No sé muy bien como ocurrió, pero tras una llamada de mi hermana, la pequeña, me sorprendí envuelto en una nueva pequeña aventura para contar a mis nietos, y a ustedes.
Para ponernos en situación les comentaré que ella y mi hermano son «gimnasio adictos madrugadores», a saber: se levantan todos los días, casi de madrugada ─incluso antes de que las calles estén puestas─ para ir al Gym y de allí a trabajar. ¡Son la leche!, ¡que fuerza de voluntad! ¡Que envidia! Pues nada, picado por la curiosidad, y su reto, para allá me fui.
A las 7:00 de la mañana, ya estaba con mi pantaloncito prieto, camiseta deportiva, «nike´s» en los píes, más moral que el Alcoyano y el cachondeo constante de mis hermanos que aún no se lo creían.
Tras quince minutos, dando pedales y sin ir a ningún sitio ─a esto se llama calentar─, el sudor empezaba a hacer su aparición, menos mal que iba preparado con toalla y todo. El monitor empieza a hacer su trabajo ─había llegado tarde─, música a toda leche ─por aquello de mantener el espíritu─, ¡suban la intensidad! ─osea que del número cinco pasar al doce, de ahí al catorce, al quince… al diecisiete, ¡uf, eso duele!─ ¡arriba el culo! ─la leche, yo no sé si aguantaré esto─ ¡vamos! ─chilla, porque la música está tan alta que no se le oye─, ¡arriba!, ¡abajo!… y así durante una hora.
Comentarles que estoy hecho un toro. No solo aguanté toda la clase sino que, además me gustó. Fue muy divertido y una experiencia muy guapa al lado de dos de mis tres hermanos ─la otra es más pausada─. Hoy, un día después, no tengo agujetas y si no fuera por el madrugón, y los kilómetros, repetiría. Gracias por el momento y el desayuno (café con leche, zumo de naranja y bocata de jamón serrano y manchego), pá compensar.
