada uno debe sorprender al otro sin previo aviso, sin motivo aparente. Las sorpresas no tienen por qué ser extravagantes, pero sí inesperadas, y esto mantiene su relación vibrante, siempre al filo de lo imprevisible.

Esa noche, ella llegó a casa más temprano que de costumbre, algo extraño, pues su trabajo solía retenerla hasta bien entrada la noche. Al entrar, el piso estaba en silencio, pero había un ligero aroma a incienso flotando en el aire, uno que no recordaba haber encendido nunca. Dejó el bolso sobre el sofá y notó algo fuera de lugar: una pequeña llave dorada colgaba de la lámpara en la entrada. 

Era nueva, no la había visto antes, y un sobre la acompañaba. En él, se leía su nombre. Sonrió, anticipando que algo iba a ocurrir.

«Hoy te toca a ti descubrir el siguiente paso», decía la nota, sin más explicaciones. Se quedó mirando la llave por unos segundos, pensando dónde encajaba. No necesitaba pensar mucho, conocía a su chico, y sabía que no era de dar pistas obvias. Estaba segura de que la sorpresa estaría oculta en algún rincón.

Sin dejar de sonreír, recorrió el lugar con calma. Abrió cajones, revisó las estanterías, hasta que se topó con un cofre antiguo, uno que David guardaba en su estudio, un objeto que habían encontrado juntos en una feria de antigüedades hacía un año. El cofre siempre había estado cerrado, hasta hoy.

Laura tomó la llave y, con un suave giro, la cerradura del cofre cedió con un «clic». Dentro había una pequeña caja de terciopelo verde y otra nota: “En días especiales mereces lo mejor para que siempre recuerdes que estamos juntos” 

—Nunca dejarás de sorprenderme, ¿verdad?— dijo ella en alto sabiendo que él se ocultaba en algún lugar.

—Ese es el secreto, ¿no? —respondió él, acercándose para abrazarla.

Y mientras se miraban, sabían que, sin decirlo, estaban prometiéndose seguir jugando, seguir sorprendiendo, seguir manteniendo viva la ilusión de lo inesperado.

Gracias por leerme.

«Regreso de igual manera, a la zorruna»

«Regreso de igual manera, a la zorruna»

Me marché a la francesa, sin previo aviso, sin despedirme. En el mes de julio cerré este blog sin despedirme pese que había escrito un pequeño texto en el que te contaba mis planes de verano. Ahora vuelvo de la misma manera, a la zorruna, esperando que te apetezca volver a pasarte por esta esquina y leer mi sarta de disparates. 

Entre las cosas que hice, creo que ya lo sabes, me fui de viaje. Me lié la cabeza y me embarqué en una aventura en casi solitario. 

Tengo claro que viajar solo es un acto que comienza con una decisión sencilla, o como en mi caso con un calentón, pero que termina siendo una travesía profunda de autodescubrimiento. 

Al principio todo parece intimidante, sobre todo los días previos: un billete de avión en mano, un libro de viaje, una libreta en la que apuntar cosas, una mochila al hombro y el horizonte abierto lleno de incógnitas, sobre todo calentado por un nivel de inglés chapurreado y del todo congelado detrás de alguna neurona que tengo que alentar para que se anima a dar todo de sí. Al viajar solo, te enfrentas cara a cara contigo mismo, sin distracciones ni comodidades de la rutina y con la certeza de que, el verdadero viaje que estaba haciendo, era hacia mi interior.

Al llegar, la soledad no tardó en presentarse. No hay un amigo con quien compartir la primera comida, ni una voz familiar que me ayude a orientarme en las calles desconocidas, voy sin internet, por lo que no puedo chatear con nadie de mi círculo. 

El silencio de la primera noche es abrumador, pero aprendes a escucharlo. Descubres que el mundo no se calla, ni mi interior tampoco, se vuelve más claro, más sincero. 

Al paso de los días mis pensamientos se alinean con el entorno y comienzo a notar detalles que en otra circunstancia habrían pasado desapercibidos: la sonrisa de un extraño, el sonido de las olas rompiendo en la distancia, el aroma del café, la paz de los arrozales, el olor de los mercados, la amabilidad de los que viajan acompañados…

Viajar solo me obliga a confiar en mí, a tomar decisiones sin consultarlas, a adaptarme a lo que venga. Aprendo que soy capaz de resolver problemas por mi cuenta, a confiar en mis instintos y abrazar mis miedos. 

Lo que al principio era una sensación de aislamiento pronto se transforma en una oportunidad para conectarte con mi mundo de una manera más profunda. Me comunico con extraños en una lengua que apenas domino, comparto historias y vivencias con los otros viajeros y, de repente, descubro que no estoy tan solo como creía. Hay una red invisible de almas errantes que, como tú, han salido en busca de algo más. Algunos buscan paisajes, otros respuestas, y algunos simplemente buscan conocerse a sí mismos.

Al final del viaje, he vuelto a casa con una maleta más ligera pero con un corazón más lleno. Salí con dudas y temores, ahora estoy seguro de que, en cualquier lugar del mundo, incluso en la más absoluta soledad, me tengo a mi mismo, y eso, eso, es lo más importante, por mucho que te haya echado de menos y tenga ganas de que me leas y de que siempre estés conmigo.

Gracias por leerme.