Alberto, tras varios meses como náufrago en una isla desierta, descubre que se acerca un bote con una bella mujer remando en su interior.
¿De dónde has venido? preguntó ¿cómo has llegado hasta aquí?
Remé desde el otro lado de la isla respondió ella, donde estoy instalada
desde que se hundió mi crucero.
desde que se hundió mi crucero.
Y, ¿ese bote?
Lo hice con ramas de árboles y hojas de palmeras.
Pero, ¿dónde encontraste las herramientas?
Localicé una piedra muy inusual que, una vez triturada, se hornea muy fácil en el horno de barro que me fabriqué.
El tipo, anonadado, se va con ella a su casa. Al llegar a un pequeño embarcadero, también construido por Isabel, no puede creer lo que ve: un camino hecho de piedras que llega a un hermoso bungalow, pintado en azul y blanco, muebles hechos a medida, cortinas de restos de velas…, ella dice:
No es nada del otro mundo. Por favor siéntete como en tu casa.
Perplejo, descubre que su nueva compañera ha fabricado un alambique con el que destila licores, tiene agua corriente tras idear un sistema de tuberías, agua caliente gracias a unas placas solares construidas a partir de láminas de «papel Albal», máquina de afeitar hecha con huesos de tortuga… No podía salir de su asombro.
Tras charlar largo rato y tirándose prácticamente encima de él ella le dice:
¿Hay algo más que pueda hacer por ti?
Alberto, llorando, dice:
¡No me digas que podemos ver el final de la liga!
(Basado en un chiste que me envió, desde la Maxorata, mi buen amigo Pepe)